Los grandes incendios que están golpeando Europa y Norteamérica no han aparecido como una anomalía imposible de anticipar. Más de 1.200 fuegos habían sido detectados en territorio europeo hasta el 22 de julio, mientras Canadá llegó a superar los 800 focos activos y Estados Unidos combatía más de un centenar. Las cifras pertenecen a sistemas de medición diferentes, pero describen un mismo escenario: temporadas más largas, peligrosas y difíciles de contener.
Paige Fischer, profesora de la Universidad de Michigan especializada en adaptación al cambio climático, sostiene que los sucesos de este verano coinciden con una tendencia prevista desde hace años. Los incendios se producen con mayor frecuencia, alcanzan dimensiones superiores y presentan comportamientos más severos en numerosos territorios.
No todos los fuegos pueden atribuirse directamente al calentamiento global. Las igniciones pueden tener origen humano, natural, accidental o intencionado. Sin embargo, el calor, la sequedad de la vegetación y las temporadas cálidas más prolongadas crean condiciones mucho más favorables para su propagación.
Más de 1.000 incendios no significa 1.000 fuegos simultáneos
La cifra europea necesita una explicación. No había mil frentes activos al mismo tiempo, sino más de un millar de incendios detectados desde el comienzo del año. El sistema europeo contabilizaba 1.254 episodios hasta el 22 de julio y una superficie quemada superior a las 254.000 hectáreas.
El número de focos tampoco basta para determinar la dureza de una temporada. Cien fuegos pequeños y controlados rápidamente pueden causar menos daños que un solo incendio capaz de atravesar decenas de miles de hectáreas, alcanzar viviendas o generar su propia dinámica meteorológica.
La intensidad depende de la humedad del combustible vegetal, el viento, el relieve, la continuidad del monte y la temperatura. Cuando estos factores coinciden, los equipos de extinción pueden enfrentarse a llamas rápidas, cambios inesperados de dirección y columnas convectivas que transportan brasas a grandes distancias.
El problema no es únicamente que haya más incendios, sino que algunos superan con mayor facilidad la capacidad ordinaria de respuesta.
El calor y la sequía preparan el terreno

Jonathan Overpeck, climatólogo y decano de la Escuela de Medio Ambiente y Sostenibilidad de la Universidad de Michigan, señala que el calentamiento y la desecación asociados al cambio climático están agravando la temporada norteamericana.
El riesgo aumenta cuando un invierno deja poca nieve, la primavera ofrece lluvias insuficientes o una ola de calor seca prematuramente la vegetación. El monte se convierte entonces en una reserva continua de combustible disponible.
También puede producirse la combinación contraria. Una primavera lluviosa favorece el crecimiento de hierbas y matorrales que, tras varias semanas de temperaturas extremas, pierden humedad y alimentan los incendios. El agua inicial genera vegetación; el calor posterior la transforma en combustible.
Esta situación se agrava en zonas rurales despobladas, donde disminuyen el pastoreo, el aprovechamiento forestal y el mantenimiento tradicional del territorio. El abandono permite que la vegetación se acumule y conecte áreas que anteriormente estaban separadas.
El humo viaja mucho más lejos que las llamas
Los daños no terminan en el perímetro quemado. El humo puede recorrer cientos o incluso miles de kilómetros, empeorar la calidad del aire en grandes ciudades y afectar a personas que nunca han visto de cerca un incendio.
Las partículas finas penetran profundamente en los pulmones y pueden agravar el asma, las enfermedades respiratorias y los problemas cardiovasculares. Los niños, las embarazadas, las personas mayores y quienes padecen patologías previas se encuentran entre los grupos más vulnerables.
La exposición breve tampoco es inocua. Puede provocar irritación, dificultad para respirar y crisis asmáticas. Cuando los episodios se repiten o duran varios días, el humo se convierte en una emergencia sanitaria paralela a la extinción del fuego.
Los expertos reclaman que las alertas por mala calidad del aire reciban una atención semejante a la de las tormentas severas. Muchas personas no saben cuándo deben cerrar las ventanas, utilizar filtración doméstica, limitar el ejercicio o recurrir a una mascarilla de alta protección.
Las consecuencias continúan después de apagar el fuego

La extinción no devuelve inmediatamente el territorio a su estado anterior. La desaparición de la vegetación deja el suelo expuesto y aumenta la erosión. Cuando llegan lluvias intensas, pueden producirse corrimientos, arrastre de cenizas y contaminación de ríos y embalses.
Los incendios también movilizan partículas de suelo, restos vegetales, bacterias y hongos. Algunas investigaciones han encontrado indicios de un aumento de determinadas infecciones fúngicas entre poblaciones expuestas al humo, aunque la evidencia epidemiológica todavía es limitada.
Las infraestructuras sufren igualmente daños prolongados. Carreteras, redes eléctricas, abastecimientos de agua y viviendas pueden quedar inutilizados durante meses. Las comunidades evacuadas no siempre regresan cuando desaparecen las llamas: comienza entonces una recuperación económica, ambiental y emocional mucho más lenta.
En la interfaz urbano-forestal, donde viviendas y vegetación se mezclan, el riesgo resulta especialmente elevado. Una tormenta de pavesas puede llevar el fuego desde el monte hasta tejados, jardines y vehículos sin que el frente principal llegue directamente a las casas.
La prevención ya no puede limitarse al verano
Europa preparó para 2026 su mayor dispositivo conjunto contra los fuegos, con 777 bomberos desplazados preventivamente, 22 aviones y cinco helicópteros disponibles. Esa capacidad es imprescindible, pero los expertos insisten en que la extinción por sí sola no resolverá el problema.
La prevención exige gestionar la vegetación, crear discontinuidades, proteger las viviendas, mantener los accesos, adaptar los usos del suelo y preparar a la población. También requiere reducir las emisiones que están intensificando las condiciones favorables para los grandes incendios.
El verano de los mil fuegos no era inevitable en todos sus detalles. Nadie podía saber qué monte ardería, qué chispa iniciaría cada incendio o qué viento complicaría una evacuación. Pero el escenario general llevaba tiempo anunciado.
La sorpresa ya no puede ser que los incendios extremos lleguen, sino que las sociedades sigan tratándolos como episodios excepcionales. La cuestión decisiva es cuánto territorio, cuántas viviendas y cuánta salud pública se perderán antes de adaptar la prevención a una amenaza que ya forma parte del presente.

