España combate estos días una oleada de incendios forestales que ha dejado miles de personas evacuadas o confinadas y decenas de miles de hectáreas arrasadas. Los grandes fuegos declarados entre Madrid, Ávila y Toledo han dibujado un perímetro de cientos de kilómetros, mientras que el incendio de La Vall d’Uixó, en Castellón, ha penetrado en la Sierra de Espadán y ha obligado a desplegar un enorme dispositivo de emergencia. En este escenario ha vuelto a aparecer un concepto cada vez más frecuente entre los especialistas: los incendios de sexta generación.
El término no describe únicamente fuegos muy extensos. Tampoco funciona como una escala equivalente a la utilizada para clasificar huracanes. Los incendios de sexta generación se distinguen por alcanzar tal intensidad que dejan de estar completamente condicionados por la meteorología exterior y comienzan a modificar la atmósfera que los rodea. El fuego ya no se limita a seguir el viento: puede generar nuevas corrientes, turbulencias y cambios repentinos que alteran su propia evolución.
La magnitud de los incendios que golpean España explica la preocupación. A última hora de este domingo 26 de julio, los fuegos de Madrid, Ávila y Toledo habían afectado a alrededor de 77.000 hectáreas, según los balances comunicados durante la jornada. El incendio de Ávila acumulaba la mayor superficie, con unas 50.000 hectáreas, mientras Castellón mantenía abierto otro frente especialmente delicado. La simultaneidad de emergencias está sometiendo a una enorme presión a los servicios de extinción, aunque eso no permite clasificar automáticamente todos esos fuegos como incendios de sexta generación.
Cuando el incendio deja de obedecer al parte meteorológico

Un incendio forestal convencional depende de tres elementos fundamentales: la vegetación disponible, el relieve y las condiciones atmosféricas. La dirección del viento, la temperatura y la humedad permiten calcular hacia dónde podría avanzar el frente y con qué velocidad. En los incendios de sexta generación, sin embargo, esa capacidad de anticipación puede romperse.
La enorme cantidad de energía liberada por las llamas calienta violentamente el aire, que asciende junto al humo, las cenizas y el vapor de agua. De este modo se forman grandes columnas convectivas capaces de alcanzar varios kilómetros de altura. Cuando la columna tiene suficiente desarrollo puede originar un pirocúmulo, una nube vinculada directamente al incendio. En los episodios más extremos puede evolucionar hacia un pirocumulonimbo, una auténtica tormenta generada por el fuego.
WWF explica que solo deben considerarse de sexta generación aquellos incendios capaces de modificar las condiciones meteorológicas de la zona. Science Media Centre España recoge una definición semejante: son fuegos con una intensidad suficiente para alterar la dinámica de las capas atmosféricas y generar vientos difíciles de reproducir mediante los modelos habituales.
El resultado es un comportamiento que puede parecer caótico desde tierra. El incendio cambia de dirección, acelera inesperadamente o abre focos secundarios a gran distancia. Las pavesas transportadas por las corrientes convectivas pueden caer kilómetros más adelante y originar nuevas llamas al otro lado de carreteras, cortafuegos o zonas previamente consideradas seguras.
El momento más peligroso puede producirse cuando la columna de humo pierde estabilidad y se desploma. El aire desciende entonces con violencia y se extiende en varias direcciones, generando rachas erráticas que empujan el fuego fuera de la trayectoria prevista. En pocos minutos, una zona aparentemente protegida puede quedar expuesta.
Por qué pueden superar la capacidad de extinción

Los medios aéreos y terrestres tienen límites físicos. En condiciones normales, los equipos atacan el perímetro, enfrían determinados sectores y tratan de impedir que el frente alcance poblaciones o infraestructuras. Pero cuando la intensidad energética supera ciertos umbrales, aproximarse a las llamas deja de ser seguro y las descargas aéreas pierden eficacia.
El agua arrojada desde un avión puede dispersarse o evaporarse antes de penetrar adecuadamente en el combustible vegetal. Los bomberos tampoco pueden colocarse delante de un frente que genera vientos propios, proyecta brasas a larga distancia y cambia de dirección sin apenas aviso. No se trata necesariamente de una falta de recursos, sino de que el comportamiento del incendio rebasa durante ciertos periodos la capacidad operativa de cualquier dispositivo.
En esas circunstancias, la estrategia cambia. En lugar de atacar directamente la cabeza del fuego, los responsables buscan zonas donde pueda perder intensidad, preparan líneas defensivas, protegen núcleos habitados y esperan una ventana de oportunidad. La noche, un aumento de la humedad o una modificación favorable del viento pueden devolver el incendio a un comportamiento atacable.
Esta realidad explica por qué algunos fuegos continúan avanzando pese al despliegue de centenares de profesionales, vehículos y aeronaves. La expresión “fuera de la capacidad de extinción” no significa que los equipos abandonen la lucha, sino que deben dejar de combatir directamente determinados sectores hasta que las condiciones permitan intervenir sin asumir un riesgo inaceptable.
No todos los grandes incendios pertenecen a la sexta generación

La extensión no es suficiente para reconocer los incendios de sexta generación. Un fuego puede quemar decenas de miles de hectáreas debido al viento, la sequedad del terreno o una respuesta tardía sin llegar a crear estructuras atmosféricas propias. Del mismo modo, un incendio que todavía no haya alcanzado una superficie gigantesca puede desarrollar una columna convectiva extrema.
También conviene diferenciar este término del concepto de megaincendio. Aunque no existe una definición completamente estandarizada, suele emplearse para describir episodios de enorme extensión o consecuencias excepcionales. La sexta generación, en cambio, se refiere fundamentalmente al comportamiento físico del fuego y a su interacción con la atmósfera.
Tener varios focos tampoco constituye una prueba definitiva. Estos pueden deberse al transporte de pavesas, a reproducciones dentro del perímetro, a rayos, a negligencias o a distintas igniciones. Para clasificar técnicamente un episodio se necesitan observaciones sobre la columna convectiva, los vientos generados, la propagación y otros indicadores analizados por los responsables del operativo.
Por esa razón, sería prematuro asegurar que todos los incendios actuales de España pertenecen a esta categoría. Sí reúnen, en cambio, varios factores asociados a los incendios extremos: temperaturas elevadas, baja humedad, fuertes vientos, continuidad vegetal y numerosos frentes simultáneos.
Un paisaje preparado para alimentar fuegos extremos

El cambio climático agrava las condiciones que favorecen estos episodios, pero no es el único elemento. El abandono de campos, la reducción de la ganadería extensiva y la falta de aprovechamiento forestal han permitido que numerosas zonas rurales acumulen grandes cantidades de vegetación. Donde antes había cultivos, pastos, caminos y terrenos trabajados, ahora existe una superficie continua de combustible.
Los especialistas también hablan de la paradoja de la extinción. España dispone de operativos capaces de apagar rápidamente la inmensa mayoría de los conatos. Esa eficacia evita daños inmediatos, pero si no va acompañada de gestión forestal permite que la biomasa siga acumulándose durante años. Cuando finalmente coincide una ignición con calor extremo, sequedad y viento, el territorio puede alimentar un incendio de intensidad extraordinaria.
La solución, por tanto, no puede limitarse a aumentar el número de aviones durante el verano. La prevención exige recuperar mosaicos agrícolas, mantener zonas de discontinuidad, favorecer el pastoreo, ejecutar quemas prescritas y gestionar los montes durante todo el año. El verdadero combate contra los incendios extremos comienza mucho antes de que aparezca la primera llama.
Los incendios que recorren España este verano muestran que el problema ya no consiste únicamente en apagar más rápido. Los servicios de emergencia se enfrentan a paisajes transformados y a condiciones atmosféricas que permiten desarrollar fuegos cada vez más intensos. Los incendios de sexta generación representan el extremo más inquietante de esa evolución: llamas capaces de alterar el cielo bajo el que avanzan y de convertir el propio incendio en una máquina meteorológica difícil de predecir.

