EncuentroMadrid ha inaugurado su 23ª edición con “Llamados dos veces”, un diálogo sobre la presencia cristiana en Argelia, la convivencia con el pueblo musulmán y la decisión de acompañar a quienes sufren incluso cuando hacerlo pone en riesgo la propia vida. Las religiosas agustinas sor Lourdes Miguélez y sor María Jesús Rodríguez han compartido su testimonio sobre Caridad Álvarez y Esther Paniagua, asesinadas en Argel el 23 de octubre de 1994 cuando se dirigían a celebrar la eucaristía. Ambas caminaban a pocos metros de sus compañeras cuando se produjo el atentado.
El encuentro, presentado por Belén de la Vega, licenciada en Historia y traductora, ha estado precedido por la bienvenida del presidente de EncuentroMadrid, Javier Restán. El festival se celebra del 6 al 8 de noviembre en el Mirador de Cuatro Vientos bajo el lema “Todos buscan confusamente un bien y luchan por alcanzarlo”, tomado de Dante.

Restán ha situado esa búsqueda del bien, presente en toda experiencia humana, como punto de partida para abordar los problemas que afectan al mundo. Al presentar el acto inaugural, ha destacado que el testimonio de los mártires de Argelia expresa un “amor al diferente hasta dar la vida”.
Belén de la Vega ha introducido el contexto histórico de la llamada “década negra argelina”, un periodo de violencia que causó la muerte de miles de personas de distintas condiciones y creencias. Ha recordado también a los imanes que se negaron a justificar la violencia y ha situado en ese sufrimiento compartido el asesinato de los diecinueve mártires de Argelia.
Una vida compartida con el pueblo argelino
Sor Lourdes Miguélez ha recordado su llegada a Argelia en 1972, con 22 años, cuando desconocía la lengua y la cultura del país. La acogida de los niños, los profesores y las personas con las que empezó a trabajar transformó sus primeras dudas. Su misión fue tomando forma en los quehaceres cotidianos y en las relaciones con una población mayoritariamente musulmana: “Formábamos parte del pueblo que nos acogía”.
La religiosa ha explicado que conocer la fe, los valores y la entrega de sus vecinos resultó fundamental para comprender su propia presencia allí. Ha descrito una convivencia construida mediante la amistad, el trabajo compartido y el respeto a la experiencia religiosa del otro. “Lo principal era ser orante en un mundo que es orante”, ha señalado.

Ese vínculo adquirió una dimensión especialmente exigente cuando la violencia comenzó a extenderse. Las comunidades religiosas tuvieron que preguntarse si debían abandonar el país o permanecer junto a sus vecinos. Las familias y los amigos de las hermanas les pedían desde España que regresaran; también recibían propuestas para continuar su misión en otros lugares.
Sor María Jesús Rodríguez, entonces provincial, ha relatado el proceso de discernimiento que acompañó junto a la superiora general en octubre de 1994. Las religiosas compartieron sus temores, sus dudas y las preguntas sobre el sentido de su misión. La decisión debía ser personal y libre: tanto marcharse como quedarse serían opciones respetadas, sin exigir explicaciones a ninguna hermana.
Entre las preocupaciones que pusieron en común estaban cómo vivir con serenidad y esperanza en medio del dolor, cómo sostener a quienes convivían con ellas y qué supondría abandonar a los jóvenes, los enfermos y las familias con los que compartían la vida. La reflexión se apoyó en la palabra de Dios y en las necesidades concretas del pueblo argelino.
“Nadie nos puede quitar la vida porque nosotras ya la hemos entregado”, ha recordado sor María Jesús que habían expresado las hermanas. La religiosa ha subrayado que conocían el riesgo real que corrían y que su decisión estuvo acompañada de lágrimas, oración y una reflexión compartida.
Sor Lourdes ha explicado que aquel discernimiento se prolongaba cada día. Antes de salir de casa dejaban indicado dónde estaban los documentos y el pasaporte, conscientes de que podían no regresar. También ha recordado las peticiones de sus vecinos: “Mientras vosotras estéis aquí, tenemos esperanza”.
“No podemos hablar de fraternidad universal si vemos a nuestro pueblo que está sufriendo y lo abandonamos”, ha afirmado. En aquellas circunstancias, la oración adquirió para la comunidad un sentido más intenso de solidaridad, perdón y súplica por el fin de la violencia.
El recuerdo del 23 de octubre de 1994
El relato del último día de Caridad y Esther ha permitido conocer cómo vivían las hermanas en medio de aquella situación. Sor María Jesús ha recordado las tareas, las conversaciones y el sentido del humor de la comunidad, capaz de compartir momentos de alegría pese al miedo.
Aquella mañana propuso a Caridad que regresara con ella a España. La respuesta fue firme: “No he hecho el discernimiento en broma. He decidido quedarme”. También le manifestó su deseo de ser enterrada en Argelia si le ocurría algo.

Esther, por su parte, había recibido nuevas propuestas de ayuda para salir del país. Según ha relatado sor María Jesús, aprovechó el ofrecimiento de la embajada para pedir un colonoscopio destinado al hospital en el que trabajaba. El equipo llegó posteriormente al centro sanitario.
Por la tarde, siguiendo las recomendaciones de seguridad, las cuatro religiosas salieron de dos en dos hacia la eucaristía. Caridad y Esther caminaban delante; Lourdes y María Jesús las seguían a cierta distancia. Al escuchar los disparos, un joven condujo a estas últimas al interior de una casa para protegerlas. Allí supieron que las víctimas eran sus compañeras.
Las dos hermanas fueron trasladadas al hospital. Lourdes y María Jesús avisaron a la congregación, a la embajada y al arzobispado mientras esperaban noticias. Esther falleció primero; la muerte de Caridad se confirmó más tarde, cuando ellas se encontraban ya en la embajada debido al toque de queda.
Sor María Jesús ha descrito la conmoción de aquellas horas y la dificultad para comprender lo sucedido. “Aquella noche parecía que no iba a amanecer nunca”, ha recordado. En una habitación de la embajada les colocaron un crucifijo: “Pasamos la noche agarradas a ese Cristo. No sabíamos cuál sería el futuro”.
Volver a Argelia y reconstruir la presencia
El acto ha abordado también lo ocurrido después del atentado. Sor Lourdes ha explicado que su salida de Argelia, por decisión de la congregación, fue para ella “una doble muerte”. Deseaba quedarse junto al pueblo con el que había compartido tantos años, pero aceptó regresar a España.

Durante los ocho años siguientes retomó su formación en enfermería y trabajó durante cuatro años con personas con drogodependencias en Móstoles. Ha descrito aquella etapa como una experiencia difícil al comienzo, que le permitió conocer nuevas realidades y formas de acompañamiento.
En 2002 volvió a Argelia. Su reincorporación al trabajo hospitalario le ofreció la posibilidad de reconstruir relaciones y acercarse a una generación que apenas había conocido la presencia de religiosos extranjeros. Ha recordado especialmente la acogida del responsable de un servicio de pediatría, que valoró su incorporación también por lo que significaba como mujer extranjera, religiosa y cristiana.
Con ese regreso ha concluido el testimonio de “Llamados dos veces”: la continuidad de una misión sostenida en el trabajo diario, el cuidado de los enfermos y la amistad con los vecinos. Para sor Lourdes, volver al hospital significó recuperar una presencia cercana dentro del pueblo argelino y seguir compartiendo su vida.

