Hoy he recibido un correo que me ha consternado. Una madre me comenta que su hija de trece años no quiere acudir al colegio desde el curso pasado. Su experiencia vital ha sido muy complicada y, a pocas semanas de empezar el nuevo curso, ya está viendo a su hija pasarlo mal. Me preguntaba, después de explicarme la situación, si debía insistir y obligarla a ir al centro, habiéndose planteado además muchas opciones como el cambio de colegio o pedir ayuda psicológica. Quiero agradecer a Sandra, de Zaragoza, su mensaje porque estoy segura de que muchas familias se podrán sentir identificadas con su angustia.
Quiero transmitir a Sandra mucho ánimo porque ser madre en estas circunstancias siempre es muy complicado, y al mismo tiempo quiero recordar la fortaleza de los seres humanos. Entendiendo perfectamente el dolor de una madre y la angustia al pensar que su hija cada día lo pasa mal, en esos momentos debemos confiar en la fortaleza interna y en la capacidad de superar las dificultades, aunque a veces lleven tiempo y el camino resulte doloroso.
Quiero transmitir desde el consultorio que entrenar el rechazo forma parte de la vida. En los últimos años, y comentándolo con otros colegas, veo que la generación de padres y madres tiene muchísimo miedo al rechazo que puedan sufrir sus hijos. Lo vemos incluso en edades muy tempranas, como los cuatro, cinco, seis o siete años, donde los niños y niñas en muchas ocasiones segregan o apartan; sin duda no está bien, pero forma parte de un proceso necesario para construir la propia identidad y ensayar la separación respecto a los demás.
Sobre todo, lo que nos encontramos son adultos que intervienen en las dinámicas infantiles estando mimetizados con el sufrimiento de sus propios hijos, perdiendo esa necesaria diferenciación entre su propio mundo emocional y el del menor. Al reactivarse las propias angustias o heridas del adulto, resulta imposible devolverles un relato diferente del que traen a casa. Los padres toman como verdadero y absoluto el relato de los hijos, lo hacen suyo, y si te mimetizas es imposible ejercer esa función de sostén capaz de ayudar a transformar la experiencia del hijo en algo constructivo e incluso cotidiano. Cuando el adulto se desmorona ante el dolor del hijo, el menor confirma inconscientemente que su malestar es insostenible.
Vivir el rechazo es algo muy difícil y sin duda hay rechazos que son inadmisibles; no estamos hablando de esas situaciones que se convierten en un apartado continuo y se utilizan como hostigamiento hacia una persona. Estoy hablando del rechazo inicial donde los niños te dicen que no quieren jugar contigo, ese rechazo que unos días aparece y otros no porque las relaciones todavía no son sólidas ni seguras y están compuestas por niños en desarrollo. Sin embargo, en ese devenir se entrena el rechazo y la tolerancia a la frustración, y eso quiere decir también construir fortaleza, conseguir recursos que nos van dando seguridad y forjar el carácter. Qué difícil es cuando a nuestros hijos les dicen que no pueden estar o les dejan de lado, pero también están teniendo la oportunidad de resolver y buscar recursos para que la realidad psíquica del momento no los desborde.
Nuestro lugar como adultos es servir de recipiente firme, confiar firmemente en nuestros hijos y tener la convicción de que van a superar lo que venga por delante, animándoles a buscar sus propios recursos. Debemos transmitir nuestra confianza en que van a encontrar la manera de transformar la situación y, sobre todo, recordarles que los momentos amargos no son para siempre aunque la mente los perciba como eternos. El tiempo va pasando y las dinámicas vinculares van cambiando.
Porque si nuestra alternativa es ceder al aislamiento y quedarnos encerrados en casa, efectivamente estamos dando al botón de pausa de la situación, atrapando a la adolescente en una evitación que confirma su fantasma de incapacidad y haciendo imposible la transformación. No estamos hablando de situaciones extremas, sino de desencuentros e inseguridades en las relaciones que se acentúan en la etapa adolescente, un momento vital marcado precisamente por el reto de separarse del refugio familiar para salir al mundo. Por eso insisto en lo importante que es dar una visión temporal: las personas cambian y las dinámicas se transforman.
No debemos perder de vista la satisfacción de superar una situación de malestar donde uno se descubre capaz de transformar una mala experiencia en algo llevado con dignidad. Constantemente los seres humanos vamos atravesando vivencias complejas que logramos elaborar, aun cuando al principio no sepamos cómo va a ocurrir. Por eso, Sandra, es muy importante que confíes en tu hija para que ella pueda empezar a confiar en sí misma. En ti encuentra ese refugio sereno que acoge su dolor sin contagiarse de él, mientras que el apoyo de sus iguales lo irá encontrando poco a poco. La satisfacción no solo será poder ir tranquila a su aula y a su cole, sino sobre todo la experiencia vital de haber superado una dificultad por sí misma, dejando grabado en su psique que puede hacer frente a situaciones complejas y adquiriendo los recursos necesarios para confiar en su propia capacidad transformadora de cara al futuro.
No les robemos la oportunidad de vivir la dificultad, superarla, es un éxito y un aprendizaje imborrable. Confiemos en la fortaleza de cada ser humano.

