“Incluso las personas que dicen que todo está predestinado y que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino miran antes de cruzar la calle”. Stephen Hawking necesitó una escena cotidiana para señalar una de las grandes contradicciones del ser humano: podemos afirmar que nuestras decisiones están determinadas, pero seguimos actuando como si de ellas dependiera lo que sucederá después.
La frase aparece en el ensayo ¿Está todo determinado?, incluido en Agujeros negros y pequeños universos y otros ensayos. No era una defensa sencilla del libre albedrío, sino una observación irónica sobre la distancia que existe entre nuestras teorías y nuestra conducta.
Quien mira antes de cruzar presupone que esa precaución puede evitar un atropello. Incluso el fatalista más convencido se comporta en la práctica como si todavía tuviera margen para intervenir en su propia historia.
La contradicción que aparece frente a un paso de peatones
La fuerza de la frase reside en su sencillez. Hawking no recurre a una complicada ecuación ni a una discusión metafísica. Coloca al defensor de la predestinación ante una carretera y observa qué hace cuando se aproxima un vehículo.
Si realmente creyera que todo está fijado de antemano, mirar hacia los lados parecería innecesario. El atropello o la llegada segura a la otra acera ya estarían escritos. Sin embargo, el instinto de conservación obliga a tomar una decisión.
La ironía no demuestra científicamente que exista una voluntad completamente libre. Sí revela que resulta casi imposible vivir aceptando todas las consecuencias prácticas del determinismo absoluto.
Nuestras acciones expresan una confianza en la elección que nuestras palabras pueden intentar negar. Cerramos una puerta, acudimos al médico, evitamos un peligro o trabajamos para cambiar una situación porque creemos que hacer algo producirá un resultado distinto.
Qué significa que el universo esté determinado
El determinismo sostiene, en términos generales, que cada acontecimiento procede de unas causas anteriores. Si se conocieran todas las condiciones del universo y las leyes que lo gobiernan, el futuro podría deducirse de aquello que ya ha sucedido.
Esta idea adquirió una enorme fuerza con la física clásica. El universo podía imaginarse como una maquinaria gigantesca: cada movimiento empujaba al siguiente y nada escapaba a la cadena de causas y efectos.
En ese escenario, también los pensamientos y las decisiones serían consecuencia de procesos físicos desarrollados en el cerebro. La sensación de elegir podría existir, pero sería el resultado de mecanismos anteriores que no controlamos completamente.
Stephen Hawking aceptaba que el comportamiento humano está sometido a las leyes de la naturaleza. Sin embargo, advertía de que la complejidad del cerebro hace imposible predecir con precisión la conducta de una persona.
El libre albedrío como una teoría eficaz
Hawking proponía abordar el problema desde una perspectiva práctica. Aunque el universo estuviera determinado en su nivel más profundo, nadie posee la información ni la capacidad de cálculo necesarias para anticipar todas las decisiones humanas.
Un cerebro contiene miles de millones de neuronas conectadas mediante una red extraordinariamente compleja. Cada experiencia, recuerdo, estímulo y cambio biológico influye en aquello que una persona termina haciendo.
Por eso actuamos como si existiera el libre albedrío. No porque la ciencia haya demostrado una voluntad independiente de toda causa física, sino porque ese modelo resulta indispensable para comprender la convivencia y asumir responsabilidades.
Tratar a las personas como agentes capaces de decidir permite educar, persuadir, prevenir y juzgar sus acciones. Una sociedad que considerara inútil cualquier elección tendría dificultades incluso para formular una norma.
La física cuántica tampoco resuelve la libertad
La física moderna complicó la imagen de un universo completamente previsible. La mecánica cuántica introduce probabilidades e incertidumbre en el comportamiento de las partículas, de modo que no todos los acontecimientos pueden anticiparse como el movimiento de las piezas de un reloj.
Pero el azar no equivale necesariamente a libertad. Que una decisión dependiera de una fluctuación imprevisible no significaría que la persona la hubiera escogido conscientemente.
El problema permanece abierto entre la física, la filosofía, la biología y la neurociencia. ¿Somos autores de nuestras decisiones o espectadores de procesos que el cerebro ha iniciado antes de que seamos conscientes de ellos?
La frase de Hawking evita fingir que existe una respuesta definitiva. Su humor convierte una discusión irresoluble en una prueba práctica: nadie confía su vida cotidiana a la predestinación.
Una reflexión inseparable de su propia vida
La cuestión del destino adquiría un significado especial en Stephen Hawking. A los 21 años fue diagnosticado con una enfermedad de la neurona motora y recibió inicialmente un pronóstico muy limitado.
La enfermedad redujo progresivamente su movilidad y terminó obligándolo a comunicarse mediante un sistema informático. Sin embargo, continuó investigando, publicando libros, impartiendo conferencias y acercando la cosmología a millones de lectores.
Sería simplista utilizar su trayectoria como una historia de superación donde la voluntad vence cualquier límite. Hawking necesitó atención médica, tecnología, cuidados y una extensa red de apoyo. La enfermedad condicionó profundamente su existencia y no podía eliminarse mediante optimismo.
Pero su vida también demostró que una circunstancia impuesta no determina por completo todo aquello que puede construirse dentro de ella. No eligió su diagnóstico, aunque siguió tomando decisiones sobre su trabajo y su manera de relacionarse con el mundo.
El destino no elimina la responsabilidad
Creer que todo tiene una causa puede servir para comprender mejor la conducta. Las decisiones están influidas por la educación, el entorno, la genética, la salud y las experiencias anteriores. Nadie actúa desde un vacío completamente independiente.
El peligro aparece cuando esa explicación se convierte en una excusa absoluta. Si todo estaba predeterminado, nadie sería responsable del daño que provoca ni tendría sentido intentar corregir una conducta.
Hawking recordaba que incluso quienes defienden esa postura continúan tomando precauciones. Esperan que una advertencia modifique el comportamiento, que un tratamiento cambie una enfermedad o que mirar a ambos lados evite un accidente.
La vida diaria obliga a comportarse como si el futuro permaneciera parcialmente abierto, aunque la física no pueda resolver de forma definitiva cuánto control tenemos sobre él.
Una frase que obliga a abandonar las certezas cómodas
Stephen Hawking no utilizó el paso de peatones para demostrar que cada persona sea dueña absoluta de su destino. Su reflexión era más sutil: cualquier teoría sobre la predestinación debe enfrentarse al modo en que vivimos realmente.
Tomamos decisiones porque ignoramos el futuro y porque nuestras acciones forman parte de las causas que terminarán construyéndolo. Mirar antes de cruzar no contradice necesariamente un universo determinado: esa precaución también podría pertenecer a la cadena de acontecimientos.
Sin embargo, desde nuestra perspectiva, elegir sigue siendo inevitable. No sabemos qué ocurrirá hasta que actuamos y nunca podemos observar la vida desde fuera de nuestras propias decisiones.
Quizá por eso la frase de Hawking continúa resultando tan eficaz. No resuelve el debate entre destino y libertad, pero recuerda que hasta el fatalista confía en que un pequeño gesto realizado a tiempo puede permitirle alcanzar la otra acera.

