Aurora (nombre ficticio) nunca había caminado con tacones. Es de Venezuela, tiene 23 años y hace tres se los calzó por primera vez. No lo hizo por coquetería, ni por decisión personal. Era un requisito para asistir a una fiesta con hombres con dinero. ¿Pero cómo acaba una acudiendo a este tipo de encuentros? Bien sencillo. Para sobrevivir.
Aurora no tuvo una infancia fácil. La crio su abuela y el ambiente era complicado. “Mi abuela era muy dura con nosotras, conmigo y con mi hermana. Tampoco era que lo hacía adrede: repetía patrones que a ella también le hicieron cuando era pequeña”, cuenta. Cuando cumplió los 18, decidió que la que acababa de recibir sería la última paliza y se marchó.
Un par de años más tarde, se reencontró con su madre, que había regresado de fuera del país. Pero la situación económica era muy difícil. Aurora, la mayor de dos hermanos, empezó a ejercer —según recuerda— “el rol de madre” de su propia progenitora. Sostenía el hogar, cuidaba de sus hermanos e intentaba que no faltara lo imprescindible.
“No, es que tú no pagas, a ti te pagan”
“En mi casa estábamos pasando por una situación muy vulnerable. No teníamos comida y debíamos dos meses de alquiler”. Y con ese percal, una conocida le ofreció acudir a una fiesta. “Yo le dije que no, que lo sentía, que no tenía dinero”, recuerda. Pero la chica le respondió: “No, es que tú no pagas, a ti te pagan”.

Escogió un vestido, se subió unos centímetros y dejó que aquella chica fuera a buscarla. La llevó a un restaurante asiático, de los más exclusivos de la zona. Al fondo había una sala VIP y ahí “estaba el desastre”. Drogas, alcohol, gente manteniendo relaciones en los muebles… “Era un ambiente superoscuro”, dice Aurora. La escena le impresionó y le provocó un miedo inmediato.
No fue una escena aislada. Poco a poco, empezó a conocer a más personas. Dos chicas le presentaron a hombres con posibles de su país. Uno de ellos se obsesionó con ella. La llamaba cada pocos minutos, quería saber dónde estaba y qué hacía.
Huir para no morir
Cuando Aurora dejó de hablar con él, el hombre la golpeó en una fiesta y la amenazó de muerte. “Me va a matar”, pensó. Y decidió huir. No solo por ella, también por miedo a que le ocurriera algo a su familia.
Abandonó Venezuela y subió a una curiara —como llaman allí a las pateras— junto a cerca de 150 personas, entre ellas niñas y niños. Durante horas navegaron en silencio. Cuando oían helicópteros, tenían que agacharse para no ser vistos. “Era un pánico enorme”. “Si nos hundíamos, de ahí nadie nos iba a sacar”.
Creyó que aquel viaje la alejaba del peligro. Al llegar, una mujer la sentó junto a otras cuatro jóvenes en un sofá y les comunicó la primera cifra que empezaría a decidir por ellas: tenía una deuda de 25.000 dólares en moneda local.
Aurora pasó a vivir en un sótano con otras quince mujeres, sobre colchones, con poca comida y el miedo constante a las redadas policiales. Algunas eran niñas y adolescentes. Salir no era una posibilidad: si la Policía las encontraba, podían ser deportadas; si no pagaban, la deuda seguía creciendo.
En uno de los primeros encuentros, un hombre abusó sexualmente de Aurora. La mujer que la controlaba la culpó de lo ocurrido. “Y yo me hundí en las drogas y en el alcohol”, cuenta. Consumir le permitía escapar durante unas horas de aquel sótano y de los encuentros a los que la obligaban. Pero tampoco era una decisión enteramente suya: en el club las obligaban a beber porque cada copa suponía un ingreso extra.
La deuda, además, no obedecía a ninguna lógica. Cuando a Aurora le quedaban 5.000 dólares por pagar, le sumaron otros 10.000. “Porque sí”, le dijeron.
Consiguió saldarla y regresó a Venezuela. Pero tampoco allí encontró una salida. La mujer que la había controlado volvió al país y la amenazó de muerte en dos ocasiones. Aurora volvió a escapar. Esta vez, rumbo a España.
En uno de los lugares por los que pasó le dijeron que le cortarían la cara y le raparían el pelo por haber contado a alguien que tenía una deuda de 5.500 euros. Las amenazas no solo buscaban que obedeciera: también que no hablara, que no pudiera apoyarse en nadie.

Mujeres condenadas a desconfiar
Tampoco era sencillo encontrar refugio en las demás mujeres en su situación. “En ese ámbito tú no puedes tener amigas”, asegura Aurora. Ella evitaba acercarse demasiado porque hacía dinero y eso despertaba recelos. “Empezaban los cuchicheos, empezaban un montón de cosas”. En España, dice, algunas compañeras atribuían que ganara más a que era joven; en otros lugares ocurría por otros motivos. El resultado era el mismo: sospecha, competencia y más soledad.
Eran, son, mujeres a las que la violencia condena a desconfiar unas de otras. Sin la violencia, las deudas, las drogas y el miedo, quizá, quién sabe, habrían podido ser amigas.
Fue, de hecho, una de aquellas mujeres quien, sin saberlo, abrió una pequeña grieta. Aurora se cruzó con una antigua compañera que estaba tomando un café con una trabajadora de FIET, una entidad que acompaña a mujeres víctimas de trata y explotación sexual. Empezaron a verse cada semana. Le ayudaron con las pruebas médicas, los trámites y la documentación. Pero Aurora todavía no podía salir. “Yo en ese momento todavía seguía como ciega”, cuenta.
Pasaron ocho meses. Y sufrió una sobredosis. “No, esto no es lo que quiero para mi vida. Siento que no puedo”, pensó. Había llegado a un punto en el que ya no podía imaginarse un futuro: “A los 22 años no me veía viva después de los 25”, recuerda.
FIET le había ofrecido entrar en una casa, un recurso en el que podría dejar de consumir y empezar a recuperarse. Aurora llamó a su madre para contárselo. Pero es complicado. Ella pagaba la vivienda, las deudas y el colegio de sus hermanos. Durante dos meses más se quedó.
Hasta que entendió que no podía seguir pagando con su vida. “Ya me dio una sobredosis, ya casi me muero. Han pasado muchas cosas en la vida como para yo morirme a los 22 años. No puedo más”, recuerda.
“No es normal”
Aurora no cree que la sociedad comprenda lo que hay detrás de la prostitución. “Te venden y te normalizan que el consumo de sexo, la pornografía, pagar por mujeres y todo eso es normal. Te lo ponen en vídeos, en películas, te lo venden por todos lados. Pero no es normal”, dice.
Algunos hombres intuían que ella no quería estar allí. “Tú no deberías estar aquí”, le llegaron a decir. Pero ninguno le ofreció ayuda para salir. “Ellos creen que tú lo estás haciendo por tu voluntad. Pero tú contextualizas lo que está pasando y ninguna hace absolutamente eso por su voluntad. Siempre hay algo detrás. Siempre hay un factor que hace que tomes la decisión de entrar en ese mundo”.

El miedo no se quedó atrás
Para dejar atrás todo aquello, aceptó entrar en la casa. La psicóloga que fue a recogerla ya la conocía y eso le dio algo de confianza. Aun así, cuando pasaron junto a un cementerio antes de llegar, Aurora pensó: “Aquí fue, me van a matar”. Incluso entonces, cuando por fin estaba saliendo, el miedo seguía viajando con ella.
Los primeros días no fueron una salvación repentina. Llegó con ansiedad y abstinencia, después de dejar el consumo. “Todo junto es como una bomba”, dice. Recuperarse implicaba aprender a vivir sin la deuda, sin el control y sin una urgencia que había marcado cada una de sus decisiones.
Poco a poco, empezó a imaginarse en otro lugar. Hizo un curso de intervención social con personas migrantes y otro de mediación social. Hoy trabaja con la entidad en el área de sensibilización. No habla de un final cerrado. Hay días en los que quiere “tirar la toalla”; otros en los que se siente “tan empoderada” que quiere “comerse el mundo”.
Cuando le preguntan qué le diría a otra mujer que se vea en su misma situación, Aurora no duda: “Nuestras vidas valen más que cualquier dinero que alguien quiera pagar o crea tener derecho a pagar”.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

