“Se nos fue Vera Valdez con casi 90 años, pero vivió todo lo que todos nosotros juntos nunca viviremos y aprendí mucho de ella. Una mujer excepcional que nunca tuvo miedo a nada…Vera fue lo mejor que nos sucedió durante el COVID. Estás muy dentro de mi amiga”. Así se despedía el productor Enrique López Lavigne de la modelo y actriz Vera Valdez, conocida internacionalmente por su papel en la película La abuela (dirigida por Paco Plaza y producida por Lavigne) y por su trayectoria como una de las primeras supermodelos brasileñas asociadas a Coco Chanel, ha muerto a los 89 años. Su fallecimiento se produjo el 14 de enero de 2026, según han confirmado diversas fuentes cinematográficas y biográficas, incluida la compañía teatral para la que trabajó durante décadas.
El productor Enrique López Lavigne ha confirmado así la noticia del fallecimiento de Valdez, generando una ola de reacciones en el mundo del cine y de la moda. Valdez había recuperado notoriedad en los últimos años por su participación en esta aclamada cinta de terror que aborda el miedo a la edad y al envejecimiento desde una perspectiva profundamente humana y perturbadora.

Una vida entre moda, cine y libertad
Valdez fue víctima de la represión política durante la dictadura militar brasileña, detenida y torturada, y, ya octogenaria, regresó al primer plano gracias al cine español, dotando a la pantalla de una presencia magnética e intransferible.
Valdez reapareció ante el gran público con La abuela (2021), el filme dirigido por Paco Plaza que convirtió el miedo a envejecer en una pesadilla íntima. La película se estrenó en un momento especialmente simbólico: tras décadas de trayectoria teatral, de vida lejos del foco europeo y de una historia personal marcada por la violencia política, Vera Valdez retornaba como protagonista de una obra que hablaba de cuerpos frágiles, del paso del tiempo y del terror doméstico de perder el control. Aquella vuelta era, también, una forma de justicia tardía: el cine, por fin, le colocaba un foco a la altura del personaje que había sido durante toda su vida.
“Lo que más me ha hecho sufrir ha sido la tortura”
En la entrevista concedida a El País en octubre de 2021, Vera Valdez definió con nitidez el punto de inflexión más oscuro de su biografía: la detención y tortura que sufrió en Brasil. “Me vuelve loca el teatro, trabajar con público. Lo que más me ha hecho sufrir ha sido la tortura”, relató con una serenidad que no ocultaba el trauma.

La actriz explicó cómo terminó en manos de los militares: “Brasil era entonces una dictadura. En mi familia, intelectuales de izquierda, casi todos habían sido arrestados o se habían exiliado”. En un aeropuerto, regresando de París, fue detenida: “Me pillaron en el aeropuerto de Río con una papelina de cocaína en el bolso”. Aquello, unido a su apellido y entorno, la convirtió en un objetivo perfecto. “Al ver a qué familia pertenecía me llevaron a un sitio y me pegaron”, recordó.
Después llegó el infierno. Valdez habló sin eufemismos: “Luego me torturaron los militares, querían que revelara nombres de opositores. Me aplicaron descargas eléctricas”. Y describió uno de los espacios que permanecerían adheridos a su memoria corporal: “Me metieron en una sala enorme, como un congelador, llena de espejos. Yo estaba desnuda y muerta de frío”. Golpes, interrogatorios, humillación y un mecanismo de terror diseñado para quebrar la voluntad: “Me pegaban entre varios, nunca eran los mismos”.
En ese testimonio late la clave de lo que Vera Valdez fue después: una superviviente que aprendió a domesticar el miedo sin negarlo. “Hasta que me dije: ‘Lo peor que te puede pasar es morir’. Luego bloqueé el miedo, pero a veces aún puedo sentir aquel frío”, confesó en El País. La frase que daba título a la entrevista resume su legado: “A veces aún siento el frío de la sala donde me torturaron”.
Chanel como madre: la belleza como disciplina y como fuga
Antes de ese episodio, Vera Valdez ya había vivido otra metamorfosis: la joven de Río que se educó en una familia artística, con una madre adelantada a su tiempo, desembarcó en Europa y encontró en París el escenario perfecto para una belleza que no era dócil. En la misma entrevista recordó su primer contacto con la idea de “ser modelo” casi como una epifanía: “La primera vez que un señor me preguntó si era modelo yo no sabía qué era eso”. Su madre le mostró revistas: “Ahí vivíamos en Burdeos. Luego fuimos a París”.
En ese trayecto aparece Chanel como figura fundacional. “Suzy Parker” —contó Valdez— “me dijo: ‘Te voy a presentar a una mujer fantástica’. Era mademoiselle Chanel”. Desde entonces, la relación fue casi familiar: “Chanel me quiso como una madre”, recordó. Cenaban juntas, el resto de modelos se ponía celoso y Chanel, al mismo tiempo, la protegía y la corregía: “Me reñía porque salía por las noches y siempre llegaba tarde. Me echó tres o cuatro veces, pero siempre volvía”.

La imagen pública de Valdez en aquellos años se construyó sobre elegancia y glamour. Pero, como en tantas mujeres de su generación, la belleza se pagaba con control. En El País relató una experiencia brutal y silenciada durante décadas: “Mientras trabajaba de modelo no podía quedarme embarazada”, explicó. “En aquel momento el aborto era un delito. Tuve que hacerlo en secreto”. Tenía 16 años. “Me metieron en un coche, tumbada en la parte de atrás y me llevaron lejos, no sé dónde”.
La octogenaria que no se rindió: teatro, cine y una vejez sin maquillaje moral
La llegada de La abuela puso a Vera Valdez frente a un papel que parecía un ajuste de cuentas con el tiempo: el cine de terror como metáfora de la vejez, del deterioro y del miedo a convertirse en carga. Ella desmontaba el enfoque simplista: “Para mí es más psicológica que de terror”, afirmaba. Y añadía una idea que es casi un manifiesto personal: “Yo nunca me he visto bella. Chic, elegante, sí, pero eso no envejece”.
Su discurso sobre el envejecimiento era frontal, sin romanticismo impostado. También lo era su crítica a la cirugía estética como obligación social para las mujeres, incluso dentro del oficio actoral: “Las arrugas son lo que has vivido”, defendía. “Pierdes la expresividad como actriz. Las miro y me da mucha pena”.
La industria que durante décadas reduce a las mujeres a una curva, a una juventud, a un contrato temporal con el deseo masculino, parecía incapaz de encajar un personaje como Vera Valdez: una mujer mayor, brillante, dura, sin voluntad de complacer. Y aun así, o precisamente por eso, su presencia desbordaba la pantalla.
Un símbolo contemporáneo: belleza, violencia y supervivencia
A lo largo de su vida, Vera Valdez atravesó mundos que rara vez se tocan: la alta costura y la represión militar, la fiesta y la tortura, el culto a la imagen y el abandono institucional del cuerpo herido. Por eso su regreso tardío al cine fue algo más que un “descubrimiento”: fue la constatación de que el talento no caduca, y de que hay mujeres que, incluso después de la violencia, se niegan a ser reducidas al silencio.
Su biografía ha sido recordada en España en los últimos años por medios culturales que subrayaron esa dimensión política y vital: la modelo asociada a Chanel que fue detenida y maltratada por la dictadura brasileña, y que reconstruyó su vida en el teatro.
Con su muerte desaparece una figura irrepetible: una artista marcada por el siglo XX, por sus luces y por sus sótanos. Queda su imagen en la pantalla, su voz contando “el frío” como quien nombra el horror sin permitir que le gane, y una lección incómoda para la cultura contemporánea: hay mujeres que no se dejan convertir en anécdota. Vera Valdez fue una de ellas.

