Hace una semana empecé a ver las películas de Rambo. Tras una redonda, primera entrega (que se llama Acorralado, y no Rambo) viene una secuela en Vietnam, que es tal y como todos recordamos al personaje. A saber cuánto dinero le dieron a Sylvester Stallone para aceptar semejante castaña de proyecto. Y sin embargo, el éxito de taquilla llevó a los productores a hacer una tercera entrega: Rambo III.
Vi Rambo III justo el sábado. Apenas unas horas antes, Pakistán le había declarado la guerra a Afganistán. Rambo III transcurre en este país. Rodada en 1988, ahora es entre cómica y trágica, que no tragicómica. Los muyahidines (en este tipo de películas hay buenos y malos, sin grises) son los buenos, y los rusos son los malos porque matan a mujeres y a niños. Los muyahidines son representados como buenos salvajes que luchan por la libertad y por su pueblo al mismo tiempo que montan a caballo para jugar con una cabra desmembrada. El guion nos presenta esta escena como la quintaesencia de la nobleza muyahidín. En la vida real la guerra entre los rusos y los muyahidines terminó un año después por motivos evidentes. Y de aquellos barros estos lodos. Ya quisieran los afganos que los malos fueran los rusos y no los talibanes.
La simpleza con la que el cine de acción representa la situación geopolítica me causa añoranza. Ahora mismo sin mirar en Internet cuento los siguientes países en conflicto: Rusia, Ucrania, Sudán, Afganistán, Pakistán, Israel, Palestina, Siria, Irán, Yemen y Myanmar. Aparte están los países en los que hay tensión creciente o una fuerte inestabilidad política. Y por supuesto, Donald Trump declarando más guerras de las que puede atender. La mirada simplista del cine me dio una visión sencilla de un mundo dividido en bloques: la URSS y nosotros. Nosotros éramos lo mismo que Estados Unidos. Es decir, los buenos.
Los bloques de hoy, de 2026, no los termino de entender. En parte porque las vida es confusa de cerca, en parte porque la intoxicación de las redes sociales está siendo poco más del prólogo a un mundo inextricable donde los videos ya no son prueba de nada, donde la población joven se fía antes de TikTok que de las noticias, y donde en los propios medios se van los polisílabos en favor del clickbait. Es imposible entender el mundo mientras los expertos que han dedicado décadas a estudiar un tema (por ejemplo el fenómeno talibán) son desplazados en favor de opinadores. Lo líquido ha desplazado a lo sólido. Lo único que tengo claro es que, en el caso de Afganistán, no puede haber nada peor que el régimen talibán. Qué pena de tierra donde no hay intereses comerciales para una intervención falsamente humanitaria.
Ojalá pudiera volver al tiempo en el que todo era tan simple como las misiones de Rambo, aunque ahora parezcan inocentes e incluso ridículas.
