Después de casi cinco décadas desde la revolución de 1979, resulta insostenible interpretar el expediente de la República Islámica de Irán como algo distinto a un régimen de terror. No hará falta recurrir a la hemeroteca para glosar la amplísima trayectoria de una dictadura que mientras en casa reprimía con dureza cualquier atisbo de disidencia política, de puertas para afuera jugaba a desestabilización exterior. Estas dos han sido los rasgos que han desarrollado como método estructural de gobierno. La muchas veces exitosa retórica victimista con la que se presenta ante la comunidad internacional ha sido arrollada con frecuencia por su política de desestabilización y violencia represiva que ha dejado una huella profunda, dentro y fuera de sus fronteras.
Durante este medio siglo los ayatolás han perfeccionado el método exportando su modelo. Y se puede decir que en cierto modo lo han logrado, extendiendo su influencia financiando diversas organizaciones terroristas en distintos puntos de Oriente Medio. De este modo, y bajo el pretexto de la “resistencia”, Irán ha contribuido a enquistar conflictos con los que ha erosionado la estabilidad de naciones muy frágiles convirtiendo guerras locales en tableros de ajedrez geopolítico con influencia mundial. Esta manera de hacer política no responde ningún acto en defensa legítima de los intereses nacionales, sino a una estrategia calculada de proyección de poder que sacrifica la estabilidad regional en aras de su propia supervivencia ideológica.
Pero, quizá, la dimensión más reveladora del régimen no se encuentre en su influencia en el vecindario, sino en lo que sucede dentro de casa. En primer lugar, por su obstinación en conseguir fabricar armas nucleares para montarlas en misiles de largo alcance. Algo que eleva exponencialmente el riesgo para una región a la que le sobran todo tipo de conflictos. Y, en segundo lugar, por el trato que dispensa a su propia población. En Irán es ley la represión sistemática de la disidencia, como también lo es la persecución de periodistas y opositores, que se reflejan en la mano de hierro con la que se utiliza la fuerza contra manifestaciones ciudadanas. La última protesta pública se saldó con 30.000 muertos. El régimen iraní se ha sostenido desde entonces más por el miedo que por el apoyo ciudadano. Ahora bien, si buscamos un elemento que defina a Irán, el paradigma es la situación de las mujeres, pues son ellas las víctimas de la imposición de normas restrictivas sobre su vestimenta, su movilidad y su participación pública. Cada protesta sofocada, cada condena ejemplarizante, cada muerte bajo custodia refuerza la imagen de un Estado que percibe a su ciudadanía como una amenaza antes que como la fuente de su propia legitimidad.
Con este “inmaculado” expediente todavía hemos sido capaces de encontrar muestras de solidaridad ante la eliminación de los autores de semejante barbarie. Resulta extravagante asistir a una ola de solidaridad internacional por la pérdida de un vetusto sátrapa que proviene de los mismos que no han dicho gran cosa por los verdaderos protagonistas de la revolución que han sido los disidentes asesinados entre los que se encuentran las mártires del hiyab.
Para el presidente de los EEUU un país dedicado por entero a exportar inestabilidad, a financiar a organizaciones terroristas, a perseguir la intimidación estratégica, a reprimir a su propio pueblo y a amenazar con la destrucción total a los Estados Unidos y a Israel, tenía todas las papeletas para ser sometido a la nueva e intervencionista doctrina estadounidense.
Lo que más preocupa de la eliminación de la cúpula de esta gerontocracia islamista es que el conflicto pueda alargar la vida de un régimen iraní que estaba según algunos cerca de expirar sin intervención externa alguna. El anciano líder supremo era impopular, pero su martirio, era quizá, lo único que podría reactivar a las facciones de clérigos que estaban dispuestas a continuar con este régimen teocrático.
Irán es un país grande con unas ideas profundamente arraigadas, respaldado por fuerzas de seguridad muy numerosas y desde luego implacables. Matar a los líderes iraníes es relativamente fácil para Estados Unidos o Israel, pero derrocar a todo el régimen desde la raíz será muy difícil, probablemente imposible sólo con ataques aéreos. La gran pregunta es si la intervención de este fin de semana traerá más estabilidad a Oriente Medio o el efecto será el contrario.
