¿Dónde aprendemos qué es el amor? ¿Quién nos enseña qué significa cuidar, desear o construir una relación? ¿En qué momento aprendemos qué conductas son normales dentro de una pareja y cuáles son violencia disfrazada de romanticismo? La socióloga Carmen Ruiz Repullo lleva más de dos décadas investigando cómo adolescentes y jóvenes construyen hoy sus relaciones afectivas. Profesora vinculada a la Universidad de Granada, referente estatal en coeducación y prevención de la violencia machista y autora de investigaciones como Voces tras los datos o la conocida “escalera de Pepa y Pepe”, Ruiz Repullo lleva años alertando de cómo los celos, el control o la posesión vuelven a normalizarse entre jóvenes bajo la apariencia del amor.
Su diagnóstico es contundente: la educación sentimental “ni está ni se la espera”. Porque, según advierte, buena parte de adolescentes y jóvenes están aprendiendo hoy qué es una pareja en las redes sociales, las canciones, las series, la pornografía o el grupo de iguales, espacios donde muchas veces siguen reproduciéndose modelos profundamente machistas.
Ruiz Repullo ha participado este fin de semana en el V Encuentro Estatal sobre Violencia Vicaria e Institucional en Maracena, (Granada) donde ha abordado algunas de las cuestiones que más le preocupan: el retroceso en la percepción de la violencia machista entre adolescentes, el auge de discursos antifeministas entre chicos —y cada vez también entre algunas chicas— y la normalización del control digital y de la violencia emocional en las relaciones jóvenes.

“Ahora vemos cómo ellas coinciden con ellos”
La socióloga sostiene que, después de años en los que parecía existir un mayor consenso social en torno a la igualdad, en las aulas empieza a detectarse un cambio de clima. Especialmente tras la pandemia, explica, comenzaron a aparecer entre muchos chicos adolescentes discursos cada vez más reactivos hacia el feminismo: la idea de que “ya no se puede decir nada”, que “las mujeres tienen más derechos” o que “la mayoría de denuncias son falsas”. Un relato que, asegura, no surge de manera espontánea, sino que se alimenta de redes sociales, algoritmos y creadores de contenido que han convertido el antifeminismo en un producto de consumo masivo para adolescentes.
Pero lo que más le preocupa es que ese discurso ya no circula únicamente entre chicos. “Ahora vemos cómo ellas coinciden con ellos”, advierte. No habla de una mayoría, matiza, pero sí de una tendencia que considera significativa: chicas jóvenes que reproducen mensajes antifeministas, minimizan la violencia o cuestionan desigualdades estructurales que hasta hace pocos años parecían más identificables para su generación.
“No siempre es solo el algoritmo”
Ruiz Repullo insiste en que sería un error explicar este fenómeno únicamente a través de internet. Los algoritmos amplifican determinados mensajes, pero no operan en el vacío. “La gente adulta también ha pegado un giro”, señala durante la conversación. A su juicio, parte de ese retroceso también atraviesa a familias, entornos sociales y referentes adultos que han normalizado nuevamente discursos machistas o reaccionarios. “No siempre es solo el algoritmo”, resume.
En ese contexto, sostiene, adolescentes y jóvenes están creciendo en una mezcla especialmente compleja: por un lado, una mayor visibilidad pública del feminismo y de las violencias machistas; por otro, una reacción cada vez más agresiva contra esos avances. Y en medio de ambos discursos, miles de chicos y chicas construyendo su forma de relacionarse.
Ahí es donde sitúa uno de los principales problemas: la romantización del control. Ruiz Repullo alerta de que comportamientos que durante años habían empezado a identificarse como violencia vuelven a percibirse como pruebas de amor. Compartir contraseñas, exigir ubicación constante, revisar conversaciones o controlar cómo viste la pareja se presentan de nuevo entre adolescentes como muestras de confianza o cariño. “Los celos se han vuelto a romantizar”, explica.
El auge del dark ‘romance’
La preocupación aumenta, dice, cuando esa normalización se mezcla con el impacto de determinados productos culturales consumidos masivamente por menores. Habla de series, canciones o del fenómeno conocido como ‘dark romance’, novelas dirigidas especialmente a chicas jóvenes donde aparecen relaciones atravesadas por la violencia, la dominación, la manipulación o incluso el secuestro y que, sin embargo, se presentan bajo códigos románticos. “¿Cómo se va a normalizar eso como amor?”, se pregunta.

“Hay consentimiento, pero no deseo”
También observa diferencias en cómo chicos y chicas aprenden a relacionarse con el deseo y la sexualidad. Mientras muchos adolescentes construyen gran parte de su imaginario sexual a través de la pornografía, asegura que muchas chicas siguen socializadas en una idea del sexo vinculada al amor, al cuidado y a agradar. Eso, advierte, tiene consecuencias directas en las relaciones. Una de las más preocupantes, a su juicio, es la enorme normalización de prácticas sexuales aceptadas sin deseo real. “Hay consentimiento, pero no deseo”, resume.
La violencia, explica, no siempre aparece de forma explícita. A veces se instala de manera progresiva, casi imperceptible, a través de pequeñas renuncias cotidianas: dejar de ponerse determinada ropa para evitar conflictos, compartir claves privadas, aceptar situaciones incómodas o asumir dinámicas de control para sostener la relación. “Total, ¿qué me cuesta?”, ejemplifica sobre una frase que escucha con frecuencia entre adolescentes.
Buena parte de estas dinámicas, añade, se producen además en espacios que las personas adultas apenas alcanzan a comprender. Chantajes con imágenes íntimas, humillaciones públicas en grupos de WhatsApp, insultos que saltan de una red social a otra o fotografías manipuladas con inteligencia artificial forman ya parte de las violencias cotidianas que atraviesan muchos menores. El problema, señala, es que familias, docentes e instituciones muchas veces no saben detectarlas ni acompañarlas.
“El pico y pala”
Por eso insiste en que la respuesta no puede limitarse a talleres aislados ni a intervenciones puntuales. “El pico y pala”, repite varias veces durante la entrevista. Formación continuada, acompañamiento y presencia constante en los centros educativos. Considera insuficiente abordar estas cuestiones una o dos veces al año mientras el resto del tiempo adolescentes y jóvenes siguen expuestos durante horas a contenidos que normalizan desigualdad, violencia o humillación.
Aun así, evita caer en discursos simplistas sobre la prohibición de las redes sociales. Cree que limitar determinados accesos puede ser una forma de protección —igual que ocurre con el alcohol o el tabaco—, pero insiste en que el problema es mucho más profundo y estructural. También tiene que ver, señala, con las desigualdades sociales y económicas: no todas las familias pueden acompañar de la misma manera a sus hijos e hijas, ni todas tienen tiempo, recursos o conocimientos para supervisar qué ocurre en el entorno digital.
A pesar del diagnóstico, Ruiz Repullo rechaza cualquier lectura derrotista. Sigue defendiendo la educación como una herramienta central para transformar las relaciones entre jóvenes. Pero insiste en que no basta con discursos generales sobre igualdad: hace falta formación real, pensamiento crítico y adultos capaces de intervenir cuando aparecen las primeras señales de violencia. Porque, como resume durante la conversación, “a más machismo, más violencia”.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.
