En sus casi cinco siglos de historia, la Universidad de Granada nunca había estado dirigida por una mujer. Hasta que, en 2015, Pilar Aranda Ramírez rompió ese techo de cristal y se convirtió en su primera rectora. Catedrática de Fisiología, investigadora y gestora con una larga trayectoria dentro de la institución, asumió el cargo con la conciencia de estar abriendo camino en un espacio históricamente masculinizado.
Su llegada al rectorado fue un hito simbólico y también un ejercicio de exigencia y temple frente al hecho de verse sometida a constante escrutinio. Como ella misma reconoce, el peso de la responsabilidad iba más allá de la gestión universitaria. Cada decisión o cada error podía ser interpretado como representativo de todas las mujeres. En un momento en el que el liderazgo femenino aún era, y sigue siendo, minoritario en la universidad española, su mandato visibilizó tanto los avances como las resistencias.

A lo largo de su etapa al frente de la UGR, Aranda apostó por equipos diversos y por dar un peso mayor a las mujeres en los espacios de poder académico, consciente de que el cambio no depende solo del acceso, sino también del reconocimiento. Sin embargo, su experiencia también delata que el llamado “techo de cristal” coexiste con otros obstáculos más invisibles, como las cargas familiares, la autoexigencia o el miedo a la exposición pública.
En nuestra entrevista, reflexiona sobre lo que supuso ser la primera, los desafíos de liderar siendo mujer y por qué, a pesar de los avances, la igualdad real en la universidad aún no está plenamente conquistada.
¿Qué supuso para usted ser la primera mujer rectora de la Universidad de Granada?
Una responsabilidad muy grande porque sabía que cualquier error que cometiera iba a ser tratado mucho peor que si lo cometiese un hombre. Era como si tuviese que redimir a todas las mujeres y sobre todo esa responsabilidad de pensar que todo lo que yo hiciera iba a ser visto como norma general de todas las demás, algo que podía llevar a la crítica un poco fácil. Fue una responsabilidad grande también institucional. Yo amo la universidad por encima de todo y una institución como la nuestra merece un respeto importante. Sabía que tenía que estar a la altura de las circunstancias.
¿Cuáles fueron sus principales desafíos?
Era en 2015 y en estos once años las cosas han cambiado bastante. De hecho, se presentan ya más mujeres a las elecciones y es un paso fundamental. Se ha perdido el miedo. Miedo porque cuando dices que te quieres presentar parece que todo es ambición. Y yo pensaba, bueno, la misma ambición que un hombre. Tratar de hacer las cosas bien para que la institución mejore y, por tanto, mejore la sociedad. Tuve la suerte de contar con un equipo muy potente y muy bueno. Hay más mujeres. Aposté por una gerente, algo que hasta entonces solo había sucedido una vez. En la unidad de Igualdad nombré a Miguel Lorente. Tenía la suerte de poder contar con él. Hoy los desafíos son similares a los de los hombres, pero hay que añadir que van a ser más inspeccionadas, más miradas con lupa: cualquier comentario, comportamiento… incluso la manera de vestir. Es algo que a menudo distrae de la realidad y de lo importante que es hacer una gestión adecuada.
“Se nos mira con lupa: cualquier comentario, comportamiento… incluso la manera de vestir”
¿Por qué, a pesar de la evolución en estos últimos años, sigue sin romperse el techo de cristal?
Sigue sin romperse el techo de cristal porque creo que también el suelo es pegajoso. Creo que a las mujeres también les cuesta despegar. Primero, por condicionantes familiares. La decisión de querer formar una familia es importantísima, y yo la tengo. Se supone que tienes que tener una red de apoyo y contar con la complicidad de la pareja. Las jóvenes piensan que el techo de cristal está roto y yo sigo defendiendo que no, que hay que hacer discriminación positiva. Yo he tenido que nombrar jurado para tribunales o para honoris causa, por ejemplo, y he procurado elegir mujeres. Ha sido así porque hay muchas mujeres muy valiosas cuyo trabajo no se conoce, está invisibilizado, y eso también hace que el techo de cristal cueste más romperlo, más el propio miedo de pensar que, si sales de tu zona de confort, van a empezar a criticarte. Hay que perderlo porque con el miedo no avanzamos.
“Las jóvenes piensan que el techo de cristal está roto y yo sigo pensando que no”
¿Considera útiles las cuotas o generan resistencias?
Son muy útiles. Es cierto que generan resistencia en ciertos sectores de la sociedad más conservadores, pero eso de que yo llego porque valgo mucho, no. Todos llegamos, hombres y mujeres, porque hemos tenido un entorno propicio a que pudiéramos llegar. Porque nuestro trabajo ha sido conocido. Por eso, el trabajo de las mujeres tiene que ser visible porque ha sido invisibilizado durante mucho tiempo. Para ello, las cuotas y la discriminación positiva y ser selectiva debe seguir actuando. Confío en que no volvamos atrás.
