“Pero bueno, ¿qué dice esta gente?”
Carmen no daba crédito. Sentada en la Audiencia Provincial de Madrid el pasado 26 de mayo, escuchaba cómo cinco de los nueve miembros del jurado habían aceptado que Antonio Pastor, capitán en activo del Ejército de Tierra, sufrió un episodio disociativo en el contexto de un trastorno explosivo intermitente cuando estranguló a su hija, Leticia Talavera.
Durante semanas había escuchado declaraciones, informes periciales y testimonios. Había escuchado la historia de su hija una y otra vez. Y ahora un jurado formado por seis mujeres y tres hombres concluía que no podía darse por probado que la hubiera asesinado porque ella quería divorciarse y aceptaba la tesis de una alteración mental transitoria.

“No doy crédito a lo que ha pasado en esta sala”
El veredicto abre la puerta a la aplicación de una eximente incompleta por alteración psicológica, una circunstancia que podría rebajar de forma significativa la condena que fijará próximamente el magistrado.
“No nos lo creíamos”, recuerda. Según cuenta, tampoco la Fiscalía ocultó su sorpresa. “No doy crédito a lo que ha pasado en esta sala”, asegura que comentaron tras conocer el veredicto.
Lo que Carmen escuchó aquel día no fue solo un veredicto. Fue una explicación de la muerte de su hija. Y todavía hoy sigue sin reconocerla. Para entender por qué hay que retroceder unos meses.
Cuando murió, Leticia tenía 37 años. Era enfermera en el Hospital Gregorio Marañón, estudiaba Psicología, le gustaban las motos, el deporte y pasar tiempo con su familia. Quienes la conocían la describen como una persona optimista, activa y difícil de derrotar por los problemas cotidianos.

Por eso Aroa, una de sus mejores amigas y compañera de trabajo, se alarmó cuando la vio dos días antes del asesinato.
Aquel jueves habían quedado para hablar. Leticia estaba reorganizando su vida. Había solicitado una reducción de jornada y preparaba una separación que llevaba más de un año intentando materializar. Cuando se sentó frente a su amiga, le confesó que estaba viviendo una “auténtica pesadilla”.
Insultos y humillaciones
No era una discusión concreta. Ni una pelea de pareja. Habló de insultos, de humillaciones y de una convivencia que la estaba desgastando. También de un episodio que Aroa no ha olvidado. Leticia le contó que había intentado grabar algunas de aquellas escenas para dejar constancia de lo que estaba ocurriendo. Cuando Antonio se dio cuenta, le levantó la mano.
No llegó a golpearla. Pero aquella amenaza hizo que su amiga entendiera que la situación era más grave de lo que había imaginado.
Lo que Aroa escuchó aquella tarde tampoco encaja fácilmente con la imagen de una explosión repentina de violencia.
En los meses anteriores, Leticia había ido tomando decisiones para salir de aquella situación. Había iniciado los trámites del divorcio, buscaba reorganizar su vida laboral y llevaba tiempo retrasando una ruptura que le producía tanto alivio como miedo.
En la historia que reconstruyen hoy su madre y sus amigas aparecen elementos que entonces parecían dispersos y que después adquirieron otro significado.

Durante meses retrasó la decisión de divorciarse. Le preocupaba qué ocurriría con sus hijos. Su madre llegó a plantearse denunciar ella misma la situación que estaba viviendo, pero Leticia la frenó. No quería perjudicar a Antonio ni que una denuncia pudiera afectar a su carrera profesional. Lo único que quería era separarse.
“Es porque papá te dice cosas feas, ¿verdad?”
Las críticas constantes de Antonio a la relación de Leticia con su familia. Su incomodidad ante las reuniones familiares. El rechazo a un entorno con el que ella mantenía una relación especialmente estrecha. Incluso una conversación con su nieta mayor adquirió después un significado distinto. Mientras Leticia hablaba con una psicóloga, la niña le preguntó por qué estaba triste. Después añadió: “Es porque papá te dice cosas feas, ¿verdad?”. La niña tenía tres años.
Son precisamente esos elementos los que explican el desconcierto de la familia ante el veredicto. Porque el jurado consideró probado que Antonio Pastor estranguló a Leticia con intención de matarla. También que sus hija presenció la agresión. Pero rechazó que pudiera darse por probado que actuara porque no aceptaba la decisión de su esposa de divorciarse.
“Si no fue eso, ¿qué fue?”
Para Carmen, la pregunta sigue siendo la misma. Si no fue eso, ¿qué fue? Porque la historia que describen su familia y sus amigas se parece poco a la que terminó reflejada en la sentencia.
La historia que reconstruyen quienes la conocían está llena de elementos que los especialistas en violencia de género consideran habituales en los asesinatos machistas.
Una víctima que minimiza lo que está viviendo y se resiste a denunciar. Un hombre molesto por la estrecha relación de su pareja con su familia. Una niña de tres años capaz de identificar que su madre está triste porque “papá le dice cosas feas”. Una separación en marcha. Y un asesinato que se produce precisamente cuando esa separación empieza a hacerse realidad.
Los expertos llevan años advirtiendo de que la ruptura es uno de los momentos de mayor riesgo para las mujeres.

No se trata de discutir quién mató a Leticia. Eso nunca estuvo en cuestión. Se trata de entender por qué la mató.
“Creía que un jurado empatizaría con mi hija”
La decepción fue todavía mayor porque Carmen nunca vio el jurado popular como un problema. Más bien al contrario.
Pensaba que nueve ciudadanos corrientes podrían ponerse con más facilidad en el lugar de su hija. Que entenderían mejor sus decisiones, sus dudas y sus miedos. Por eso el veredicto le resultó tan difícil de asumir. No porque cuestionara los hechos. Sino porque sintió que nadie había logrado ponerse en la piel de Leticia. “Es que eso es lo que más me sorprende”, dice todavía hoy. “Seis mujeres y tres hombres”.
La familia recurrirá la sentencia. Pero el caso deja también una pregunta que trasciende a este caso concreto.
¿Entiende realmente la sociedad —y por tanto quienes son llamados a integrar un jurado popular— cómo opera la violencia de género? ¿Puede explicarse un asesinato machista como un arrebato? ¿Y puede hacerse cuando el crimen se produce precisamente después de que una mujer decida dejar a su pareja, uno de los desencadenantes más frecuentes de los asesinatos machistas?
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