Más de un millar de vidas rotas. Familias destruidas. Desde que existen registros oficiales, 1.357 mujeres han sido asesinadas en España por sus parejas o exparejas. El último informe del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial pone cifras a una realidad que, pese a todo, sigue sin desaparecer. En 2025 fueron 49 mujeres asesinadas, lo que equivale a una cada 7,4 días.
Una tendencia a la baja que no resuelve el problema
Las cifras muestran una evolución clara: los asesinatos han descendido con respecto a hace dos décadas, cuando se producían aproximadamente cada 5,7 días. La media anual entre 2003 y 2014 fue de 64,3 mujeres asesinadas, mientras que entre 2015 y 2025 ha bajado a 51,8.
Para el médico forense y exdelegado del Gobierno contra la violencia de género, Miguel Lorente, ese descenso es real y significativo. “Hemos mejorado”, resume. Sin embargo, advierte de que esa mejora no puede interpretarse como una resolución del problema, sino como parte de un proceso en el que intervienen tanto las políticas públicas como el cambio social.
La violencia que no se ve
A pesar de la tendencia descendente, Lorente insiste en que la violencia de género sigue sin entenderse como una realidad social continua. “Cuando matan a una mujer, para mucha gente parece que surge de la nada”, explica.

A diferencia de otros fenómenos —una crisis económica, una subida de precios— que se interpretan dentro de un contexto compartido, los asesinatos machistas aparecen desconectados del proceso previo de violencia. Esa falta de relato contribuye a reforzar estereotipos, como la idea de que estos crímenes son hechos excepcionales o fruto de situaciones individuales, cuando en realidad responden a una estructura de desigualdad y control.
Denunciar no siempre protege
Uno de los datos más reveladores es el de las denuncias previas: 11 de las 49 mujeres asesinadas en 2025 habían denunciado, lo que supone un 22,4 por ciento. No es un porcentaje bajo. Significa que casi una de cada cuatro víctimas había activado el sistema de protección y este falló.
Para Lorente, este dato obliga a revisar el funcionamiento del sistema. Por un lado, señala la necesidad de mejorar la valoración del riesgo, el seguimiento de los casos y la atención psicológica de las víctimas, ya que la violencia genera dinámicas de dependencia que pueden influir en su comportamiento.

Por otro, introduce un elemento clave: muchas de esas denuncias llegan en fases muy avanzadas de la violencia. “No tiene sentido que una mujer llegue al sistema cuando está en una situación crítica”, compara, utilizando una analogía médica: igual que en una enfermedad grave, cuanto más tarde se interviene, menor es la capacidad de respuesta.
El gran fallo: la detección
La otra cara del dato es aún más significativa: 38 de las 49 víctimas (77,6%) no habían denunciado. Para Lorente, esto evidencia un fallo estructural en la detección. Las víctimas no están fuera del sistema, sino que pasan por él sin ser identificadas. “Están en la sanidad, en su entorno, pero no las vemos”, señala.
De ahí que insista en la necesidad de cambiar el enfoque: dejar de centrar la respuesta únicamente en la denuncia y ampliar la prevención a través de la educación, la concienciación y la implicación de todos los ámbitos sociales.
El hogar, el lugar más peligroso
El 89,1% de los asesinatos se produjo en el domicilio, y en el 75% de los casos en la vivienda compartida. Este dato marca una diferencia fundamental respecto a otras violencias. No se trata de delitos que ocurren en el espacio público, sino dentro de la relación, en el ámbito privado. “El hogar es el lugar de mayor riesgo para las mujeres”, subraya Lorente.
Una violencia cercana y cotidiana
El 56,5% de los asesinatos se cometió con arma blanca, el método más frecuente. Según Lorente, esto refleja que los agresores utilizan los medios disponibles más inmediatos para garantizar el resultado. En un contexto como el español, donde el acceso a armas de fuego es limitado, los objetos cotidianos se convierten en instrumentos letales.
Los huérfanos: el impacto más invisible
Cada asesinato deja consecuencias que van más allá de la víctima. En 2025, 39 menores quedaron huérfanos. Desde 2003, la cifra asciende a 1.046. Además, el 77,6% de las mujeres asesinadas tenía hijos o hijas.
Para el médico forense, el impacto es especialmente grave porque no se trata solo de la pérdida de la madre, sino de una situación en la que, en muchos casos, el agresor es el propio padre. “Eso marca de por vida”, advierte.
Menos asesinatos no significa menos violencia
El descenso de los homicidios no implica una reducción proporcional de la violencia de género. Lorente insiste en que el homicidio es solo la expresión más extrema de un fenómeno mucho más amplio. Millones de mujeres sufren violencia cada año, pero solo una parte de esos casos deriva en asesinato. “El homicida va por libre”, resume.
El cambio social y sus límites
Parte de la mejora se explica por el cambio social. Hoy hay más conciencia y más rechazo hacia comportamientos de control que antes se normalizaban.
Sin embargo, este avance convive con un fenómeno preocupante: el crecimiento de discursos que niegan la violencia de género, especialmente entre jóvenes. Según distintos barómetros, aumenta el porcentaje de quienes consideran que se trata de un problema exagerado o ideológico. Para Lorente, este retroceso en la percepción social puede afectar directamente a la prevención, ya que debilita la identificación temprana de la violencia
