La historia de Sonia Casas es la de una mujer que decidió abrir una ruta donde todavía no existía ninguna. A finales de los años noventa, cuando decidió dedicarse profesionalmente a la montaña, no existían referentes femeninos en España. Tampoco los buscó. Solo tenía claro que quería convertir su pasión por la montaña en su profesión. El camino no fue sencillo: tuvo que enfrentarse a la desconfianza, a una formación pensada solo para hombres y a una grave lesión que casi le impide caminar. Aun así, siguió adelante hasta convertirse en la primera guía de alta montaña de España.
Así recuerda el momento en que decidió dar el paso:
“Cuando decidí dar este paso, fue en el año 1999-2000, cuando decidí ser guía de alta montaña, no sabía que no había mujeres, no tenía referentes y tampoco las busqué, sentí un propósito, sentí una devoción, una pasión por el oficio, por estar en la montaña y hacer de mi vida lúdica deportiva, mi propia profesión. Y sin más me lancé a ello. No me puse a buscar ni la salida profesional, ni referentes femeninos, sino cuáles eran los pasos que había que dar para llegar a ello. Empecé a aprender sobre la existencia de las escuelas de técnicos deportivos, de las formaciones deportivas de montaña, y en aquel momento solo había una: la escuela de alta montaña de Benasque. Hubo un parón en la formación y en ese tiempo hubo otra escuela, las Escolas Pias de Sarrià, en Barcelona, donde hice las pruebas de acceso y empecé a formarme allí y sí que es cierto que durante esas pruebas deportivas, debieron de sostener alguna conversación con las propias escuelas, que no había ninguna mujer y me comentaron que lo iba a tener muy difícil. Aquella frase lapidaria de te lo van a poner muy difícil porque no hay ninguna mujer guía de alta montaña en España, sí que me llamó la atención. Había reticencias para admitir que una mujer tuviera competencias en este sentido. Pero fui de cabeza a conseguir aquello que me había propuesto.”
Durante su formación, Casas tuvo que demostrar constantemente que podía estar al mismo nivel que sus compañeros. “Cuando hice la formación no pensé más allá de cubrir la necesidad que sentía de convertir mi pasión en mi profesión. No eché en falta el ver a otras mujeres antes que yo, pero sí compañeras durante la formación con las que poder hacer cordada y medirme, porque siempre era comparada con hombres y tenía que demostrar. El tener que demostrar constantemente igualdad de capacidad y de competencias con respecto a mis compañeros era abrumador, entonces sí que eché en falta que hubiese otras mujeres. Por ejemplo sentí desigualdades físicas, como cuando estás con la regla en pleno examen de alpinismo y esquí de montaña y te estás desangrando y pides que te examinen en otro momento, sin que accedieran a dicha solicitud.
Es común escuchar: tú te tienes que adaptar a la montaña, la montaña no entiende ni de sexo ni de género y ese es el discurso fácil en el que no se tiene en cuenta a la “persona”. Ya sabemos de sobra que las montañas ni piensan ni sienten. Los seres humanos sí, es lo que nos diferencia por tener cerebro. Hay muchas otras capacidades además del rendimiento deportivo que influyen en el desarrollo profesional en la alta montaña.
Una arrogancia masculina que servía para denostar su falta de capacidad, previsión y adaptación, curricular y administrativa, y para justificarse, lejos de buscar soluciones a la situación específica de la mujer con una biología y fisiología distintas.

Veinticinco años después, la ciencia y medicina deportiva han evolucionado muchísimo y hoy día es habitual tratar y contemplar de forma específica la fisiología y rendimiento de la mujer deportista teniendo en cuenta sus ciclos hormonales (entre otras muchas otras cosas).
Cuando finalicé el TD2AM y me titulé como guía de de alta montaña llevaba mucho dolor acumulado. Por una parte por la desigualdad debida al género y por otra por las consecuencias de un accidente de escalada el año previo a la formación, por el que fui operada de una fractura intraarticular con minuta de calcáneo. Me reconstruyeron como pudieron el pie. Estuve hospitalizada 32 días y posteriormente pasé una rehabilitación muy larga con muchas escayolas hasta que solamente quedó hueso y una silla de ruedas durante prácticamente 1 año. Volver a caminar y volverme a sentir fuerte y tener un pie, mecánicamente activo, regular y funcional para poder afrontar la formación desde los inicios, fue para mí un milagro y un calvario y la prueba de más esfuerzo de mi vida.
A pesar de que fue muy doloroso, jamás hice saber que tenía abolida la articulación. Nunca pedí una prueba adaptada y disimulé la cojera hasta que ella misma despareció. Teniendo una clara desventaja competí en igualdad con mis compañeros. Fue quizás lo más duro que he hecho en mi vida. Hoy día afortunadamente ya hay ciclos adaptados para personas con situaciones disfuncionales.
En 2006 cerré aquella etapa vivida en la más austera soledad, sin ningún tipo de soporte emocional, ni familiar, ni social ni institucional o educativo. Necesitaba alejarme de la demostración continua, de competir. Estaba exhausta.
Y decidí emprender poniendo en el eje de mi propósito a la persona, con y en valores, y dar lo mejor de mí. Me centré en hacer actividades de escalada y de alpinismo; alquilé un rocódromo, creé la construcción de vías ferratas con ingeniería y fui pionera en aquel sector. Posteriormente también comencé a dar formación para trabajos verticales y me saqué otras titulaciones de prevención de riesgos, diversificando la actividad profesional en distintas áreas siempre entra las cuerdas, para hacer frente a la fuerte estacionalidad de los deportes de montaña y escalada de aquella época. Me inventé mi propio trabajo y creé mi propia marca.”
Para ella, la montaña no es solo una profesión, sino un espacio de libertad y de refugio.

“Encontré paz, porque el escenario de alta montaña todo nevado, esos amaneceres, esos atardeceres, ese abrir la huella en una nieve recién caída y la libertad de poder trazar tu propio camino, tener libertad por subir y la montaña te enseña y aprendes con ella. Es lo contrario a la estructura social en la que vivimos desde que nacemos, todo encorsetado. Ese escenario es tan maravilloso, despierta paz interior y calma el espíritu, el alma y todo y te transporta a un escenario celestial. Es como vivir el paraíso en la tierra. Haces un esfuerzo físico que se transforma en energía que te empuja a subir más arriba a ir más allá y eso es una energía que transportas a todo lo que emprendes en la vida y es lo que nos da ganas de vivir. Es una carrera que construyes paso a paso y te permite adaptarla a tu propia capacidad e ir adquiriendo las competencias para alcanzar tus logros.
Viviendo en Madrid y en Bilbao viví tragedias que me dejaron muy traumatizada desde robos a mano armada, también me robaron en el piso, sufrí un episodio de acoso laboral y estaba harta de la sociedad y en la montaña encontré un refugio en el que no tenía nada que temer, el mayor temor era perderme o no llegar a la cima, la montaña la sentí limpia y lleno de bondad donde la parte trágica de la sociedad no estaba tan presente y me ayudó a quedarme en ella. La montaña no me infunde temor sino respeto y las ciudades pueden inducir miedo, todo son alarmas, miedo.”
La montaña le dio una carrera, pero también le dejó secuelas físicas que arrastra desde hace décadas.
“Me lo dio todo y me quitó un pie, ese arrojo de esa parte de la juventud en la que te comes el mundo y lo quieres todo y crees que lo puedes todo y esa valentía innata ese ímpetu de la edad que vas consiguiendo objetivos y eso te da mucha seguridad. Me lo dio todo, el empezar desde cero, a esa edad me daba vida y ese mismo desconocimiento y esa ignorancia, pues traumáticamente, acabó con un pie, me creó un problema que arrastro desde hace veintiséis años. Conseguí mantener un pie mecánicamente activo que se adaptó con los años a una vida de alta exigencia porque corro, esquío, escalo con la falta de una articulación pero eso no quiere decir que no lo sufra o que el dolor haya desaparecido. Pero he podido hacer mi vida.
Hubiera cambiado de esa época de mi vida, en la que por desconocimiento tuve una caída trágica con la consiguiente ruptura del calcáneo, el haber sabido las consecuencias de estar en un Rocódromo que no tenía colchonetas, que tenían unas presas colocadas en una pared de hormigón con suelo de hormigón y yo estaba haría unos 4 metros de altura. Cuando quise denunciar después de diez años la causa había prescrito. Me hubiera gustado tener más apoyo en un momento en que pensaba en sobrevivir, pero nadie me asesoró y fue una negligencia del rocódromo.”
También recuerda que, durante años, el cuestionamiento por ser mujer fue constante.
“Me he sentido cuestionada por mi género, ya sea por otros montañeros, clientes y principalmente los profesores de la formación y los compañeros de entonces. Ahora dicen las mujeres que sienten más compañerismo y en este tiempo la sociedad ha cambiado bastante y la percepción del año 2000 con la de ahora no es la misma pero en aquel momento fue muy difícil para mí. También tuve algunos otros compañeros que me ayudaron muchísimo pero eran casos aislados. Se me ha exigido más que a muchos hombres y me he sentido con un trato diferencial.”
A pesar de todo, su carrera y logros en la montaña también le han dejado un profundo sentimiento de gratitud.
“Cuando consigo lograr estos objetivos siento una gratitud enorme a la propia vida, por el equipo de personas que me han rodeado, también a la fuerza de voluntad y al espíritu fuerte que tengo que me permite estar aquí. Una resiliencia, gratitud por ser la mujer que soy y también siento una especie de iluminación porque vas evolucionando, superas dificultades, barreras y esa luz que te llega necesito compartirla porque, ¿de qué sirven las alegrías vividas solo individualmente? Y ahora, ¿todo esto para qué? ¿Qué quiero demostrar? Y es una pregunta que me ronda, pasas tantas horas de espaldas al mundo, trabajando en tu propio mundo interior, ¿para qué? Pero son pensamientos que me rondan de vez en cuando.”
Con el paso de los años, su relación con la montaña también ha cambiado.
“La roca me da tiempo, versatilidad, flexibilidad. La altitud y los campos base los siento como sumideros de tiempo porque exigen semanas tediosas en un campo base, para que el organismo se vaya adaptando a la altitud y muchísimas veces, para no conseguir alcanzar la cima. Cada día valoro más cada segundo de la vida, cada minuto, y esos tiempos muertos en una tienda de campaña o el coste económico en el que se han convertido las grandes expediciones comerciales… no estoy dispuesta a mezclarme con centros comerciales de montaña ni a perder el tiempo.
Lo que encuentro en una pared de escalada a la que accedo en dos o tres horas, para escalar grandes vías y que en una semana puedes volver a casa y la roca es un medio más seguro y predecible. La nieve se transforma, la montaña es muy cambiante y peligrosa. Son razones de tiempo, razones económicas y razones éticas y medioambientales por lo que ahora me aproximo más a la roca.”

Hoy la presencia de mujeres en la profesión ha aumentado, aunque sigue siendo minoritaria.
“Actualmente, la legislación respecto a las formaciones de técnicos deportivos y guías de alta montaña ha cambiado bastante. El nivel de exigencia en las pruebas de acceso también ha bajado y facilita el acceso a mayor número de personas y hay varios centros de formación. Hay más mujeres guías, siete guías de alta montaña, alguna más en formación, y esta cifra es muy baja aún comparando con otras profesiones o con otros países europeos. Las mujeres ahora tienen menos barreras y se ha normalizado más su presencia.”
Y su próximo reto ya está marcado en el calendario.
“En junio voy a Pakistán al Drifika (6,447m) en cordada femenina con otra mujer en estilo alpino, es decir en autonomía, sin cuerdas fijas, sherpas u oxígeno adicional. Estos próximos meses estamos enfocadas ya en escalar juntas al máximo, todo lo que el trabajo nos permita.
Para las mujeres que se incorporan desearía un trato más inclusivo, respetuoso y amable. Las buenas formas no te hacen más fuerte ni más valiente, pero sí condicionan estados y respuestas emocionales de autoestima y superación, y además acarician al alma. Desearía que les diesen alas, en lugar de recortárselas. Desearía que se sientan acompañadas y valoradas, dignas. Y no pisadas como un insecto. Yo no lo tuve y fue doloroso.
Que mantengan la motivación a pesar de las dificultades porque el ejercicio de la profesión es retador, precioso y muy reconfortante. Conoces personas extraordinarias, te permite vivir lejos del asfalto y el hormigón en simbiosis con la naturaleza, además de estar siempre activas y entrenadas. Nos encanta el deporte.”
Hoy, más de dos décadas después de abrir camino, Sonia Casas sigue escalando y demostrando que la montaña también puede escribirse en femenino.
