Hubo un tiempo en que quitarse la parte superior del bikini era mucho más que una decisión estética. Para miles de mujeres españolas, especialmente durante los años ochenta y noventa, el topless representaba una conquista. Era una forma de ocupar el espacio público con naturalidad, de ejercer una libertad recién consolidada y de romper con décadas de control sobre el cuerpo femenino. Sin embargo, basta recorrer hoy muchas playas para percibir que algo ha cambiado.
Las generaciones más jóvenes parecen haber dado la espalda a una práctica que durante años formó parte del paisaje habitual del verano español. Lo que para sus madres y abuelas era normal, e incluso reivindicativo, hoy despierta más reticencias. La pregunta es inevitable: ¿Por qué cada vez menos mujeres hacen topless?
La politóloga especializada en violencia de género Jimena Manteca Pérez sostiene que no se trata de una simple impresión. Los datos, explica, reflejan una tendencia clara que se repite en distintos países europeos.

Una práctica que retrocede
Aunque España sigue siendo uno de los países europeos donde más se practica el topless, la tendencia apunta hacia un descenso sostenido. Según recuerda Manteca, diversos estudios sociológicos han constatado una caída significativa respecto a décadas anteriores, especialmente entre las mujeres jóvenes.
La experta señala que la situación encierra una paradoja. “La legalización del topless fue un triunfo del proceso feminista de liberación en los años 70, pero cuando algo provocador se naturaliza, pierde su fuerza reivindicadora”, explica. Sin embargo, advierte de que las libertades conquistadas nunca son irreversibles. “Bastará una crisis política, económica o religiosa para que nuestros derechos sean cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos”, afirma.
España continúa encabezando las estadísticas europeas, pero ya no con la distancia de antaño. Lo más relevante para los investigadores no es tanto el porcentaje total como el comportamiento generacional. Son las mujeres más jóvenes quienes están abandonando progresivamente una práctica que durante años fue habitual en las playas españolas.
De la rebeldía a la autoprotección
Para entender este cambio, Manteca invita a observar el contexto social en el que han crecido las nuevas generaciones. Si durante los años ochenta quitarse el bikini podía interpretarse como un acto de emancipación, hoy muchas jóvenes perciben la exposición corporal de una manera completamente distinta.
“Las nuevas generaciones priorizan su seguridad frente a la transgresión”, resume la politóloga. A su juicio, el declive del topless es el resultado de una combinación de factores políticos, sociales y culturales que han transformado la relación de las mujeres con el espacio público.
Las reivindicaciones feministas también han cambiado, y mientras que décadas atrás una de las grandes batallas giraba en torno a la libertad sexual y el control sobre el propio cuerpo, hoy buena parte de las demandas se centran en la erradicación de la violencia machista, el acoso o la cosificación sexual.
En ese contexto, explica Manteca, muchas jóvenes no interpretan el topless como un símbolo de empoderamiento. “Lejos de ver el topless como una práctica de empoderamiento y decisión sobre sus propios cuerpos, lo perciben como una acción que las hace más vulnerables frente a un entorno hostil con el cuerpo de las mujeres”, sostiene.

La presión de una imagen imposible
A diferencia de generaciones anteriores, las jóvenes actuales han crecido rodeadas de pantallas. Las comparaciones ya no se producen únicamente con las personas del entorno o con las modelos de una revista. Ahora llegan de manera constante a través de redes sociales capaces de mostrar miles de imágenes al día.
Manteca considera que este fenómeno ha transformado profundamente la percepción corporal femenina. “Antes las comparaciones se establecían con el entorno, las revistas o la televisión; hoy las jóvenes se enfrentan a la exposición de miles de imágenes editadas al día”, explica.
La consecuencia es una sensación permanente de insuficiencia. La experta habla de una “disonancia constante entre el cuerpo real y el retocado digitalmente” que alimenta inseguridades y problemas de autoestima. A ello se suma una poderosa industria estética que convierte el cuerpo en un proyecto de mejora continua. “Nos encontramos con mujeres extremadamente insatisfechas y vulnerables en cuanto a su autopercepción corporal, que no van a querer exponer sus cuerpos en una playa”, afirma.
La playa bajo vigilancia
Si existe un elemento que marca una diferencia radical respecto a los años noventa es la presencia constante de teléfonos móviles con cámaras de alta calidad. Lo que antes quedaba limitado al espacio físico de una playa hoy puede terminar circulando por internet en cuestión de minutos.
La posibilidad de ser fotografiada o grabada sin consentimiento aparece como una de las principales preocupaciones de las generaciones más jóvenes. Según Manteca, aunque los jóvenes comparten gran parte de su vida en redes sociales, son especialmente conscientes de los riesgos asociados a la pérdida de control sobre las imágenes. “Son más conscientes del alcance de las redes que generaciones anteriores y de que este material, captado en espacios públicos, se puede viralizar rápidamente”, señala.
El temor no es infundado. La experta recuerda que la empresa tecnológica española RepScan detectó centenares de páginas web que alojaban imágenes de mujeres en topless sin consentimiento en apenas unas horas de rastreo. Esta sensación de vigilancia permanente altera profundamente la relación con el propio cuerpo. “El cuerpo de las mujeres ya no es para vivir y disfrutar, sino que se ha convertido en un objeto expuesto al juicio social permanente”, advierte.
Una batalla que sigue abierta
La disminución del topless no implica necesariamente un retorno al conservadurismo. Al menos, no según la interpretación de Manteca. Aunque reconoce la creciente visibilidad de discursos tradicionales en redes sociales, considera que el fenómeno responde principalmente a una estrategia de autoprotección frente a un entorno percibido como más invasivo.
La politóloga recuerda además que la sexualización del cuerpo femenino sigue siendo muy distinta a la que experimentan los hombres. Mientras el torso masculino está completamente normalizado en espacios públicos, el pecho femenino continúa generando controversias, censuras y debates. Movimientos como #FreeTheNipple nacieron precisamente para cuestionar esa diferencia de trato y reivindicar que el cuerpo de las mujeres deje de ser interpretado automáticamente desde una perspectiva sexual.
Quizá por eso el descenso del topless encierra una contradicción difícil de ignorar. Una práctica que nació como símbolo de libertad parece estar desapareciendo no porque las mujeres hayan renunciado a ella, sino porque muchas consideran que el contexto actual les ofrece menos garantías para ejercerla. “Las mujeres jóvenes han dejado de hacer topless en una estrategia de autoprotección y autodefensa; y por desgracia, como siempre, a costa de sus libertades“, concluye Manteca.
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