Una niña cuenta que su padre abusa sexualmente de ella. Su madre pide ayuda. Hay profesionales que la han evaluado e informes que recogen indicios compatibles con lo que relata. Pero la sospecha termina recayendo sobre la mujer. ¿Habrá manipulado a su hija para que lo acuse?
La duda alcanza entonces a toda una cadena: la palabra de la niña, la denuncia de su madre y las valoraciones de quienes la han atendido. ¿Por qué la hipótesis de la manipulación materna puede llegar a pesar más que todos esos elementos? ¿Qué impide investigar los posibles abusos sin convertir a quien pide protección en sospechosa?
Las explicaciones que distintos expertos han ofrecido a Artículo14 permiten identificar varios mecanismos que se refuerzan entre sí. La dificultad para aceptar una realidad dolorosa, una imagen de la familia que no contempla el peligro dentro de casa y el prejuicio de la mujer mentirosa o vengativa. Cuando estas creencias condicionan la respuesta institucional, pueden determinar cómo se interpreta el relato infantil y hacia quién se dirige la sospecha.

Cuando el peligro está en casa
La psicóloga Noemí Álvarez Boyero, especializada en trauma y violencia sexual, habla de disociación social para explicar la resistencia a reconocer determinadas violencias. Podemos conocer su existencia y, aun así, mantenerlas fuera de nuestra forma de entender el mundo. “A veces es más sencillo pensar que no ocurre que afrontar que pasa”, explica.
El imaginario colectivo también influye. La agresión sexual sigue asociándose a un desconocido que ataca en un lugar oscuro. Reconocer que puede cometerla un padre contra su hija obliga a revisar una idea mucho más arraigada: la del hogar como lugar seguro. Álvarez Boyero señala que existe una resistencia mayor a aceptar esa posibilidad, incluso entre personas que deberían tener conocimientos sobre la materia.
En sus explicaciones sobre los abusos infantiles, la psicóloga advierte además de que esa dificultad no siempre consiste en desconocer los hechos. A veces se reconocen, pero después se minimizan o se consideran exagerados. El deseo de que algo no sea verdad puede entorpecer la capacidad de reconocerlo.
La sospecha recae sobre la madre
A esa resistencia se suma una explicación disponible y socialmente reconocible: la madre manipuladora. Miguel Lorente, médico forense y exdelegado del Gobierno contra la Violencia de Género, ha analizado cómo los estereotipos sobre mujeres malintencionadas, mentirosas o vengativas condicionan la percepción de quienes denuncian.
Lorente explica cómo una historia de violencia puede quedar desplazada por un juicio sobre la personalidad y las intenciones de la madre. Sus decisiones se interpretan como intentos de perjudicar al padre y su condición de víctima pierde relevancia. El prejuicio proporciona una explicación antes de que se examine el contexto.

La psiquiatra Lluïsa García Esteve vincula esa desconfianza con la dificultad para admitir la existencia de padres que abusan sexualmente de sus hijos. Señala que las madres que denuncian pueden terminar acusadas de inventar los hechos o influir en los menores. Reconocer la violencia implica cuestionar también la autoridad que se concede al padre y las instituciones que han preservado ese vínculo. “Cuesta sacar a la luz estas verdades porque obligan a cuestionar el sistema”, sostiene.
El prejuicio convertido en criterio judicial
El problema adquiere otra dimensión cuando esas interpretaciones entran en un procedimiento judicial. Lorente cuestiona que se aborden las separaciones como disputas neutrales entre progenitores sin investigar posibles antecedentes de maltrato. Si se borra ese contexto, el rechazo infantil puede atribuirse a una influencia materna sin examinar las experiencias del niño.
La magistrada Victoria Rosell advierte del salto entre reconocer que existen conflictos familiares y concluir que una madre ha implantado recuerdos falsos. En su análisis del falso síndrome de alienación parental, denuncia que se utilicen conceptos generales sobre las relaciones familiares para dar apariencia científica a una teoría desacreditada. Su aplicación refuerza la menor credibilidad concedida a mujeres y niños frente a los hombres.
La psicóloga Chelo Álvarez señala que esa lógica puede persistir bajo otras denominaciones. Cambiar la etiqueta no modifica el razonamiento si se sigue atribuyendo automáticamente a la madre la negativa del menor a relacionarse con el padre. “No todo rechazo es inducido. A veces expresa miedo, memoria corporal, trauma o necesidad de distancia”, explica.
Lo que la niña está intentando decir
García Esteve describe manifestaciones del sufrimiento infantil que pueden observarse aunque los pequeños tengan dificultades para explicarlo: ansiedad intensa, alteraciones del sueño, incontinencia o resistencia a acudir con el progenitor. Interpretarlas de entrada como resultado de una manipulación supone, advierte, desconocer cómo funciona el trauma.

Esas señales requieren una evaluación especializada que investigue su origen. Sin embargo, cuando la atención se concentra en demostrar una supuesta influencia materna, la experiencia infantil puede quedar relegada. La pregunta deja de ser qué le está ocurriendo a la niña y pasa a ser qué está haciendo su madre.
El coste de pedir protección
Chelo Álvarez también ha explicado las consecuencias para las mujeres obligadas a entregar a sus hijos a un progenitor al que han denunciado por maltrato o abusos. Describe culpa, miedo constante e impotencia ante una respuesta que cuestiona sus intentos de protegerlos. A ese desgaste puede sumarse la desconfianza del entorno, el aislamiento y el deterioro de su salud.
La petición de ayuda puede convertirse así en otro motivo de sospecha. Insistir, expresar angustia o mostrar rabia ante la desprotección corre el riesgo de interpretarse en contra de la madre, mientras la situación que originó esas reacciones permanece sin resolver.
La respuesta que propone Álvarez parte de una distinción esencial: “Creer no significa condenar sin pruebas, significa proteger sin daño mientras la justicia hace su trabajo”. Escuchar a la niña, investigar su relato y evaluar sus necesidades de protección exige dejar de utilizar los prejuicios sobre su madre como respuesta anticipada a lo que está contando.
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