‘A la cara’: haters de sí mismos

La primera vez que escuché el concepto de la “opción fundamental” fue en la universidad, asignatura de Ética, dónde si no. No recuerdo ni su contexto ni qué libros la interpelaban, pero yo la adopté para poder aterrizar lo que...

La primera vez que escuché el concepto de la “opción fundamental” fue en la universidad, asignatura de Ética, dónde si no. No recuerdo ni su contexto ni qué libros la interpelaban, pero yo la adopté para poder aterrizar lo que el cine ha supuesto en mi vida. Desde entonces, la parafraseo para entenderme a mí mismo: el cine es mi opción fundamental y con este sintagma me he hecho verbo.

Para Javier Marco, ingeniero de telecomunicaciones antes que fraile y director de A la cara, el cine es, más aún si cabe, su opción fundamental. Lo sé de buena tinta, créeme.

Desde que Marco decidió, en una enorme falla vital, dejarse llevar por el viaje de luz de esta opción, todo lo ha hecho guiado por ella: sus trabajos alimenticios como editor de teletienda –un lenguaje audiovisual tan útil, y no es vitriolo, para saber que a veces hay que esculpir el tiempo como unas sevillanas-, sus primeros cortos para muscularse y así llegar al homónimo multipremiado A la cara, ganador del Goya y bosquejo de este su segundo largo, pasando por su ópera prima, la intimista Josefina. Todo lo ha hecho con el respeto reverencial a su opción fundamental. Él es así y su obra se empapa de su manera de estar en el mundo. Y de mirarlo, con la misma calma y hondura que él transmite. Cine humanista que se sumerge en el centro de la herida.

Y el protagonista de esta película, Pedro, al igual que Javier y que muchos otros, también cree tener una opción fundamental. Pero mucho más zafia y esquinada. Nadie dijo que esta fuera virtud.

Este hombre, Pedro, sobre cuya ruindad pivota A la cara, mira sin ver la tele sentado en su sofá, mientras engulle un bocata y bebe cerveza en yonkilata. Dime, si te atreves, que tú nunca has hecho cosa semejante. Después de cenar se asobina en su ordenador y eructa en las redes sociales toda la negrura de la que es capaz, pero al otro lado del espejo. Quizá eso no lo hayas hecho nunca, aunque quizá tengas “un amigo” que sí. Otro como Pedro.

Así, a ras de tierra, arranca el filme, que toma como punto de partida aquel corto para sublimarlo (nunca estirarlo) y profundizar en la filosofía costumbrista donde no llegaba (por metraje). En un primer brochazo aparece la espuma rancia del universo virtual que nos hemos empeñado en construir para destrozarnos, un trampantojo digital representado en un tipo prosaico, que vive una vida prosaica, que come un bocata prosaico y bebe una yonkilata prosaica…y que después se dedica a vomitar vilezas contra una famosa de la tele.

Hasta que el cañón del hater se gira y le apunta “a la cara” y se presenta en su casa la víctima de su aquelarre virtual, Lina (Sonia Almarcha), la exitosa y voraz estrella de la televisión, herida de muerte espiritualmente y que encuentra refugio, huyendo de sus otros colegas depredadores, en la morada de su enemigo íntimo, que es tan torpe de renunciar a la esencia de todo odiador, el anonimato, por motivos económicos. Dos almas sangrantes con la única diferencia, “de que yo soy famosa y tú no”.

Y ese primer punto de giro, la inesperada visita que conlleva el estupor, la vergüenza, la humillación, el arrepentimiento de Pedro y que quizá en el guion pueda parecer teatral y forzado para sostener el andamiaje narrativo, en la película resulta sorprendentemente orgánico y no te expulsa de la historia, como sucede demasiadas veces. Y esto es mérito de la puesta en escena y de la verdad cinematográfica de Marco, su opción, corporeizada por los espléndidos Sonia Almarcha y Manolo Solo, probablemente el actor más en forma de nuestro país.

El vacío, la futilidad y la estulticia del ecosistema digital que vivimos, esa alienación que ningún Orwell vio venir, la verbaliza Pedro, quien, estupefacto ante la aparición del objeto de su odio, justifica su abominable escrito con un “si no pongo algo así, fuerte, no me leen”, resumiendo en pocas palabras el estado de las cosas de un mundo empeñado en subirse otra vez al árbol.

Marco y Belén Sánchez-Arévalo, coguionista y apéndice vital del director, pronto detectaron esta plaga, tal como me cuentan, demonio de la inanidad y la bajaron al libreto emparentándola con otra plaga, la de cotorras que invaden el chalé donde ¿vive? Pedro, un Juan Nadie con wifi.

Pero el gran acierto de A la cara, está en su segunda capa, la inteligente decisión de guion de no dejarse llevar por la tempestividad del momento para hacer un cine de tesis, o discursivo. Es un grito que a este cineasta no le interesa, todo en él es un susurro: toma ese comportamiento tan común y asumible por todos como excusa para bordearlo y así explorar los complejos mecanismos de la aflicción humana, que ahora se llaman haters, pero que han sido uno y lo mismo toda la vida: proyectar nuestras abyecciones sobre los semejantes, bien sea a través un tuit -o como se llame ahora-, bien sea a negros garrotazos entre congéneres.

A partir de ahí, la película abandona el relato coyuntural y el discurso vuela libre para explorar asuntos trascendentes como el egoísmo, la culpa, la redención, la paternidad o la vampirización de la fama en un ejercicio en ocasiones metalingüístico: ahora es Pedro quien sufre la ira de los lapidadores sin nombre. Reveladora secuencia, tal vez la mejor de A la cara, en la que ambos intercambian sus roles en forma de entrevista ficcionada y que dialoga con la gran mentira que escupe el televisor. Y en un último doble acierto, de postura fímica y formal, Javier Marco, para bien y para mal todo-creador de este complejísimo artefacto (coguionista, director y montador) coloca una cámara austera, severa a veces, e incluso simétrica en su narración para dejar que los grandes temas afloren por sí mismos, duros, descarnados, sin maquillaje, como los terribles close-up de Pedro, hasta llegar al espléndido final, en el que entra tímidamente la luz, preciosa metáfora humanista entre padre e hija, el valor del vínculo como un arma más poderosa que cualquier degradación humana.

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