La habitación propia

Así cancelamos el amor a golpe de swipe

En 'La Venus del smartphone', la periodista Marita Alonso disecciona a través de un ensayo y con un toque de humor, cómo las aplicaciones de citas han reprogramado nuestros deseos

El libro 'La Venus del smartphone', de la periodista Marita Alonso
El libro 'La Venus del smartphone', de la periodista Marita Alonso
Montaje: kiloycuarto

Una chica llega a casa, se descalza en el pasillo y aterriza en el sofá para iniciar su ritual; abre una aplicación de citas y empieza a deslizar perfiles con la misma naturalidad con la que elegiría una serie en una plataforma de streaming o pediría sushi, sin moverse del sofá. Derecha, izquierda, derecha, derecha, izquierda. El dedo decide en segundos algo que, en teoría, debería pensar un poco más. Ahí arranca La Venus del smartphone (Carpe Noctem, 2025), el ensayo en el que Marita Alonso se propone entender por qué buscamos pareja aplicando la misma lógica con la que compramos ropa online.

Y es que las aplicaciones de citas prometen posibilidades infinitas, algo que puede presentarse como un verdadero aliciente, sin embargo, el problema es que convierten a las personas en fichas de producto; una foto, una altura, una profesión y tres frases ingeniosas sustituyen a las semanas de conocimiento mutuo que exigiría cualquier vínculo real. Alonso explica en su libro que nos hemos acostumbrado a comparar, descartar y pasar al siguiente perfil como quien hojea un escaparate y, más allá de lo materialista que pueda parecer, se plantea el hecho de que el deseo, sometido a esa lógica de consumo rápido, empieza a comportarse como cualquier otro producto.

Cuando tener demasiadas opciones nos deja sin ninguna

Ya lo mencionaba Platón en El banquete: el deseo necesita cierta escasez para encenderse. Alonso recupera esa idea milenaria y la cruza con la paradoja de la elección de Barry Schwartz, que explica por qué cuantas más opciones tenemos, más nos bloqueamos a la hora de decidir. En sus propias palabras, esta abundancia “nos conduce a la paradoja de la elección” y nos empuja hacia la pérdida ambigua, esa sensación de que aunque alguien esté presente, en realidad sigue estando ausente porque siempre imaginamos que puede haber alguien mejor en el siguiente perfil, como cuando se busca un vestido para una boda, se deja en la cesta, pero se sigue mirando qué más opciones hay en esa tienda, por si al final, en lugar del rojo, encaja más el azul. El resultado son conversaciones que se apagan a los tres días y matches que se acumulan como notificaciones que nadie abre.

Ese runrún mental tiene nombre técnico: el coste de oportunidad. Cada match es, en realidad, una renuncia disfrazada de oportunidad; elegir hablar con una persona implica, automáticamente, no hablar con las quince que esperan detrás en la cola infinita del perfil siguiente. Y ese cálculo, que nuestro cerebro no está preparado para hacer conscientemente decenas de veces al día, termina generando un cansancio que muchas confunden con desinterés cuando en realidad es puro agotamiento ante la toma de la decisión.

Ocurre que esta sobreabundancia no solo bloquea la elección, sino que devalúa lo elegido. Cuando una sabe que puede sustituir a alguien con un simple gesto del pulgar, el vínculo que empieza a construir carga desde el primer minuto con una fragilidad que antes no existía; no es lo mismo invertir tiempo en conocer a alguien cuando esa persona es, dentro de tu círculo vital, una posibilidad entre pocas, que hacerlo sabiendo que existen miles de alternativas tan solo a un clic. Alonso apunta que esta lógica convierte cada conversación en un compromiso provisional, sostenido más por la inercia que por la convicción, y ahí es donde aparece uno de los grandes hallazgos del ensayo: no es que hayamos dejado de querer comprometernos, como se dice mucho en la actualidad, es que el propio diseño de las aplicaciones nos entrena para posponer indefinidamente ese compromiso mientras seguimos comprobando el escaparate. La clave de las aplicaciones es que sigas estando ahí, cuando realmente las personas que entran en esas aplicaciones lo hacen queriendo salir, a ser posible, acompañadas.

El cuerpo convertido en mercancía escópica

Alonso habla de una McSexualización que nos lleva a consumir a las personas como si fueran comida rápida, y se apoya en Eva Illouz y su idea del capitalismo escópico, un mecanismo que convierte la sexualidad en espectáculo y las fotos de perfil en cuerpos evaluados y consumidos a través de la mirada. No hace falta ser demasiado observadora para reconocer el patrón; basta con recordar cuántas veces hemos elegido o descartado a alguien únicamente por una imagen mal iluminada.

Illouz lleva años señalando que el capitalismo tardío convirtió el deseo sexual en una forma más de consumo visual, y en las aplicaciones de citas el cuerpo deja de pertenecer del todo a quien lo habita y pasa a funcionar como un producto expuesto, fotografiado, editado con el filtro adecuado y sometido a un veredicto instantáneo que rara vez tiene en cuenta nada que no sea visible en la primera imagen. La autora profundiza en esta idea señalando que las propias plataformas incentivan la exhibición mediante mecánicas casi idénticas a las de una tienda online: ranking de perfiles según interacción, sugerencias de fotos “más efectivas”, incluso recomendaciones sobre qué ángulo genera más matches.

Este mercado escópico, además, no reparte sus exigencias por igual. Las mujeres suelen recibir un escrutinio estético mucho más severo que los hombres, algo que Alonso documenta con cifras y testimonios que dejan poco margen para la duda; el cuerpo femenino, una vez más, se convierte en materia de evaluación pública, sometido a criterios que van desde el peso hasta la edad, pasando por el tono de piel o el tipo de sonrisa que resulta “más aprobable” para el algoritmo colectivo del deseo ajeno.

Y aquí entra la cuestión más perversa; cuantas más veces una es evaluada de este modo, más internaliza esa mirada externa como propia, hasta el punto de fotografiarse a una misma pensando en cómo será consumida antes que en cómo se siente al mirarse.

Lo más inquietante del planteamiento de Alonso es que este proceso no se limita a las citas. La lógica del cuerpo como mercancía escópica se filtra también hacia las redes sociales, hacia la publicidad, hacia la manera en que muchas mujeres construyen su identidad digital entera; las apps de citas simplemente concentran y aceleran un fenómeno que ya llevaba tiempo gestándose en otros rincones de internet. Lo que hacen es ponerle nombre, cronómetro y algoritmo a la idea de que, en algún momento del día, alguien está decidiendo si merecemos existir en su pantalla durante más de dos segundos.

Emily RatajkowskiInstagram @emrata

El amor que ningún algoritmo habría elegido

Si hay un fenómeno que resume el lado más cruel de las apps, es el ghosting; la desaparición repentina sin explicación, sin cierre, sin la posibilidad siquiera de discutir. Alonso lo define como puro egoísmo, y tiene razón: deja a la otra persona anclada en la intriga, con la herida abierta y sin ningún relato al que agarrarse. Nos hemos habituado a huir de la confrontación en pantalla porque ya no sabemos gestionar un rechazo cara a cara, y eso, más que una anécdota de mala suerte en las citas, es sintomático de una generación entera perdiendo habilidades sociales básicas.

Para rematar, el libro plantea una cuestión muy interesante: probablemente muchas de las personas de las que nos hemos enamorado en la vida real jamás habrían pasado el filtro de una aplicación. Alonso cita a Helen Fisher para rematar la reflexión, “el único algoritmo real es tu cerebro”, con la intención de desmontar toda la parafernalia que sostiene a estas plataformas.

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