Este es probablemente el artículo que más me va a costar escribir, pero no porque el asunto no tenga chicha, ni mucho menos, sino porque me ha obligado a tragarme un libro que jamás pensé que tuviera que leer. El Mein Kampf de Adolf Hitler. La nobleza obliga; más bien, el periodismo obliga.
Así que, bajo el sol abrasador en este agujero de La Mancha, me calcé la gabardina, solapas hasta arriba, sombrero de Panamá y unas gafas de sol bien grandes, y ahí que acudí a la Casa del Libro más cercana a la mía. No lo tenían, claro, y como lo que no me gusta me quema, lo busqué en la web. Mi mujer me ofreció su Kindle, pero no quise manchárselo. Así que, al final, lo descargué (valga la redundancia) y me lo he leído en el iMac.
Lo primero que tengo que decir es que, aunque semejante producto se presta a ello, me parece poquísimo tiempo para aplicar la fórmula de letras puras “comedia es igual a tragedia más tiempo”. Aún no ha pasado lo suficiente como para pasarle el lomo a la mayor aflicción de la historia reciente.
¿Y a qué viene este ejercicio de autolesión? Durante todo 2025 y 2026, y precisamente en estos días de julio, se ¿celebra? el centenario de la publicación de este ¿libro? Lo segundo que tengo que decir es que Mein Kampf, y únicamente desde el punto de vista narrativo, es malísimo, horrible, similar a aquellos panfletos potocomunistas que escribieron los filósofos para decir a los demás cómo tienen que comportarse: simplón, infantil, reduccionista y cargado del veneno de la conciencia de clase. De entre las incontables barbaridades que el tal Adolf pone sobre blanco, destaca la puerilidad de su estilo, su resquemor social y su aversión-a-todo: en las primeras treinta páginas consolida con argumentos del Speaker’s Corner en versión Deep Web su odio a Austria y a sus ciudadanos, a la socialdemocracia, a los judíos, así en general, y a los parlamentarismos occidentales. Todo ello trufado con frases que ni ChatGPT se atrevería a escribir como “el arado se convertirá entonces en espada y de las lágrimas de la guerra brotará para la posteridad el pan cotidiano” o, en plan egotrip intimista, “mi talento para el dibujo se hallaba fuera de toda duda” (añado que no para la literatura). Imagínate lo fuerte que sonará escrito en alemán. Miserable todo Mein Kampf de principio a fin. Si no fuera porque es el manifiesto firmado por el diablo, todo él sería una enorme broma.

Menos mal que aquí no hemos venido a “hablar de mi libro”.
Lo que tiene que hacer uno por amor al cine.
Y ya te imaginarás que lo que quiero escribir es sobre la representación de Hitler en la historia del cine, más bien sobre la representación que yo quiero darle, puesto que necesitaría todas las secciones de Artículo 14 durante varias semanas para desarrollar y hacer una antología de las películas en las que ha aparecido de una manera u otra el gran monstruo de Occidente. Seguramente, junto con Jesucristo, Hitler ha sido la personalidad histórica más representada en el cine. Justicia poética: la mayor distancia que puede haber entre dos seres humanos es la más reflejada en el séptimo arte.
Y elijo cuatro perfiles de Hitler, que representan, digamos, cuatro estados mentales. Y estoy seguro de que tú puedes añadir unos cuantos más. Si me lo permites, voy a dejar a un lado la abominable obra maestra El triunfo de la voluntad, de la nazi Leni Riefenstahl: ya escribí sobre ella por aquí hace un tiempo.
El primero, y quizás el más importante, es el Hitler satírico, que atemoriza no solamente por su parecido físico con Charlot, sino por su propia coyuntura. El gran dictador, la opus magna de Charles Chaplin, que en mi casa los cinco hermanos veíamos una y otra vez tirados en la moqueta, es aterradora porque es coetánea con el engendro. Chaplin comenzó a rodarla el 9 de septiembre de 1939, tan solo una semana después de que estallara la Segunda Guerra Mundial, provocada, entre otras cosas, por la invasión de Polonia por parte de Alemania, o como lo adelanta la pluma de Hitler en Mein Kampf, “la adquisición (sic) de nuevos territorios colonizables, para el excedente de nuestra población, ofrece infinidad de ventajas, ante todo si se tiene en cuenta el porvenir y no el presente”. Mientras ves El gran dictador, se te instala una mueca entre el pavor y la risa, aunque se trate de una crítica acerada sobre las dictaduras y un claro metalenguaje de Chaplin con su propio cine y su sociedad.

El segundo Hitler es el más naturalista, también el más orgánico, por su representación cuasi documental por parte del gran Bruno Ganz. Hablo de El hundimiento, donde el actor suizo llevó a los límites de su oficio la línea entre la interpretación y la locura. En la secuencia capital de la película, en la que el líder colapsa dentro del búnker, babea y niega el principio de realidad, se rompe la cuarta pared y consigue que el espectador note el aliento pútrido del perro rabioso. Imposible salir indemne de ella.
El tercer Hitler, al que todos hubiéramos querido ver ametrallado como un colador mientras el Tercer Reich se quema, es mi favorito, un momento de ardiente catarsis por la querencia del gran demiurgo Quentin Tarantino por recrear a su antojo audiovisual y sin escatimar detalles sus sueños húmedos. Y si para eso hay que cambiar la historia, y terminar con el nazismo en un cine utilizando el sagrado celuloide como combustible para convertir los trofeos de caza de Aldo Raine en ceniza, pues se hace. Cada vez que veo esta secuencia de Malditos bastardos, llena de metáfora, sangre y vida al mismo tiempo, se me saltan las lágrimas: llámame sádico, me da igual, pero me divierte y conmueve tanto que pienso ponérsela a mis nietos en Navidad en lugar de la cursi ¡Qué bello es vivir!
Y el cuarto Hitler, puede que el más tenebroso, ya que se alude a él y no aparece en toda la narración, es el alma negra de esa obra capital que el último cine nos ha regalado: La zona de interés, una película que no me preguntes por qué no ganó todos los premios de hace un par de años. Su visionado pone los pelos de punta por la postura fílmica de su director de mostrar el legado “invisible” de Hitler, desde el fuera de campo y transmutado en quienes inoculó el nefasto veneno de Mein Kampf: el asqueroso gerifalte nazi del que dan arcadas nada más verlo, su mujer, una vengativa paleta inhumana que se prueba un abrigo de visón en la secuencia más perturbadora de todo el filme, o esa casa racionalista adosada al campo de concentración y envuelta en el murmullo de los hornos crematorios. Ese muro de sonido, esas cenizas que cubren las flores de un jardín burgués, la banalización del mal: todo eso es Adolf Hitler.
P. D. Y para no acabar de manera tristona y con un nudo en la garganta, no hay quinto malo, voy a poner como postdata al Hitler más obtuso del mejor Indiana, el de La última cruzada. Aquí el monstruo hace un brillante cameo que pudo haber cambiado aún más el curso de la historia, pero su ego de tarado mental confunde el diario del Santo Grial con un simple cuaderno de autógrafos. Spielberg, en dos pinceladas magistrales, nos arroja luz sobre la Historia y nos presenta a Hitler como lo que realmente fue, o, como dicen por los pueblos manchegos, “tonto, tonto, mierda, mierda”.

