Cinco voces frente a la fe: “Cuando se deja de creer en Dios, se cree en otros ídolos”

Tras el visionado de Converso, el director David Arratibel dialogó con Fabrice Hadjadj, Maider M. Errasti, Lluís Homar y el filósofo Ernesto Castro sobre la fe, la familia y las distancias que la conversión abre —y cierra— con los demás

Mesa de conversos en el Observatorio de lo Invisible, con Fabrice Hadjadj, Maider M. Errasti, David Arratibel, Ernesto Castro y Lluís Homar
Mesa de conversos en el Observatorio de lo Invisible, con Fabrice Hadjadj, Maider M. Errasti, David Arratibel, Ernesto Castro y Lluís Homar
Lupe de la Vallina

Es difícil imaginar un tema más apropiado para una escuela llamada Observatorio de lo Invisible que la conversión: ese vuelco interior que no se ve, que rara vez se explica bien y que casi siempre transforma, sin remedio, la relación con quienes nos rodean. En su segunda velada, la sexta edición del Observatorio —organizado por la Fundación Vía del Arte en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial— proyectó Converso, el documental en el que el cineasta navarro David Arratibel filma, desde su propia perplejidad agnóstica, la conversión al catolicismo de casi toda su familia. Al visionado siguió un coloquio, moderado por el propio Arratibel, con cuatro creyentes que han hecho ese mismo camino: el filósofo Fabrice Hadjadj, profesor del taller de escritura; la comisaria Maider M. Errasti, del taller de curaduría; el actor y director Lluís Homar, del taller de teatro, y un invitado externo, el filósofo Ernesto Castro, recién bautizado y autor de una carta abierta escrita antes de la visita de León XIV a España. Lo que empezó como una ronda de testimonios acabó siendo una conversación incómoda, luminosa y a ratos divertidísima sobre qué le hace la fe a los vínculos humanos.

Lluís Homar abrió con la frase más rotunda de la noche: “Mi conversión supuso una vuelta a casa”. Pero enseguida quedó claro que esa vuelta no significaba lo mismo para todos los sentados en el estrado. De los ocho hermanos que son, Homar recibió una educación católica plena —fue monaguillo, cumplía todos los sacramentos— hasta que a los quince años encontró en el “yo no creo” su forma de significarse. “Tenía un grado importante de rebeldía, y eso hizo mi identidad”, reconoció. Hoy tiene un hermano sacerdote misionero en Cuba desde hace veinte años, tres hermanos practicantes y otros cinco que no lo son. Él era del bando de los que no, y es el único que ha hecho el camino inverso, hacia el sí. Hace un año se casó por la Iglesia y acudieron todos. De ahí su conclusión, ofrecida casi como un deseo: “Quiero pensar que es posible una armonía que satisfaga a la vez a las partes”.

Frente a esa idea del regreso, Fabrice Hadjadj puso enseguida una objeción que marcaría el tono del coloquio. Nacido en una familia judía “bastante atea”, que celebraba las fiestas más por pertenencia que por piedad, Hadjadj no vive su conversión como un retorno, sino como una ruptura. “No ha sido para mí una vuelta a casa, porque abandoné la casa judía de mis padres, y para ellos ha sido como una traición”. Su definición de lo que significa convertirse es de las que no consuelan: “La conversión es seguir a Cristo, y eso es una intensificación del drama de la vida. Más alegría y más angustia. Más manos abiertas y más clavos en las manos. No es un camino de rosas ni de bienestar: es un camino de luz y de cruz”.

Velada del Observatorio de lo Invisible
Velada del Observatorio de lo Invisible
Lupe de la Vallina

Una película sobre una tribu que cambió de código

David Arratibel explicó por qué convirtió su experiencia en cine. “Hice esta película porque mi tribu cambió de código, y además con gran exaltación. Se convirtieron todos”. La pregunta que le movió no era teológica, sino íntima: qué le ocurre a una relación cuando la conversión atraviesa a una familia. “Amo a mi familia, pero hay algo que me separa de ella desde que ellos se han convertido”, confesó. Rodó Converso, subrayó, “desde el amor y desde el querer entender”, sin discurso que oponer ni nada que objetar. Solo con dudas honestas sobre la disparidad de los procesos que veía a su alrededor: una hermana defraudada por la vida, una madre que había fracasado con el proyecto político de los años sesenta, personas a las que la existencia había ido desengañando y que hallaban consuelo en la fe. “La única pega era mi hermana pequeña”, admitió. “Era demasiado pronto para que la vida la hubiera defraudado”.

Maider M. Errasti aportó el testimonio más sereno y, a la vez, el más revelador sobre el precio social de creer. En su caso, dijo, no ha sentido que a su alrededor se moviera gran cosa: “Pero sí sé que algunas puertas se me han cerrado”. Y precisó dónde: “Cuando uno no esconde su conversión, y más en el País Vasco, se cierran puertas en el mundo académico, profesional, en el mundo del arte”. Errasti procede de una familia de “católicos culturales, nacionalistas vascos”, que perdieron la práctica religiosa en el fenómeno posconciliar, arrastrados, según ella, por “una teología secular progresista que está por encima de la religión”. Su propia conversión, en cambio, fue discreta y casi antropológica. Recién mudada a Mallorca, viviendo sola, entró un día en misa “con actitud cínica” y se sentó en el último banco a observar: “¿Qué hace esta gente aquí? ¿Qué les mueve por dentro? ¿Lloran, tienen problemas gordos?”. No fue una experiencia emocional ni espiritual, insiste; simplemente empezó a estar a gusto y a volver. La conversión espiritual más honda llegó después, cuando pidió el sacramento de la confirmación y quiso, por fin, entender lo que hacía.

“El verdadero tema no son los conversos, sino los santos”

Fue entonces cuando Hadjadj introdujo el giro más filoso de la velada: “Hay algo que me molesta de esta conversación. La conversión parece un punto de llegada, pero es un punto de partida. Tenemos la visión de un relato, de una success story. Y el verdadero tema no es el de los conversos, sino el de los santos”. Para él, hablar públicamente de la propia fe entraña una paradoja: lo esencial —la relación con Cristo— es un secreto que se le escapa incluso a quien lo vive. “El drama no viene de la persecución, viene del amor: porque lo que más amo es aquello a lo que más expuesto estoy”. Y devolvió el mérito a la película de Arratibel: en Converso, dijo, se ve “el acontecimiento de una familia que se habla, que conversa, que llega a una comunión sobre las cosas más importantes; y esa conversación, a menudo, no se da ni en las familias católicas”.

Fabrice Hadjadj, Maider M. Errasti y David Arratibel
Fabrice Hadjadj, Maider M. Errasti y David Arratibel
Lupe de la Vallina

Ernesto Castro, el más recién llegado a la fe —”me acabo de bautizar”—, aportó el contrapunto intelectual y buena parte del humor. De familia enteramente atea salvo una abuela de 94 años, planteó su conversión como una cuestión sobre el pluralismo de las sociedades contemporáneas y sobre lo que llamó “una apostasía suave” que hace mella bajo apariencia de libertad de creencia. Su tesis: “Nadie puede vivir sin creencias, y cuando se deja de creer en Dios se cree en otros ídolos”. Confesó, con sorna, cierta decepción ante la placidez de su estreno como creyente: “Pese a las expectativas de persecución y hostigamiento, la experiencia ha sido muy suave. Estoy esperando los estigmas. ¿Qué he hecho mal para que no me persigan?”. Y lanzó una de las frases que más risas arrancó: los conversos, dijo, corren el riesgo de convertirse “en los trans de los católicos”, una identidad que se exhibe y a la que una y otra vez se invita a dar testimonio. Guardó para el final el regalo que le hizo su madre atea: “Me dijo que, al no bautizarme, me había hecho el mejor regalo, porque ahora yo puedo decir que sí plenamente”.

El amor a los enemigos y la “buena distancia”

El coloquio encontró su centro filosófico en una palabra: distancia. Hadjadj rechazó de plano toda nostalgia reaccionaria —”no tenemos que añorar la Edad Media ni el nacionalcatolicismo”— y reivindicó el presente como el lugar exacto de la fe: “La fe en Dios es la fe en el Señor de la historia; por eso esta es la mejor plaza para mí, aquí y ahora”. Desde ahí reformuló la separación entre creyentes y no creyentes no como una herida, sino como una posibilidad: “Siempre se da a la distancia un sentido negativo, pero la distancia es la posibilidad de encontrarme con el otro como otro, de reconocer su alteridad. Hay una buena distancia”. Y situó ese matiz en el corazón del mensaje de León XIV contra la polarización: reconocer al que niega la fe como hermano —”el pecador, incluso el negador, es mi hermano”— sin borrar por ello la verdad de una diferencia.

Arratibel aterrizó la idea con una imagen tomada del cine reciente. La distancia, dijo, “cuando es horizontal, no molesta”. Lo que hiere es la condescendencia: “El ‘rezaré por ti’ nos hunde porque nos parece que no es horizontal”. Y contrapuso ese gesto con otro de su propia familia: “Mi hermana me regala una Biblia, y eso no me parece condescendiente: ella quiere que yo llegue a un lugar porque, si no, estoy incompleto”.

La discusión sobre el “rezaré por ti” —esa frase que, según desde dónde se diga y cómo se reciba, es un acto de amor o un latigazo de superioridad— recorrió buena parte de la segunda mitad de la velada, alimentada por las preguntas del público. Maider Errasti lo llevó a un terreno de autocrítica poco habitual entre conversos: “Todo punto de vista tiene un punto ciego. El único que lo ve todo es el Señor”. Y admitió haber ocupado antes el otro asiento: “He estado sentada en esa silla de superioridad moral. Hablamos poco los conversos de cuando juzgábamos nosotros a los creyentes”. Ernesto Castro apuntó, afilado, dónde estaba para él el verdadero escándalo: “Lo lamentable no es decir que van a rezar por ti; lo lamentable es que muy pocos de los que lo dijeron lo hicieron. Si sacas la pistola, es para dispararla”. Y diagnosticó un mal de época —”hablamos sin darnos cuenta de lo que decimos”— extensible tanto a los clichés de la sociabilidad como a la oración recitada de manera mecánica.

Fotograma de la película 'Converso', de David Arratibel
Fotograma de la película ‘Converso’, de David Arratibel

La comunión que no anula la diferencia

Si algo evitó la velada fue el cierre triunfalista. Preguntado por si esperaba la conversión de Arratibel, Hadjadj respondió con una delicadeza que desactivaba cualquier proselitismo: “Cristo no nos ha mandado convertir a nadie como quien maneja un mecanismo o un poder. La conversión es el secreto de Dios. A nosotros se nos ha encomendado anunciar, bautizar, curar; pero anunciar”. Y devolvió la pelota al cineasta con una imagen memorable: “Estoy esperando el evangelio según David. Porque Dios sigue actuando e inventando un nuevo evangelio con cada uno”. Confió el resto al “Señor de la historia”, esa providencia que, dijo, “va desenrollando la alfombra bajo los pies de cada uno”. La distancia que hoy los separa a él y a Arratibel no es un fracaso, sino, como había dicho antes, la condición misma para conocerse.

Arratibel remató con la anécdota que mejor resume la extrañeza de su posición: la de un director agnóstico que ha hecho una película sobre tres conversos, aplaudida en festivales llenos de ateos y, a la vez, abrazada por la Iglesia. Recordó, entre risas, cómo un crítico ligado al ámbito eclesial le confesó sin rodeos que un documental así era “lo mejor que les podía pasar”, un “externo amigable” capaz de llevar el mensaje a millones. Su respuesta fue tan honesta como su película: “Yo he hecho la película que iba a hacer. Si me hubieras pedido cambiar una coma antes del último plano, te habría mandado a paseo”. Su hermana, apostilló, sostiene que Converso “es obra del Espíritu Santo”: “Y, así, me quita todo el mérito”.

Quedaron muchas preguntas del público sin responder —el Observatorio es también eso: conversaciones que se prolongan en los pasillos, en las comidas, hasta la madrugada—. Pero la velada ya había dejado su hallazgo, más incómodo y más fértil que cualquier testimonio edificante: que la conversión no clausura las preguntas, las multiplica; que no borra las distancias, las convierte en el lugar donde de verdad podemos encontrarnos con el otro. En una escuela dedicada a mirar lo que no se ve, pocas lecciones podían ser más pertinentes.

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