La primera noche de una residencia de doce conciertos tenía todos los ingredientes para ser excesiva, y Shakira no parece interesada en hacer nada a medias. Tampoco las promotoras. Antes de que la colombiana aparezca sobre el escenario, el acceso al recinto ya anticipa una de las paradojas de la noche: cuanto más ambicioso pretende ser el acontecimiento, más difícil resulta a veces disfrutarlo como tal. Colas, confusión y una logística todavía necesitada de rodaje preceden a un espectáculo igualmente acumulativo, concebido como parque temático, concierto, musical, videojuego, sesión de autoayuda y celebración de una estrella que lleva más de tres décadas sobreviviendo a sus propias metamorfosis.
En los visuales de apertura, una Shakira digital atraviesa las dunas del desierto mientras resuena el grito gutural de Waka Waka. La artista aparece después vestida de rosa y cubierta de brillo, secundada por una comitiva que parece mezclar bailarines, niños y madres. La multitud levanta los teléfonos como quien presencia una aparición mariana. Shakira se quita las gafas y Madrid grita.
El problema es que, durante demasiado tiempo, la mejor manera de verla es precisamente a través de esas pantallas.
No es una cuestión de purismo. Servidor no pertenece a esa escuela que exige voces desnudas, guitarra y focos blancos para considerar que ha asistido a un concierto “de verdad”. El artificio es maravilloso cuando sirve a la música. Pero aquí llega a eclipsarla. A cierta distancia, Shakira se convierte muchas veces en una figura diminuta debajo de enormes construcciones audiovisuales y el espectáculo parece concebido menos para contemplar un cuerpo real sobre el escenario que para consumir su retransmisión gigantesca en tiempo real.

Quizá ahí esté una de las grandes mutaciones del macroconcierto contemporáneo: ya no se va necesariamente a ver al artista, sino a estar presente en el lugar donde una pantalla demuestra que el artista está allí. Viendo esto, se entiende mejor por qué para tantas personas asistir a The Eras Tour de Taylor Swift en un cine podía constituir un acontecimiento perfectamente legítimo.
El público, entretanto, está entregado. Las pulseras luminosas colorean las gradas y estas llegan a temblar literalmente bajo los pies. Suena GIRL LIKE ME y Shakira despliega una coreografía robótica. También llegan Las de la intuición y Estoy aquí, dos de las mejores canciones de su repertorio y, por desgracia, despachadas dentro de un medley demasiado breve. Que una artista con semejante colección de éxitos tenga que sacrificar temas es inevitable; que precisamente estos apenas tengan espacio en un espectáculo tan largo resulta bastante más doloroso.
Shakira habla en inglés para agradecer la presencia de seguidores llegados desde distintos puntos de Europa y reconoce su sorpresa ante todo lo ocurrido desde la última vez que actuó aquí. “Con qué cara fuiste y con qué cara volviste”, cuenta que le dijeron cuando regresó de España, después de una etapa marcada por la ruptura, sus problemas con Hacienda y una transformación vital que terminaría atravesando también su música.
En uno de los mejores momentos de la primera mitad, la producción se retira lo suficiente como para dejar aparecer otra Shakira: la guitarrista, la rockera, la que todavía conserva algo de Alanis Morissette dentro. Un violinista y una guitarra acústica bastan para recordar que debajo de todas las capas digitales sigue existiendo una música capaz de sostener por sí sola el escenario.

No dura demasiado. Llegan robots, lanzachispas y una escenografía de caramelo casi Katy Perry. En un momento, Shakira pone música en un gramófono y comienza a bailar con un autómata, que acaba cortocircuitando. En otro, el decorado parece desplazarse hacia algún lugar próximo a Wicked. Hay pole dance, coreografías sexys, criaturas fantásticas y una acumulación estética que quiere significarlo todo a la vez.
Y entonces aparece el otro eje conceptual del espectáculo: el empoderamiento.
“Nosotras cada vez que nos caemos nos levantamos un poquito más sabias, un poquito más fuertes, un poquito más resilientes”, proclama Shakira. “Las mujeres solas somos vulnerables, pero juntas somos invencibles”.
A mi lado está Carla, la fan holandesa que conocí unas horas antes a las puertas del estadio. Vivió en Ecuador y una vez intentó ver allí a Shakira, pero no pudo porque no encontró quién cuidase de sus hijos. Ahora por fin la tiene delante. Me explica qué encontró en Las mujeres ya no lloran: “Todas las canciones de ella hasta ahora han sido románticas, de llorar, y yo creo que cuando somos ya adultas, las mujeres estamos hartas de llorar. Yo creo que mucha gente está aquí por eso”.

Es difícil discutir con la emoción de alguien para quien estas canciones han acompañado un proceso personal casi paralelo al de la propia cantante. Otra cosa es que todos los lemas de emancipación del espectáculo resulten igual de convincentes fuera de esa experiencia individual. Hay momentos en los que el discurso corre el riesgo de reducir una historia sentimental compleja a consignas demasiado fáciles. El empoderamiento de Shakira funciona mejor cuando se convierte en canción que cuando se transforma en eslogan.
Por fortuna, la música empieza a reclamar de nuevo el protagonismo.
Un pasaje reggae desemboca en Can’t Remember to Forget You, que adquiere ahora un significado curioso dentro de una carrera obsesionada durante los últimos años precisamente con recordar. Shakira termina el número sentada a la batería mientras los visuales evocan inevitablemente a Rihanna. Más tarde, la loba aparece sola, protegiendo a sus dos cachorros de la intemperie. La metáfora no se caracteriza precisamente por su sutileza.
Sus hijos aparecen también en pantalla durante una de las canciones, grabados con un filtro que parece llegado directamente de 2005. Hay cierta expectación ante la posibilidad de que salgan realmente a cantar con ella, como ha ocurrido en alguna otra fecha, pero no sucede.

Y entonces el concierto cambia.
La bicicleta enlaza con La tortura, y por primera vez en bastante tiempo uno siente que el espectáculo deja de intentar demostrar algo para simplemente recordar por qué Shakira acumuló tantas canciones extraordinarias. El acordeonista ocupa el lugar que, en una fantasía madrileña perfecta, habría pertenecido a Alejandro Sanz, pero da igual: basta escuchar los primeros compases para que la canción haga el trabajo que ninguna pantalla había conseguido hacer hasta entonces.
Lo mismo ocurre con Hips Don’t Lie. Un texto de máquina de escribir anuncia su llegada y la expectación se vuelve casi física. Shakira la baila elevada sobre una plataforma. Desde la grada uno solo puede pensar en la suerte de quienes están en pista.
Las canciones lo hacen todo.
Esa es quizá la conclusión incómoda de un espectáculo construido con semejante cantidad de medios: la puesta en escena por sí sola no basta. El artificio necesita una idea a la que servir. Cuando la canción es buena, todo se eleva. Cuando no lo es, ni un ejército de pantallas consigue darle vida.
Chantaje ofrece una de las excepciones. Durante una pausa aparente, Shakira se graba desde el camerino y continúa cantando desde allí. Aquí la pantalla sí expande la experiencia en lugar de sustituirla. Cuando regresa al escenario, transforma el tema en una versión salsera acompañada por bailarines que resulta infinitamente más interesante que la grabación original con Maluma.
Loca prolonga la remontada con un comienzo cercano al tango antes de abrirse hacia otros ritmos latinos. Y ahí, por fin, el concierto encuentra una verdadera paleta musical en vez de una simple sucesión de estímulos visuales.

Shakira habla entonces con bastante franqueza de la soltería y de los desafíos de criar a sus hijos. “La soltería es una oportunidad que se nos da para aprender de uno mismo, para disfrutar de la propia compañía”, dice. Pregunta cuántas solteras y cuántas madres solteras hay en el público. “El amor por el otro es muy bonito, pero yo creo que es más bonito el amor propio”.
Después llega Soltera.
La declaración podría pertenecer al mismo bloque de frases motivacionales de antes, pero esta vez el espectáculo empieza a acompañarla musicalmente de forma mucho más interesante. Una retroproyección roja recorta su silueta mientras aparecen ecos flamencos y árabes. Comienza Ojos así.
Y uno termina pensando, con cierta culpa de viejo gruñón: esta es la Shakira que mola.
La de la danza del vientre. La que podía mezclar rock, sonidos árabes y pop latino sin parecer el resultado de una reunión de marketing. En las pantallas, una Shakira morena recreada en CGI vuelve a recorrer las dunas del desierto, como en los visuales que abrían el concierto. Después llegan los clips de los noventa, con aquella Shakira de pelo oscuro, junto a imágenes de su infancia y de su familia. Suena Pies descalzos, sueños blancos. Shakira no reniega de su pasado rockero y merece reconocimiento por ello.
Si este concierto fuese un vinilo de dos caras, la cara B sería la buena.
“Aquí me convertí en madre”, recuerda sobre Madrid antes de interpretar Antología. Carla llora. También la chica sentada detrás de mí. En ese instante desaparecen los robots, los slogans y las coreografías gigantescas: queda una canción escrita décadas atrás y varias personas reconociendo algo de sí mismas dentro de ella.

Después llega uno de los mejores parlamentos de la noche: “Érase una vez una chica de diecinueve años que llegó a Madrid con su pelo negro y sus pantalones de cuero y se enamoró de un madrileño, un ejemplar ibérico, que le rompió el corazón. No sería la última vez”.
Así introduce Te dejo Madrid. Obligatoria.
Es entonces cuando se revela quizá la estrategia del concierto. La primera mitad parece orientada hacia la Shakira más reciente, el reguetón, el bubblegum y la generación que la ha conocido a través de las colaboraciones y BZRP. La segunda, paradójicamente, ofrece un espectáculo mucho más adulto recurriendo a las canciones de su juventud. No se trata tanto de nostalgia como de demostrar que aquellas versiones anteriores de Shakira siguen teniendo un lugar dentro de la actual.
Eso no significa que todas sus encarnaciones sean igualmente interesantes.
Vuelve el movimiento de caderas, vuelve el imaginario árabe y llega Suerte, otra de las grandes ausencias hasta entonces. Fuego, baile y una puesta en escena mucho más elegante. Después Dai Dai, con vestuario multicolor, y finalmente Waka Waka reinterpretada con mayor contundencia rockera. Pocas canciones podrían cerrar de forma más natural un concierto de esta escala.
Pero quedan los bises.
La pantalla presenta los “diez mandamientos de las lobas”. “Una loba no codiciará los bienes ajenos. ¡Claramente!”, proclama Shakira. Uno podría haber pensado que a estas alturas el espectáculo había superado ya el ajuste de cuentas, pero hay que reconocer que el golpe funciona.
Una loba hinchable gigantesca invade el escenario para Loba. La letra empieza a dialogar, de manera casi retrospectiva, con toda la narrativa posterior de Shakira: una mujer que no quiere seguir encerrada y termina haciendo de esa criatura el motivo central de una gira concebida después de una separación.

Por supuesto, queda Shakira: Bzrp Music Sessions, Vol. 53. Resulta imposible imaginar esta etapa de su carrera sin ella, aunque uno desee secretamente que algún día deje de necesitarla.
Los fuegos artificiales cierran la noche.
Me habría gustado escuchar Gypsy, Sale el sol y, en una fantasía mucho más personal, No. Pero ningún repertorio de Shakira puede contentar a todo el mundo. El concierto demuestra algo más importante: cuando mira hacia las canciones, sigue siendo una artista formidable; cuando intenta convertirlas en argumento de una superproducción, no siempre consigue mejorarlas.
Shakira está guapísima, físicamente en plena forma y todavía posee una capacidad extraordinaria para saltar del rock al pop, de la música árabe a la salsa y del recuerdo noventero al presente más comercial sin dejar de resultar reconocible.
El espectáculo quiere demostrar que la loba ha sobrevivido a todo.
Las mejores canciones demuestran que no necesitaba demostrarlo tanto.

