“Cruza el puente, vente”. Begoña Rius resume así la invitación que da nombre a Cruza Carabanchel. Al otro lado del Manzanares hay estudios de artistas, talleres, librerías y escenarios que llevan años trabajando, aunque una parte de Madrid apenas los conozca. También vecinos que pasan junto a sus puertas sin saber qué sucede dentro. El festival nació para facilitar ese encuentro. Su cuarta edición, del 26 de septiembre al 4 de octubre, llega con más de cien propuestas y una pregunta que acompaña su crecimiento: cómo conseguir que la proyección cultural del distrito beneficie a quienes lo habitan.
Begoña Rius es vicepresidenta de la Asociación Vecinal Carabanchel Distrito Cultural y se ocupa además del área de artes plásticas. Participa desde los inicios de una iniciativa surgida al detectar que numerosas actividades y espacios carecían de visibilidad, incluso en su propio entorno. La primera necesidad era práctica: reunir algo de presupuesto, construir una web y comunicar lo que estaba ocurriendo. Había creación, personas y lugares; faltaba conectarlos. Esa vocación explica una programación que permite entrar en un estudio, escuchar un concierto, aprender un oficio o asistir a una conversación literaria sin salir del distrito.

La organización reúne actualmente a más de cuatrocientos socios y socias, entre profesionales, colectivos y vecinos. Se presenta expresamente como asociación vecinal, una condición que Rius subraya durante la conversación. Su actividad se apoya en la relación cotidiana con el barrio y en el trabajo compartido entre disciplinas. Cruza concentra durante nueve días esa red, con una programación repartida por más de cincuenta espacios y localizaciones. Participan equipamientos públicos, proyectos independientes y negocios culturales que mantienen su actividad el resto del año.
La diversidad de sedes tiene consecuencias para el visitante. Obliga a caminar, consultar direcciones y conocer calles que rara vez aparecen en los itinerarios culturales más habituales. También permite que los públicos se mezclen: quienes acuden a un concierto pueden descubrir un taller cercano; quienes entran en una librería encuentran una actividad familiar. El mapa interactivo del festival ayuda a organizar esas conexiones. La propuesta exige cierta curiosidad y devuelve una imagen del distrito mucho más precisa que cualquier etiqueta sobre “el nuevo barrio de moda”.
Porque esa etiqueta despierta reservas. Rius recuerda conversaciones con vecinas preocupadas por la llegada de artistas y por los cambios que observaban a su alrededor. Algunos espacios abrían sus puertas sin que el vecindario entendiera bien qué eran o para quién trabajaban. Desde la asociación han intentado responder con presencia y diálogo: instalar una caseta en San Isidro, escuchar, explicar sus proyectos y organizar actividades gratuitas en las plazas. La confianza, reconoce su relato, se construye poco a poco: “Dar visibilidad a un espacio cultural requiere también que sus vecinos puedan reconocerlo como cercano”.

El debate atraviesa la transformación de Carabanchel. Antiguos talleres y edificios industriales han acogido estudios, galerías y proyectos colectivos, mientras la atención sobre el distrito crece. Esa convivencia plantea preguntas sobre los alquileres, los usos del suelo y la permanencia de quienes trabajan y viven allí. En la presentación del festival, su presidente, Nacho Bonacho, insistió en que los vecinos deben poder seguir viviendo en un barrio cuya historia cultural viene de lejos. La preocupación forma parte del proyecto: la promoción artística necesita acompañarse de vínculos con el comercio y las asociaciones locales.
Una de las herramientas para estrecharlos son las Embajadoras Culturales. El programa permite recibir y orientar al público, acompañar las rutas o documentar las actividades mediante fotografías, vídeos e historias. No exige experiencia previa y contempla un encuentro de preparación. Begoña Rius destaca la implicación de todos: “Participan personas de distintas edades y entre el voluntariado tienen especial presencia las jóvenes y las mujeres”. Su trabajo da al festival una dimensión menos visible que el cartel: alguien recibe, explica cómo llegar, resuelve dudas y ayuda a que una visita se convierta en una conversación.
Las mujeres intervienen así en la organización y en el acompañamiento del público, además de hacerlo como creadoras. La vicepresidenta explica que esta edición ha reforzado equipos dedicados a las familias, la inclusión y la igualdad. También quieren implicar a los centros educativos en todo el proceso. “Es muy importante para nosotros la educación”, señala. Los juegos, el teatro familiar y las actividades participativas responden a esa intención de formar públicos desde pequeños. Acercarse al arte junto a compañeros, familiares o vecinos facilita familiarizarse con espacios que, vistos desde fuera, pueden parecer reservados a especialistas.

Los Open Studios son una de las mejores ocasiones para romper esa distancia: Espac101, DCLAY Studio o Fresca. La Nave figuran entre los lugares que abren sus puertas. A ellos se suman cinco recorridos de mediación que conectan estudios, galerías y espacios de diseño. Begoña Rius destaca especialmente su utilidad para los proyectos pequeños, necesitados de visibilidad. La visita permite acercarse al lugar de trabajo y preguntar por los procesos. Frente a la rapidez con que suele consumirse una imagen, entrar en un estudio propone dedicar tiempo a comprender cómo se construye una obra.
La presencia de talleres amplía esa experiencia hacia los oficios. La Descentrada, Arcaduz Cerámica o Fresca. La Nave acogerán distintas propuestas durante el segundo fin de semana. El programa incluye cerámica, joyería, talla en madera y demostraciones de imprenta tradicional. Son actividades que acercan al público a los materiales, las herramientas y el aprendizaje que hay detrás de cada pieza. En un distrito con memoria industrial, esa atención al trabajo manual permite relacionar prácticas contemporáneas con una historia productiva que sigue formando parte de sus calles.
La programación plástica permite detenerse también en nombres y proyectos concretos. Figuran Transitar la sombra, de Belén Hontoria; Ese instante de luz, de Ana Paes y Brenda Ranieri; y GERMEN, de La Tercera Nave, con Laura Mema y Eva Lootz. Esta convivencia de trayectorias contribuye a mostrar la diversidad del trabajo artístico del distrito. Para quien llega por primera vez, los recorridos acompañados ofrecen una orientación inicial; para quien ya conoce sus galerías, las aperturas permiten ampliar ese mapa hacia otros espacios. El interés de reunirlos reside en facilitar relaciones que una visita aislada difícilmente produciría. Begoña vuelve sobre la necesidad de compartir objetivos: coordinar a personas con prácticas distintas requiere trabajo previo, equipos y continuidad. El festival permite ver durante unos días el resultado de esa organización colectiva.

El arranque, el sábado 26, ofrece varias entradas posibles al festival. Turbulencias Teatro presenta Cartones, sobre la historia de Doloritas Reina, en la Asociación Labanda. Diego Paqué lleva su flamenco contemporáneo a La Casa del Barrio. La Librería Derivas programa Bimba y el arcoíris y una conversación sobre literatura de superhéroes. El domingo, Sala Tarambana acoge Última velada futurista para el presente, de Nerea Lovecchio. La variedad permite elegir por intereses y edades, sin convertir la visita en una carrera para completar toda la agenda.
Durante la semana, las conversaciones ganan espacio. El martes 29, La Sala Milagros proyectará La caza, de Carlos Saura, con cinefórum posterior, y la Biblioteca Municipal Ana María Matute celebrará una mesa sobre cultura en Carabanchel. El miércoles, esa biblioteca abordará los vínculos entre Iberoamérica y el distrito desde el diseño. Rius insiste en incorporar a las personas migrantes a la vida cultural común. El jueves, El árbol, en la Finca de Vista Alegre, llevará la migración a escena mediante música, poesía y danza.
La música tendrá una despedida especialmente significativa. Gruta 77 participa cuando ya ha anunciado el cierre de su sala y sus locales de ensayo para diciembre, después de veintiséis años y más de 5.100 eventos. Su responsable, Indio, ha explicado el agotamiento físico y mental que motiva la decisión; la promotora continuará organizando conciertos en otros espacios. Conviene atender a esa explicación: sostener un lugar cultural depende también de las condiciones de vida de quienes lo mantienen. Durante Cruza actuarán Rodrigo Mercado, Gas Drummers con P.P.M. y Señor No con una banda invitada.
La inclusión se concreta en una medida económica: cuando una persona con discapacidad necesite acompañamiento para participar, su persona de apoyo podrá entrar sin coste y el festival asumirá la entrada. Habrá además un Punto de Igualdad, accesible mediante el mail igualdad@cruzacarabanchel.com, para consultas e incidencias, junto a un protocolo contra el acoso sexual y por razón de sexo. La organización expresa tolerancia cero ante el machismo, el racismo y la LGTBIfobia. A estas medidas se suman propuestas de cuidado, como el yoga para personas en tratamiento oncológico previsto el 1 de octubre.
El último fin de semana reúne teatro familiar, danza, títeres y conciertos. El eco del arrecife, Nuestra loca madurez, Guau, el perro verde, El porvenir 1 y Lulú comparten agenda con nuevas aperturas de estudios. Reina Roja y The Same Way cerrarán la programación musical en Galería Nueva. Los horarios, las reservas y las condiciones de acceso deben consultarse en la web del festival: que existan actividades gratuitas no significa que toda la programación lo sea. Para Begoña Rius, la invitación a cruzar el puente incluye una responsabilidad concreta: apoyar los pequeños comercios, cuidar la relación con las vecinas y contar con sus asociaciones. El recorrido empieza este sábado; esos vínculos necesitan mantenerse después del festival.

