Durante más de una década, la prensa cultural internacional ha hablado de un nuevo auge de la narrativa latinoamericana escrita por mujeres. Lectores y críticos de todo el mundo se han encontrado con obras de autoras como Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Fernanda Melchor, Mónica Ojeda o Ariana Harwicz. Pero detrás de esa creciente visibilidad permanece una pregunta para la industria editorial: ¿estamos ante una internacionalización amplia y sostenida de las escritoras de la región o ante la extraordinaria proyección de un grupo relativamente reducido de nombres?
La presentación esta tarde en LIBER Feria Internacional del Libro, en Barcelona, de Panorama actual de la internacionalización de las autoras latinoamericanas de narrativa permite poner cifras a esa pregunta. El proyecto, desarrollado por el experto en tendencias editoriales Martín Gómez para el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC), se acompaña de un observatorio interactivo que cartografía cómo circulan las escritoras latinoamericanas en otros mercados, qué editoriales las publican y hacia qué idiomas se traducen sus obras.
Una radiografía de 214 autoras y 854 editoriales
El estudio recopila información de 214 autoras de narrativa nacidas hasta 1989 y procedentes de doce países —Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, México, Perú, República Dominicana y Uruguay— que han publicado al menos una obra fuera de su país de origen.
Para seguir su circulación internacional, la investigación registra 854 sellos editoriales repartidos por 66 países y establece 1.699 relaciones diferentes entre autoras y editoriales. El observatorio contabiliza además traducciones a 48 lenguas.
Las lenguas romances concentran el 60% de las traducciones recogidas, seguidas de las germánicas, con un 24%, y las eslavas, con un 6%. Por idiomas concretos, el inglés aparece como principal lengua de destino, con 117 autoras traducidas, seguido del italiano, con 80; el francés, con 70; el portugués, con 65; el alemán, con 41; el danés, con 34; el neerlandés, con 32; y el polaco, con 30.
La clasificación del observatorio permite también comprobar qué escritoras han conseguido una presencia geográfica más amplia. La argentina Samanta Schweblin encabeza el listado, con obras publicadas en 34 países por 52 editoriales. Le siguen Mariana Enríquez, presente en 30 países y 45 sellos, y la mexicana Fernanda Melchor, con publicaciones en 29 países y 33 editoriales.
Entre los nombres con mayor circulación aparecen también Elena Poniatowska, con presencia en 28 países; Claudia Piñeiro, en 27; Guadalupe Nettel, en 26; Laura Esquivel y Camila Sosa Villada, en 24; Pilar Quintana e Isabel Allende, en 23.

El mapa incorpora asimismo trayectorias de generaciones muy diferentes, desde Clarice Lispector o Ángeles Mastretta hasta Laura Restrepo, Karina Sainz Borgo, Ariana Harwicz, Lina Meruane, Carla Guelfenbein, Valeria Luiselli o Cristina Rivera Garza. Esa amplitud es precisamente una de las claves del proyecto: la internacionalización no puede reducirse únicamente a las autoras que acumulan una mayor presencia mediática.
España como principal puente editorial
Los datos sitúan a España en una posición central dentro de estas rutas de circulación. El país alberga 107 sellos que mantienen 265 relaciones editoriales con 158 escritoras latinoamericanas, lo que lo convierte en uno de los principales puntos de conexión entre las autoras de la región y otros mercados.
Entre las editoriales con mayor número de escritoras latinoamericanas en su catálogo destaca Alfaguara, con 28 autoras, seguida de Random House, con 21. Páginas de Espuma cuenta con 14; Pigmalión, con 13; y Seix Barral, con diez.
Pero la internacionalización no depende únicamente de los grandes grupos españoles. Las editoriales independientes y los sellos especializados en traducción desempeñan un papel fundamental a la hora de introducir estas obras en otros sistemas literarios.
La británica Charco Press, especializada precisamente en literatura latinoamericana contemporánea traducida al inglés, cuenta con 21 autoras de la región. En Dinamarca, Aurora Boreal ha publicado a 20, mientras que la italiana Feltrinelli reúne a doce.
Fuera de España, Estados Unidos concentra 103 editoriales que han publicado a alguna de las autoras registradas por el observatorio. Le siguen Italia, con 80; Francia, con 68; Reino Unido, con 63; Brasil, con 59; Colombia, con 57; y Chile, con 54.
Una “revolución desde abajo”
Los números tienen, además, una historia detrás. En una mesa celebrada en junio en la Feria del Libro de Madrid a partir de los resultados de esta misma investigación, varios profesionales del sector situaron buena parte de la expansión internacional de estas autoras en el trabajo previo de editoriales independientes, librerías y clubes de lectura.
Bárbara Espinosa, fundadora de la editorial La Navaja Suiza, definió el fenómeno como una “revolución hecha desde abajo”. Según explicó entonces, numerosas editoriales pequeñas apostaron por escritoras latinoamericanas antes de que su potencial internacional fuese asumido por grupos con una capacidad de distribución mucho mayor.

Solo después de que esos circuitos independientes demostraran que existía un público, algunas autoras dieron el salto a estructuras editoriales más grandes capaces de ampliar considerablemente su circulación.
Martín Gómez ha situado también esta transformación dentro de un cambio cultural más amplio. Movimientos como #MeToo y las movilizaciones feministas desarrolladas en distintos países latinoamericanos durante la pasada década contribuyeron a generar una mayor receptividad hacia voces que llevaban mucho tiempo escribiendo, pero que no siempre habían recibido la misma atención editorial.
La especialista en políticas públicas Alejandra Soriano Wilches introdujo además otra dimensión menos visible: las condiciones materiales que permiten escribir. Las mujeres siempre han producido literatura, pero con frecuencia lo han hecho mientras asumían una parte desproporcionada del trabajo doméstico y de cuidados. Mantener esta expansión, señaló, exige por tanto algo más que interés editorial: también requiere condiciones que permitan disponer del tiempo necesario para leer, escribir y desarrollar una carrera literaria.
Más allá de unos pocos nombres
¿Demuestran entonces los datos que existe una transformación estructural de la literatura latinoamericana? El observatorio aconseja una respuesta más prudente.
La enorme proyección internacional de nombres como Schweblin, Enríquez o Melchor demuestra que existe un grupo especialmente visible. Pero la presencia de más de doscientas escritoras conectadas con centenares de editoriales en decenas de países permite comprobar que la circulación no se limita exclusivamente a cuatro o cinco figuras convertidas en estrellas del mercado literario.
Al mismo tiempo, el propio diseño de la investigación impide utilizarla como prueba definitiva de un cambio histórico. El observatorio parte de escritoras que ya han conseguido publicar fuera de su país y no pretende constituir un censo exhaustivo de la narrativa latinoamericana escrita por mujeres. Tampoco permite, por sí solo, comparar esta circulación con la de generaciones anteriores o determinar cuánto corresponde a autoras y cuánto a autores.
Lo que sí hace es transformar una percepción cultural difusa en un mapa mucho más concreto. Detrás de aquello que durante años se ha descrito como un “boom” aparecen editoriales, traducciones y rutas de circulación que permiten comprender cómo un libro publicado en Buenos Aires, Ciudad de México, Bogotá o Santiago puede terminar encontrando lectores en Londres, París, Copenhague o Varsovia.
Más que resolver definitivamente si existe una nueva edad dorada de las escritoras latinoamericanas, el mapa del CERLALC permite observar la infraestructura que hace posible que cada vez más de sus libros crucen fronteras.

