A finales de agosto, miles de adolescentes británicos persiguen un caos familiar: barro hasta los tobillos, cerveza tibia y el rugido colectivo de una multitud abalanzándose hacia el escenario. Sin embargo, en Richfield Avenue, Reading, y Bramham Park, Leeds, este puente de agosto en el Reino Unido, el sonido revela un festival que ha mudado de piel.
El gigante de dos sedes atraviesa un momento decisivo. Sus seis cabezas de cartel —Charli XCX, Florence + The Machine, RAYE, Dave, Fontaines D.C. y Chase & Status— forman el primer grupo de artistas principales exclusivamente británicos e irlandeses en un cuarto de siglo. El cartel funciona como monumento a una doble revolución: la transformación de los géneros musicales que pueden ocupar su escenario principal y el disputado cambio de quién puede llegar hasta la parte más alta de la industria.
Para comprender hasta qué punto es radical el cambio, hay que volver a la noche del domingo 30 de agosto de 1992. Las tormentas del sábado habían dejado el recinto de Reading cubierto de barro y corría el rumor de que los cabezas de cartel del domingo, Nirvana, cancelarían debido a los problemas de salud de Kurt Cobain y las tensiones internas de la banda.
En lugar de eso, Cobain apareció en silla de ruedas, vestido con una bata de hospital y una peluca rubia y empujado por el periodista musical Everett True: una escena ya legendaria con la que se burlaba de las especulaciones de la prensa. Después de entonar débilmente “The Rose”, de Bette Midler, se desplomó sobre el escenario, solo para levantarse a continuación y arrancar un feroz repertorio con “Breed”. Fue el último concierto de Nirvana en el Reino Unido y un triunfo de guitarras que terminó definiendo buena parte de la mitología rock de Reading.
Durante décadas, aquel concierto pareció constituir el modelo a seguir. Reading & Leeds era el campo de pruebas donde las bandas de guitarras podían coronarse como realeza del rock o salir expulsadas a botellazos por un público ferozmente territorial. Pero mientras la memoria popular del festival permanecía fijada en amplificadores Marshall y mosh pits, su propia historia demuestra que ha sobrevivido precisamente porque nunca fue tan inmóvil como su mitología sugiere.
El festival nació como National Jazz Festival en el Richmond Athletic Ground en 1961. Concebido por Harold Pendleton para los aficionados al jazz, no tardó en mutar cuando cambiaron los gustos y empezó a contratar a grupos de rhythm and blues y rock como los Rolling Stones o Fleetwood Mac. Después de varios cambios de ubicación —Windsor, Kempton Park y Plumpton—, terminó instalándose en Reading en 1971, coincidiendo con las celebraciones por el 850.º aniversario de Reading Abbey.
El primer Reading Festival de junio de 1971 contó con bandas como Genesis, Rory Gallagher, Lindisfarne o Van der Graaf Generator; las entradas de sábado y domingo costaban apenas 1,50 libras. A finales de los setenta ya había incorporado punk y new wave, con nombres como The Jam, Sham 69 o The Stranglers.
El fallido giro hacia un pop más comercial en 1988 produjo escenas ya legendarias: Bonnie Tyler fue recibida con una lluvia de objetos y Meat Loaf abandonó el escenario después de recibir el impacto de una botella. La crisis de aquella etapa precedió a la salida de Pendleton y, en 1989, Mean Fiddler asumió la organización del festival.
Este relevo revitalizó el festival alrededor de la música indie y alternativa y, una década más tarde, lo expandió a Leeds. Reading & Leeds no sobrevivió preservando una ortodoxia rock rígida, sino adaptándose una y otra vez a lo que los jóvenes querían escuchar.
En el siglo XXI, la guitarra dejó progresivamente de ser el único instrumento asociado a la rebelión juvenil. El hip-hop, el grime y la electrónica iniciaron un avance constante hacia el escenario principal. Eminem fue cabeza de cartel en 2013 y 2017. En 2018, Kendrick Lamar encabezó el festival junto a Kings of Leon y Fall Out Boy, en una edición donde también aparecían Skepta, J Hus y Post Malone.
En 2019, Billie Eilish actuó en el escenario principal sin ser todavía cabeza de cartel, después de que su ascenso meteórico obligara al festival a trasladarla desde un escenario menor. Cuatro años después regresaría ya como cabeza. Aquello que décadas atrás podía parecer una invasión de territorio empezaba a convertirse en la norma.
El hostil tribalismo musical del pasado —el mismo que en 2004 recibió a 50 Cent con una lluvia de botellas— había comenzado a perder sentido. Para buena parte del público contemporáneo, los géneros ya no funcionan como fronteras infranqueables, sino como canciones consecutivas dentro de una misma lista de reproducción.
Pero si los sonidos se modernizaron relativamente rápido, la representación femenina tardó bastante más.
En 2019, los cuatro cabezas de cartel —Foo Fighters, The 1975, Post Malone y Twenty One Pilots— eran hombres o grupos íntegramente masculinos. No era una anomalía. Después de que Paramore se convirtiera en cocabeza de cartel en 2014, el festival pasó varios años sin que una mujer volviera a ocupar esa posición. El cartel de 2019 reavivó unas críticas que Reading & Leeds llevaba tiempo escuchando por la escasa presencia femenina en los puestos de mayor visibilidad.
El responsable de Festival Republic, Melvin Benn, había defendido años antes que el problema no consistía en una marginación deliberada de las mujeres, sino en la falta de oportunidades que permitieran a más artistas llegar hasta ese nivel.
Mientras iniciativas europeas como Keychange comenzaron a promover compromisos medibles de paridad, Festival Republic optó por desarrollar su propio programa: ReBalance, lanzado en 2017.
Relanzado en 2024, ReBalance ofrece a artistas femeninas cinco días de estudio financiados, las pone en contacto con productoras mujeres o no binarias y les garantiza futuras oportunidades de actuación. El cambio también ha alcanzado los bastidores: Festival Republic aumentó el porcentaje de mujeres entre sus responsables de escenario del 11 % en 2018 al 32 % en 2021.
La comparación resulta especialmente llamativa al mirar hacia España. Los primeros resultados de Cartografía, presentados en junio de 2026 por la Asociación MIM tras analizar 145 festivales y ciclos, sitúan en apenas el 22 % la presencia de mujeres en sus programaciones. Solo el 17 % alcanza el umbral de paridad 60/40 si se contabilizan exclusivamente proyectos femeninos, porcentaje que asciende al 54,4 % al incorporar las formaciones mixtas. Otro análisis de diez de los grandes festivales españoles de 2026 encontró una presencia femenina global del 28 % y apenas 17 solistas mujeres entre 83 cabezas de cartel, un 20,5 %. Ningún grupo formado exclusivamente por mujeres ocupaba uno de esos puestos principales.
La edición de Reading & Leeds de este año no demuestra que una polémica concreta pueda transformar por sí sola una programación, pero sí ofrece una fotografía muy distinta de aquello que un gran promotor considera hoy comercialmente viable. Las críticas no escriben los carteles, pero pueden obligar a justificar aquello que antes se daba por sentado.
En 2026, tres de los seis grandes nombres están encabezados por mujeres: Charli XCX, Florence + The Machine y RAYE.
Y los seis cabezas de cartel funcionan casi como un espejo perfecto de los hábitos de escucha contemporáneos. Charli XCX lleva el pop electrónico y experimental al escenario principal, esta vez acompañada por el vértigo de “Rock Music”. RAYE representa una nueva concepción del pop y el R&B británicos tras varios años de ascenso espectacular. Dave, uno de los grandes letristas británicos de su generación, llega con su tercer álbum, The Boy Who Played the Harp.
Chase & Status trasladan al formato de estadio la energía del drum & bass, mientras Florence + The Machine representan un pop-rock expansivo y teatral. Los dublineses Fontaines D.C. mantienen viva la línea de las guitarras y alcanzan por primera vez el estatus de cabezas tras el éxito de su cuarto álbum, Romance.
La transformación no se limita al cartel. Festival Republic ha bautizado como “Reading & Leeds 2.0” la mayor remodelación de espacios de la historia reciente del festival. Bajo la dirección de un equipo joven de promotores —Zach Desmond, James Ponnusamy, Max Kafka y Jojo Mathiszig-Lee—, el recinto ha sido replanteado para responder a una forma distinta de consumir música.
El antiguo escenario principal pasa ahora a llamarse The Grid. A su alrededor aparecen nuevos espacios: The Gallery incorpora enormes pantallas LED para actuaciones de grupos como Geese o Kneecap; The Warehouse es una pista de baile construida específicamente para la electrónica, con plataformas para el público detrás de la cabina y una enorme producción audiovisual; y The Ballroom completa el nuevo mapa con artistas emergentes como Paris Paloma.
Si existe una fotografía perfecta de cuánto se ha ampliado la definición de un «cabeza de festival», es la de este domingo. En la última jornada, las dos sedes ofrecen una demostración casi programática de cómo escucha música una generación.
En Richfield Avenue, Reading, el escenario principal de The Grid cierra con una combinación que habría parecido insólita hace unas décadas: Florence + The Machine a las 19:55 y Chase & Status Live a las 22:05. La multitud pasa del dramatismo monumental del pop-rock a una gigantesca rave electrónica bajo las estrellas.
Al mismo tiempo, en Bramham Park, Leeds, el escenario principal propone otra pareja igualmente reveladora: RAYE actúa a las 19:35 antes de ceder la última franja del fin de semana a Dave a las 21:35.
Cuesta imaginar una ruptura más clara con las viejas tribus exclusivamente roqueras del festival. En un festival donde todavía en 2004 un rapero como 50 Cent podía ser recibido con una lluvia de botellas, el rap, la electrónica y el pop encabezado por mujeres ocupan hoy sin complejos el centro del programa.
Lo que está muriendo en Reading & Leeds, sin embargo, no es el rock. A las guitarras todavía les va bastante bien, como demuestra el ascenso de Fontaines D.C. a la cabecera y la aparición de nuevas bandas de alt-grunge como Bleech 9:3, capaces de trasladar parte del espíritu crudo y caótico de Nirvana a otra generación.
Lo que parece haber muerto es otra cosa: el viejo mito de que un joven aficionado debe construir su identidad musical alrededor de un único género.
La generación actual no escucha música en compartimentos estancos. Sus listas pueden saltar del pop deconstruido de Charli XCX al post-punk de Fontaines D.C., de las rimas de Dave a un drop de drum & bass de Chase & Status en cuestión de minutos.
La tradición de la que nació Reading ha sobrevivido durante 65 años porque aprendió a no vigilar demasiado las fronteras de su propia mitología. Al transformar sus espacios, abrazar la fluidez entre géneros y empezar a corregir de forma activa sus desequilibrios de representación, el festival demuestra que la única forma de seguir siendo una institución cultural durante generaciones es no quedarse nunca completamente quieto.

