Literatura

¿De quién es una vida? El caso de Rachel Cusk y Natalie Portman reabre los límites de la ficción

La inminente publicación de 'Life of M' ha encendido un intenso debate sobre hasta dónde puede una novelista apropiarse de la identidad privada de una celebridad viva bajo el amparo de la ficción

Natalie Portman.
Natalie Portman.
EFE/EPA/GUILLAUME HORCAJUELO

El 25 de agosto se publicará en Estados Unidos Life of M, lo último de Rachel Cusk, escritora a menudo alabada como la «reina de la autoficción». Aunque la editorial describe la novela como «una meditación concisa y singular sobre el tiempo, la fama, la inocencia y la autocreación», la llegada del libro ha quedado marcada por una polémica mucho más visceral: los inconfundibles paralelismos entre su personaje titular y la actriz ganadora del Oscar Natalie Portman. Cusk ha evitado confirmar cualquier relación entre ambas, pero la prensa anglosajona lleva semanas diseccionando lo que algunos han llegado a calificar de «asesinato literario». Este choque entre una intelectual pública y una actriz célebre por proteger su intimidad ha reabierto una vieja herida en el corazón de la literatura: quién «posee» una vida una vez que entra en la esfera pública.

El personaje de M en la novela de Cusk se presenta como uno de los rostros más reconocibles de nuestro tiempo, una mujer cuya imagen ha estado en todas partes desde que era una niña. Para los lectores familiarizados con la biografía de Portman, las pistas son imposibles de ignorar. La M de Cusk es una actriz de habla inglesa afincada en una ciudad europea y que ejerce como imagen de «una gran marca». Portman, que vive en París, lleva más de una década siendo el rostro de Miss Dior.

Más concretos, y bastante más incómodos, son los detalles relativos a la carrera temprana de M. La novela describe su papel revelación como el de una niña en una película que en un principio incluía varias escenas en las que «la niña mostraba querer o invitar a una interacción sexual con el personaje masculino adulto». La referencia conduce directamente al debut de Portman en 1994 en El profesional (Léon), película a la que la propia actriz ha atribuido un legado «complicado» y de la que sus padres hicieron que se eliminasen varias escenas.

Los paralelismos llegan hasta el papel más célebre de M: una bailarina vulnerable y atormentada. El personaje remite inevitablemente a la interpretación de Portman en Cisne negro, que le valió el Oscar. Cusk llega a incluir una secuencia en la que M ve una de sus propias películas, que comienza con un tiroteo escolar: una alusión evidente a Vox Lux, estrenada en 2018. En el mundo de la novela, M aparece como una artista sin alma, incapaz de terminar la actuación, una mujer que tomó conciencia de sí misma tan pronto que no conserva recuerdos de lo que era pasar desapercibida.

Natalie Portman en ‘Cisne negro’.
Fox Searchlight

El motivo por el que Life of M ha causado tanto furor es inseparable de la reputación de Rachel Cusk por «arrasar con la gente y seguir adelante». A lo largo de su carrera, Cusk ha puesto a prueba los límites de la decencia social en nombre del arte. Su libro de 2001 sobre la maternidad, Un trabajo para toda la vida, tuvo una recepción violentamente polarizada por su descripción clínica y despiadada del «limbo» de la nueva maternidad. Sus memorias de 2012, Despojos, que relataban la ruptura de su matrimonio, fueron ampliamente criticadas como una puñalada por la espalda a su exmarido, al que retrataba con un desdén sobre el que incluso sus amigas más cercanas le habían advertido.

La obra de Cusk a menudo sugiere que el «personaje» ya no existe y que la autobiografía es una de las pocas formas artísticas capaces de ofrecer una verdad. Esta concepción ya la ha metido en problemas legales. Su libro de 2009 La última cena: Un verano en Italia vio retirada su primera edición después de que algunas de las personas reales retratadas considerasen que no habían sido suficientemente disfrazadas y amenazasen con demandar por vulneración de su privacidad. Para Cusk, escribir y vivir parecen formar parte de un mismo proceso, y las personas que la rodean pueden terminar tratadas como material en bruto para su obra. Como señaló a The Times un crítico literario que conoce a Cusk, su ficción puede ser «profundamente cruel con otras personas», un antecedente que hace todavía más incómodo el retrato de M.

Cusk es solo la última de un largo linaje de escritores que han utilizado vidas reales como materia literaria. La prensa ha trazado comparaciones inmediatas con Truman Capote, que en 1975 comenzó a publicar en Esquire historias sobre su círculo de la alta sociedad en las que exponía algunos de sus hábitos más íntimos. Capote dio por hecho que sus «cisnes» eran «demasiado tontas» para reconocerse; se reconocieron al instante y el escritor quedó prácticamente expulsado de la alta sociedad neoyorquina, un golpe del que su carrera nunca terminó de recuperarse.

De manera similar, Philip Roth fue un maestro de los espejos entre vida y literatura y utilizó una versión apenas disfrazada de su esposa, Claire Bloom, en su novela de 1990 Engaño. La ruptura acabó desembocando en una guerra de memorias, con Bloom respondiendo en su propio libro, Adiós a la casa de muñecas. Se acabó el pastel, de Nora Ephron, partía igualmente de la destrucción de su matrimonio con el periodista Carl Bernstein. La furia de Bernstein fue tal que exigió supervisión legal sobre la manera en que aparecía retratado en la adaptación cinematográfica.

Estos casos ilustran un patrón recurrente: el novelista reclama el derecho a la «verdad universal» y la licencia artística, mientras el sujeto siente el aguijón de una «traición» tan personal como pública. En el caso de Life of M, la polémica resulta todavía más incómoda porque Portman era una conocida admiradora de la obra de Cusk y había entrevistado a la autora para su club de lectura en 2022.

El núcleo del debate está en el conflicto entre el derecho a la creación artística y los derechos a la privacidad y al honor. En el sistema español, la libertad de creación literaria está protegida por el artículo 20.1 b) de la Constitución. Este derecho se distingue de la libertad de información y no exige «veracidad», ya que protege la creación de un universo de ficción que puede tomar elementos de la realidad como puntos de referencia.

Sin embargo, este derecho no es absoluto y encuentra sus límites en los derechos al honor, a la intimidad y a la propia imagen. La jurisprudencia española recurre a una ponderación para determinar hasta qué punto la afectación de esos derechos puede quedar amparada por la libertad de creación. En otros sistemas jurídicos aparecen criterios distintos para valorar qué ocurre cuando una obra atribuye hechos potencialmente lesivos a una persona identificable detrás de un personaje aparentemente ficticio.

Uno de ellos es la prueba conocida como «of and concerning», utilizada en los tribunales estadounidenses, que plantea si un lector razonable identificaría al demandante con el personaje ficticio y le atribuiría las acciones descritas en la obra. Cuando un personaje comparte suficientes características concretas con una persona real como para que la identificación resulte inequívoca, la etiqueta de «ficción» no resuelve automáticamente el conflicto.

Desde un punto de vista ético, la cuestión es cada vez más compleja. ¿Ser una celebridad exime de la expectativa de privacidad? Cusk parece sugerir que la fama erosiona el sentido del yo hasta el punto en que la imagen pública es la única realidad de la que queda por escribir. Aun así, ese mismo crítico señaló a The Times que el retrato no parece reconocer a Portman «como plenamente humana», al sugerir que ha sido absorbida por su propia fama, y consideró que termina por «deshumanizarla».

'Life of M', de Rachel Cusk.
‘Life of M’, de Rachel Cusk.
Macmillan Publishers

La paradoja final de Life of M es que parece diseñada para provocar la misma búsqueda de realidad que afirma cuestionar. En las últimas páginas, M se enfrenta a la narradora por el retrato hiriente y desagradable que ha hecho de ella, le reprocha errores factuales y la acusa de presentarla como alguien «incapaz de amar». La narradora responde invirtiendo el argumento: asegura que ni siquiera ha buscado a M en Google, que no sabe prácticamente nada de ella y que el personaje es una invención propia.

El resultado es un último juego entre autora, narradora y personaje. La narradora le dice a M: «Si solo estás interpretando a un personaje (…) El personaje está inventado por mí. Así que si eso es cierto, entonces es cierto de mí». El libro termina con una pregunta desconcertante de M a la narradora: «¿Eres chico o chica?». El pasaje puede interpretarse como un intento de separar definitivamente a M de Natalie Portman y recordar al lector que el personaje, por muchas coincidencias que acumule, pertenece a la ficción.

El efecto fuera del libro, sin embargo, ha sido el contrario. Cuanto más insiste la novela en investigar el artificio y la autenticidad en lugar de la vida de una mujer concreta, más diseccionan lectores y periodistas la biografía de Natalie Portman en busca de las «costuras» del relato. La actriz, conocida por proteger cuidadosamente su vida privada, ha quedado incorporada a una narrativa que no ha elegido y sobre la que apenas tiene control. Sin necesidad de especular sobre cómo ha recibido ella personalmente el libro, su caso acaba ilustrando la propia tesis que Cusk pone en circulación: una celebridad puede convertirse en una superficie sobre la que el público —y también el novelista— proyecta aquello que quiere encontrar.

En última instancia, Life of M recuerda que la libertad de la ficción para inventar no impide que esas invenciones tengan consecuencias sobre personas reales. Como señala la propia novelista: «Sin sufrimiento, no hay crueldad. Sin crueldad, no hay libro». Puede que Rachel Cusk haya escrito una obra extraordinaria, pero la discusión que la acompaña obliga a preguntarse cuánto de una vida ajena puede utilizar un escritor antes de que la ficción deje de servir como coartada.

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