El caso Pelicot marcó un antes y un después. No solo por lo terrible de los hechos, o por su forma de exponer la profundidad de las grietas sociales y jurídicas frente a la violencia sexual, sino porque su lema “la vergüenza tiene que cambiar de bando” revolucionó la manera en que la historia ha interpretado el pacto establecido entre víctima y agresor.
Con esta frase, y su actitud valiente y comprometida, Gisèle Pelicot convirtió el sentimiento de humillación en necesidad de justicia. Un acto revolucionario, el de apropiarse del relato, que culmina este 17 de febrero con la publicación mundial en una veintena de idiomas de sus memorias, bajo el título Un himno a la vida (Lumen).
Una publicación que coincide, en apenas una semana de diferencia en España, con la llegada a las librerías del segundo de Caroline Darian, Para que no se olvide (Seix Barral). La hija de Pelicot, cuyo caso presenta un recorrido más complicado que el de su madre por no tener tantas pruebas, ofrece una nueva búsqueda de la verdad sobre las partes aún oscuras del caso. ¿Qué significan las fotografías que su padre le había hecho mientras dormía? ¿Fue también la hija víctima de los horrores de su padre?
Los testimonios de estas dos mujeres que luchan por apropiarse de su propio relato no están solos. En los últimos años se han multiplicado los libros atravesados por el trauma de una agresión sexual. Historias que exploran el peso de la culpa y la vergüenza, las consecuencias del sufrimiento físico y mental, la profundidad de sus implicaciones personales y sociales. Obras que cuestionan la forma en la que entendemos conceptos como consentimiento, abuso y cuerpo femenino.

Un ‘Me too’ literario
En esta misma línea se pueden incluir a otras dos autoras francesas cuyas obras han trascendido tanto social como literariamente, como son los casos de Neige Sinno con Triste tigre (Anagrama, 2024) o Vanessa Springora con El consentimiento (Lumen, 2020). Esta última fue especialmente mediática, pues retrataba la relación que inició a los 13 años con el escritor Gabriel Matzneff, de más de 50. Su publicación y posterior polémica fueron cruciales para reabrir el debate que llevó a que la legislación francesa considerase violación cualquier acto sexual con un menor de 15 años.
En el caso de Sinno, Triste tigre reconstruye el incesto que sufrió de los 7 a los 14 años a manos de su padrastro. Lo hace rompiendo con el clásico estilo confesional lineal. Un libro híbrido entre testimonio, ensayo y experimentación formal que dialoga con otras obras sobre incesto y violencia sexual. El foco de este libro es la dificultad ética de escribir un retrato del violador. “Incluso yo, que vi esto muy de cerca, tan de cerca como se puede ver, y que me he cuestionado sobre el tema durante años, todavía no lo entiendo”, confiesa la autora.
En español, este Me too literario ha dejado también importantes obras que relatan el recorrido del trauma. Como la novela Leche condensada (Caballo de Troya, 2023) de la escritora canaria Aida González Rossi, que se adentra en el territorio de la infancia con una original novela en la que confluyen diversas violencias estructurales: acoso, hipersexualización, abuso intrafamiliar, gordofobia, y la necesidad de encontrar refugio fuera de una misma.
En Los años que no (Barret, 2022), Lidia Caro parte de su propia experiencia: una violación en el portal de su casa, a la que sigue una huida a Estados Unidos como intento de escapar del trauma y la depresión. Caro insiste en que su libro no es un manual de superación ni un texto terapéutico ejemplar, sino el registro de un proceso singular que no pretende universalizar el duelo ni el trauma, pero sí romper el silencio y recuperar el poder narrativo sobre lo sucedido.
seismil (Niños Gratis, 2025) de Laura C. Vela lleva 21 semanas en las listas de los más vendidos en no ficción con un breve relato autobiográfico y fragmentario sobre los abusos sexuales que sufrió la autora de los 12 a los 14 años, a manos de un hombre mayor al que conoció por internet. Un hombre que la violó repetidamente y la chantajeó con difundir un vídeo de la agresión. El título alude tanto a la indemnización judicial (seis mil euros) como a las cumbres de más de 6.000 metros, metáfora de la dificultad de la reconstrucción tras el trauma.
Desde Argentina, las obras de Belén López Peiró: Por qué volvías cada verano (Las afueras, 2020) y Donde no hago pie (Lumen, 2022), también se han convertido en todo un fenómeno literario. Un testimonio polifónico sobre los abusos sexuales que la autora sufrió en la adolescencia por parte de un tío, miembro de las fuerzas policiales, y sobre las reacciones familiares, el proceso judicial y el silencio cómplice que rodea la violencia sexual intrafamiliar.
Escribir y leer el trauma: terapia, ética y estética
Desde la autobiografía o la autoficción, estos libros conforman una pluralidad de voces, experiencias y puntos de vista que abordan la complejidad de la violencia sexual. No buscan necesariamente la reparación, la sanación o la denuncia, más bien responden a la necesidad de contar y contarse, de romper ese último vínculo entre víctima y agresor que es el silencio.
La proliferación de estas historias sobre relaciones abusivas tiene un indudable sentido terapéutico de compartir, examinar y superar la propia experiencia traumática que además, en ocasiones, puede ir acompañado de una búsqueda ética a través de la estética.
“En general, el cerebro tiene capacidad de procesar determinadas cantidades de trauma. Pero cuando hablamos de abuso sexual, no somos capaces de procesarlo de forma individual, necesitamos ayuda”, explica Noemí Álvarez Boyero, psicóloga sanitaria experta en trauma, disociación y sexología. Y añade: “Tener las palabras adecuadas para nombrar lo que ha pasado es ya una forma de sanar, por eso muchas veces la terapia anima a la escritura como forma de ordenar recuerdos inconexos, sobre todo en casos de amnesia o lagunas. Cuanto más ordenada está la historia en la memoria, más fácil es procesarla en terapia”.
Una función terapéutica a la que complementan una larga tradición de artistas que han sido capaces de convertir sus demonios en musas. “La literatura siempre ha tratado del sufrimiento humano. Lo que cambia ahora es que el cuerpo de la mujer y las violencias que sufre se convierten en materia legítima literaria. Lo que hacen estos libros es desplazar el foco: ya no se trata solo del hecho violento, sino de la construcción social del silencio en torno a esa violencia, que a veces es más potente que el propio hecho”, comenta Marana Borges, escritora, periodista e investigadora afincada en París que ha cubierto para Artículo14 el caso Pelicot desde que empezó.
Annie Ernaux, legitimadora de la experiencia femenina en literatura
Gran parte de la culpa de que hoy el mundo editorial y literario en general apueste por dar voz a estas historias se la debemos al ejemplo paradigmático de Annie Ernaux, cuya obra y prestigio han puesto la experiencia íntima femenina en el centro de la conversación literaria.
“Mi padre intentó matar a mi madre un domingo de junio.” Así comienza La vergüenza (Tuquets) de Annie Ernaux. Una frase directa, dura violenta y desprovista de carga emocional que define su estilo para analizar un hecho traumático de su infancia para proponer lo que la escritora francesa denomina “auto socio biografía”, que no solo cuenta su herida, también la inscribe en un sistema de dominación que excede a sus circunstancias personales.
“El Nobel a Ernaux legitima la autoficción, pero también marca una exigencia: no basta con contarse a sí misma, hay que mostrar el sistema en el que una vida está atrapada. Ella no toma su vida como paradigma absoluto, sino que la inserta en un sistema donde hay violencia y reproducción de violencia social, silencios, clase. Eso es lo mejor que puede hacer la autoficción”, puntualiza Borges.
Según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2024, una de cada cuatro mujeres ha sufrido violencia sexual alguna vez en su vida. Cuatro de cada diez, acoso sexual. Por eso en estos libros e historias encontramos que detrás de los números hay historias reales, personas con las que podemos empatizar y acercarnos a esta realidad de una manera más empática y reveladora.
Para Marana Borges la cuestión está en “qué hace hoy la comunidad literaria con el impacto de estos libros: cómo circulan las ideas que contienen, qué cambia en la acción colectiva y en la mentalidad de los lectores”. También se pregunta hasta qué punto los hombres cogerían espontáneamente un libro así en una librería. “Leer este tipo de relatos requiere una mirada hacia uno mismo que cuesta”.
Por su parte, Álvarez Boyero ve en la lectura de ese tipo de testimonios la posibilidad de un despertar: “Muchas personas agredidas no saben que lo fueron. Por eso leer relatos de otras ayuda a reconocerse como víctima”. Una triple ofensiva contra la culpa, la vergüenza y el desconocimiento con el fin de una violencia sexual tan infradenunciada.
Riesgos y límites de la literaturización del abuso
Sin embargo, la literaturización de estas historias que, a veces funcionan como acusación, como un proyecto estético y político a la vez, también conlleva su propia problemática. El primero de los puntos conflictivos es que puede ser una herramienta utilizada para justificar a los agresores. Ha ocurrido en el caso de los Pelicot, con Dominique desde la cárcel escribiendo su propia versión, aunque de momento ninguna editorial se ha atrevido a publicarlas.
“Dar cobertura mediática al testimonio de un agresor corre el riesgo de convertirle en figura casi famosa, de romantizar o blanquear la violencia. Es como cuando se intentó publicar el libro de José Bretón. No todo vale. No deberíamos hacer negocio ni construir fama a costa de las víctimas o del blanqueamiento de un agresor”, defiende la psicóloga experta en trauma.
Estas historias también entrañan una responsabilidad extra por parte de las autoras para evitar a los “mirones”. Borges incide en la dificultad que implica “escribir la violencia sin que te busquen los que buscan el morbo de la violación”.
Por último, está el peligro de convertirse en un género comercial, en el mal sentido de la palabra. “Para eso la única salida, y esto creo que es válido para todos los géneros, es escribir un libro muy bien escrito, que no se agote y soporte el peso de los años y las modas”, sentencia la escritora y periodista.
Pues son estos libros —bien escritos en fondo y forma— los que están consiguiendo apropiarse del relato, romper el silencio y materializar aquello que Gisèle Pelicot expresó no como deseo, sino como obligación, de que la vergüenza cambie de bando.
