En los títulos de crédito de Send Help (Enviad ayuda) se especifica que su director es Sam Raimi, pero no habría hecho falta. Es obvio que él dirigió esta película porque sus huellas se detectan en cada imagen: la violencia cómica, el barroco trabajo de cámara, los chorros de sangre y otros fluidos corporales, el humor alegremente sádico. Desde 2013 hasta ahora, el autor de Posesión infernal (1981) solo había dirigido dos largometrajes, ambos aspirantes a blockbuster que dieron la sensación de representar poco más que intentos de sobrevivir en la industria por su parte. Este nuevo trabajo, en cambio, representa el tipo de resurgimiento creativo que sus fans llevaban tiempo esperando.
En muchos sentidos, Send Help es la secuela espiritual de Arrástrame al infierno (2009). Como esa predecesora, ofrece una fábula moral sobre la rapidez con que el mundo del capitalismo, en el que el pez grande se come al pequeño, puede convertirse en algo terrorífico. Las heroínas de ambas películas, de hecho, están atormentadas por su deseo de progresar profesionalmente y por las injustas exigencias que les imponen los hombres que están por encima de ellas. Linda Little (Rachel McAdams) confiaba en que iba a ser ascendida, porque así se lo habían prometido. Por desgracia para ella, su jefe murió antes de poder cumplir su palabra, y cuando la empresa pasa a manos del hijo del difunto, un cretino llamado Bradley (Dylan O’Brien), este no ve motivo alguno para respetar los deseos de su padre.

A causa de los caprichos del destino —y de un accidente aéreo que Raimi convierte en una hilarante exhibición de atrocidades—, ambos acaban varados juntos en una isla desierta, donde Linda salva la vida de Bradley y, inevitablemente, el equilibrio de fuerzas entre ellos empieza a cambiar. Sobre el papel, Raimi utiliza ese escenario para reflexionar sobre cómo cambian los criterios de eficacia y valía en situaciones extremas. Y aunque el comentario de la película sobre la lucha de clases y la inversión de los roles de género tiende a lo simplista, el filme se beneficia enormemente del entusiasmo con el que sus dos protagonistas sintonizan con la traviesa malicia consustancial al mejor Raimi.
Bradley es un niñato consentido que no posee ninguna habilidad práctica y aporta casi nada a los esfuerzos requeridos para la supervivencia hasta que llegue un rescate. Linda, en cambio, no solo es una gran planificadora sino también una seguidora acérrima del concurso Survivor —la versión estadounidense de Supervivientes— y, gracias a ello, está preparada para conseguir agua, comida y refugio. Una vida entera en una playa desierta con Linda podría ser una pesadilla de Bradley; pero para ella, cuya vida en la civilización deja mucho que desear, las circunstancias son algo muy parecido a una fantasía hecha realidad. Ahora ella ostenta toda la autoridad y está más que dispuesta a explotarla con el mismo ensañamiento al que Bradley recurría en la oficina. Sumado al fotogénico paisaje —la película fue rodada en Tailandia—, que la situación invite a ser entendida como un sueño cumplido para Linda ayuda a racionalizar algunas de las acciones más reprobables de la mujer con el fin de que veamos la isla menos como una prisión que como un paraíso cuya preservación bien vale ciertos excesos de violencia.

Send Help es la primera película de Raimi en 25 años que no posee elementos sobrenaturales ni sobrehumanos, pero el director no permite que eso limite ninguno de sus característicos trucos de cámara ni de sus recursos visuales habituales. Su metraje incluye mucho gore, sustos repentinos certeros y chistes gozosamente oscuros construidos en torno a las cambiantes dinámicas de poder entre los dos protagonistas. Conviene señalar que Rachel McAdams no es una elección obvia —y, tal vez, no la más adecuada— para el papel de Linda, porque su evidente atractivo físico hace que resulte difícil creérsela dando vida a una oficinista gris. Dicho esto, McAdams se mimetiza con el personaje con un entusiasmo gozoso. Raimi tiene la costumbre de mostrar a sus héroes en situaciones embarazosas y humillantes —metiendo la pata, cayéndose, tomando decisiones dudosas, quedando cubiertos de sustancias viscosas—, y la actriz parece disfrutar de cada uno de esos momentos. Inicialmente, el espectador se deleita con la oportunidad de venganza de Linda, pero cuando ella empieza a tratar a Bradley tan mal como él la trataba a ella, O’Brien logra que al mismo tiempo odiemos a su personaje y sintamos lástima por él.
Raimi, dicho de otro modo, intenta complicar nuestra empatía por los personajes y, especialmente, hacernos cuestionar el comportamiento de Linda. Sin embargo, la película habría necesitado profundizar más en la psicosis que va tomando el mando de la conducta de la mujer para resultar realmente verosímil. En cambio, la psicología del relato es bastante convencional en este sentido, porque los motivos de Linda nunca van más allá de la voluntad de reinar en la isla. Asimismo, Raimi no acaba de decidir si Bradley es parte intrínseca de la fantasía de Linda o un obstáculo —después de todo, sus sentimientos hacia él van dando tumbos entre la atracción y el odio—, y eso dificulta la comprensión de las motivaciones del personaje.
En cualquier caso, y aunque ningún fan la pondrá por encima de la trilogía Evil Dead o la saga Spider-Man en la lista de sus obras favoritas de Raimi, Send Help nos brinda la preciosa oportunidad de ver a Raimi de vuelta en terreno conocido después de haberse visto constreñido por las enormes exigencias comerciales de sus dos películas inmediatamente anteriores, Oz, un mundo de fantasía (2013) y de Doctor Strange en el multiverso de la locura (2022), y exhibiendo con máxima destreza un tipo de misantropía caricaturesca que quizá ningún otro cineasta podría escenificar con éxito.
