Revisando los clásicos

‘Del revés’: Riley es la naturaleza de la alegría. Y los demás, también

Nada mejor que empezar a revisar los clásicos del cine a través los ojos de una niña, los mismos que deberíamos tener todos, abandonando sesgos de género y demás mandanga

'Del revés': Riley es la naturaleza de la alegría. Y los demás, también
'Del revés': Riley es la naturaleza de la alegría. Y los demás, también
Montaje: kiloycuarto

No me acuerdo de cuándo fue la última vez que lloré en un cine, pero recuerdo bien qué película me hizo derramar más lágrimas. Epifanía salina y acuosa. Para un esquinado como yo, que utiliza el escudo de la ironía para protegerse de los salivazos de la vida, su visionado me dio la vuelta. Tuve que ir al día siguiente y verla de nuevo y, bueno, pasó exactamente lo mismo. Y así la docena de ocasiones que la he vuelto a visionar, en una secuencia u otra; a veces incluso antes de su magistral arranque, cámara subjetiva que empieza en negro y alumbra la vida. Hablo, obviamente, de Del revés (Inside Out), la mejor obra de la dupla Disney-Pixar. Y ya es mucho decir.

Si no la has visto, que lo dudo, te la cuento en un plis, de tan sencilla que es: Riley, una niña en el borde de la piscina de la adolescencia, se muda con su familia a San Francisco. Los cambios internos y externos de esta nueva vida harán que sus emociones mezclen fluidos entre ellas y de ese magma emerge una con más fuerza, que vertebrará junto con su contraria -alegría-, el resto de su vida: la tristeza. Así contada, parece un polvorón de Fassbinder, pero es tan ligera como un volován de Michael Curtiz y tan fácil de seguir como el Libro del Génesis.

Llorar mares, gargantas resecas como cortezas de cerdo, gotas de cristal que caen por los papos. Océanos de lágrimas teóricas y emocionales.
Las lágrimas teóricas suelen ser más frías, porque son empíricas y, que yo sepa, eso está bastante alejado de la emoción, incluso de la envidia cinéfila. ¿Por qué no se le había ocurrido antes a nadie ejemplificar lo que nos moldea como humanos? Lo que los grandes maestros llevan tratando de hacernos entender con densos e ininteligibles productos desde hace 130 años, llegan estos creativos con camisas hawaianas y lo explican de la manera más orgánica del mundo, la más sencilla y a la vez la más complicada, John Ford en dibujos: las conductas regladas por las emociones, es una consola extensible como la de un Airbus; los pilares morales de la amistad y la familia, son islas suspendidas como catedrales en el ‘aire’; los recuerdos, bolas de bowling identificadas por colores según su dominio emocional (hasta se pueden mezclar colores/emociones, como en un cucurucho de 5€); el pensamiento es un tren que puede descarrilar; y el amigo imaginario, ese amigo que negamos haber tenido, pues se llama Bing Bong, es todo algodón de azúcar, mitad elefante, mitad gato, viste gorro y pajarita, por supuesto, y llora lágrimas que son caramelos; y así mil simbolismos de una diarrea creativa del color del arco iris ideada por Pete Docter y bajada al dibujo por Ronaldo del Carmen y el resto de genios de la factoría, iluminados por el haz de luz de las musas.

Y esta es una manera de estar en el mundo, hija predilecta de Rousseau. En este caso Docter y su equipo, que partieron de la gran idea que define al séptimo arte: que todo se puede narrar con fluidez, creatividad y especialmente, humor. ¿Cómo puedes corporeizar la caricia que nos hizo Dios y su dibujo si no es con la metáfora sonriente? Nuestra conciencia, nuestras emociones. Lo que nos hace “ser”. En una niña, en una mujer. En el ser humano, que lo mismo es.

Y como dije en mi primer tutorial, inicio esta serie agosteña con la excepción que confirma la regla. Revisando la nueva hornada de clásicos del siglo XXI que ha parido el New York Times y de la que la ausencia de Del revés constituye una horripilante vergüenza cinematográfica. Así pues, la piedra sobre la que basaré esta saga del verano, ‘Revisando los clásicos’, empieza ya mellada.

Y la segunda razón, y la que da carta de naturaleza a este artículo, es porque no se me ocurre una manera más original, menos turbia y panfletaria y, probablemente, involuntaria, de centrar la postura de género en una niña para sublimarla y hablar del ser humano y lo que le hace caminar lo que dura un pestañeo de Dios por este valle.

¿Hay algo más femenino, feminista, inspirador y moderno, que explicarnos desde la mirada de una preadolescente lo que nos cose como personas, y nos diferencia del resto de bichos que habitamos esta roca?

¿Hay algo más bello que contar nuestra trascendencia, a través de los ojos de una niña, almendras gigantes, y lo que sucede detrás de ellos? Los ojos de Riley, la pantalla del cine que todo lo proyecta.

¿Cómo se puede explicar eso? Pues igualándonos, claro, utilizando nuestras comunes emociones, las columnas que nos sustentan: alegría, tristeza, miedo, ira y asco. Luego vendrán muchas más, ansiedad, envidia, aburrimiento, vergüenza…a medida que las sombras de la vida empiecen a cubrirnos. Pero eso ya es otra historia.

La tristeza, como la aglutinadora de la alegría, como la némesis contra la que tenemos que luchar, pero que nos acompañará siempre.
Del revés es una película que nos enrasa y cuya luminosidad ciega el pensamiento machista, superior, desigual en todos los aspectos; plantea al ser humano como alguien eminentemente bueno y es la alegría la que hace pivotar nuestro estar en el mundo, pero sabiendo que el elemento de la tristeza tendrá que acabar apareciendo una y otra vez, para friccionar nuestra existencia.

La historia en Del revés nos cuenta el paso de la niñez a la adolescencia de Riley, pero esta podría haber sido un niño: nadie se pregunta eso cuando se sienta a verla, aparece la maravilla desde el primer plano y observamos cómo el entorno, la educación y la familia logran que salga adelante. ¿Te parece cursi, naif? Para nada: cursi es contarlo sin que entiendas nada. Y en Del revés se ve cristalino, costuras del alma.
Y esto es lo que cuenta Del revés y si lo hace desde la mirada femenina, estupendo, puesto que puede ser más compleja y, en algunos casos, más a flor de piel, pero vamos, yo que soy hombre, -creo, déjame que lo mire-, salgo hecho un mar de lágrimas a mis cincuenta tacos plenamente identificado con una niña de Minnesota que juega al hockey sobre hielo.

Y eso es lo que hace de Del revés una obra maestra y un clásico inmediato, además de desmontar todos los tópicos del género y claramente merecedora de estar encabezando esta lista veraniega. Buena madrina, Riley, para empezar esta serie, ¿verdad? Aunque vaya un poco de cabeza.

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