Elisabet Biosca (Barcelona) lleva más de una década como solista de la Compañía Nacional de Danza, y en ese tiempo ha dado cuerpo a algunos de los grandes personajes del repertorio: Carmen, Lady Capuleto, Bathilde. Ha bailado piezas de Nacho Duato, Ohad Naharin, Jiří Kylián, William Forsythe o Alexander Ekman, y ha desdoblado su carrera hacia el cine con varios cortometrajes, la mayoría dirigidos por María Salgado Gispert, en los que la danza y la interpretación se funden. Formada en la exigencia del Institut del Teatre —donde le inculcaron la disciplina de seguir hasta el final pasara lo que pasara sobre el escenario—, ha ido construyendo una presencia que no descansa en la técnica, sino en algo más difícil de nombrar: la capacidad de exponerse sin máscara.
Esa misma convicción es la que ha traído al Observatorio de lo Invisible, cuya sexta edición se celebra en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y donde dirige el taller de danza. No quiere formar bailarines, insiste, sino personas capaces de exteriorizar su esencia. Y lo cuenta con una elocuencia desarmante: habla de la respiración como origen de todo movimiento, del cuerpo del que nos hemos enajenado, de esa voz interior que llama y a la que a veces da miedo obedecer, y de una fe que considera intrínseca al ser humano, incluso en quien la niega. Habla, como baila, sin quedarse en la superficie.

¿Qué le parece esta locura del Observatorio de lo Invisible?
Me parece una idea muy buena. No sabía de su existencia, y creo que es la fórmula perfecta para unir el arte con lo espiritual, porque en realidad están muy relacionados.
Hacemos a todos la misma pregunta trampa: dígame tres cosas invisibles.
La fe, el amor y el alma.
¿Y qué ha encontrado de invisible en el Observatorio?
La disponibilidad de todo el mundo y la entrega. Es curioso, porque al final lo invisible se acaba haciendo visible.
Se ha encontrado con un taller de gente que ha bailado y gente que no. ¿Es una dificultad para una profesora?
En este caso no; de hecho, para mí era fundamental. Tenía muy claro que no quería bailarines con técnica, ni pretendo que salgan de aquí siendo bailarines. No nos aporta nada, ni a ellas ni a mí, que salgan intentando pensar que lo son, aunque seguramente aprenderán técnica y estructuras para coreografiar o componer movimiento. La finalidad es otra: he llevado el videodanza hacia la danza-teatro, para trabajar desde la expresividad y para que ellas exterioricen un poco su esencia.
Estar grabándose todo el rato, ¿supone un esfuerzo añadido?
Lo más difícil para mí era crear una dramaturgia en la que entráramos todos y un espacio libre de juicio, para que, aun sabiendo que había cámaras, no estuvieran pendientes de ellas ni entraran inconscientemente en ese “estoy siendo observada”. Si eso ocurre, matas la esencia de cada una. Y funcionó muy bien: en ningún momento han sido conscientes de la cámara ni le han hecho caso.
FOTOGRAMA VIDEODANZA
El lema de esta edición es el aliento de vida. ¿Qué le inspira?
Que todo empieza con una respiración. El movimiento no existe si no hay respiración, tanto el aliento como la respiración muscular.
Habla del cuerpo. ¿Cree que nos hemos enajenado de él?
Mucho. Nos cuesta habitar nuestro cuerpo, hemos olvidado nuestra conexión con él. Nos hemos alejado de la percepción, de la autoexploración, de ser conscientes de nosotros mismos y de conocernos internamente. Vivimos volcados en lo exterior, en lo material, en el deber, en lo que hay que hacer y lo que hay que mostrar, sin darnos cuenta de que muchas veces lo mostramos desde una máscara, no desde lo que somos.
¿Y cómo ayuda la danza a unificar lo que somos?
Es que no te escapas. Quieras o no, tienes que sentirte y estar vulnerable para poder bailar. A no ser que te dediques a repetir una coreografía, pero eso ya sería más acrobático, no sería danza. Si no entras, no puedes bailar, no puedes expresar ni llegar al público. Es imposible.
Usted funciona por intuición. ¿Hay algo invisible que la impulsa antes de bailar?
Sí. Hay muchos tipos de bailarines; algunos necesitan un estímulo visual o unas pautas concretas, los pasos que copiar y ejecutar. Yo no funciono así en absoluto. Me nutro de imágenes, de emociones, del imaginario, de conceptos: algo que me lleve dentro. Si no lo vivo y no lo siento, no puedo movilizarlo a movimiento. Y sí, hay algo que no sabes qué es, pero que te guía; una especie de fe en lo invisible, en la intuición, o en como quieras llamarlo, que puede ser Dios o lo que sea. Te dice que es por ahí, y tú sigues. Es como caminar a ciegas sabiendo que algo te indica el camino.
Ha dicho que todo el mundo tiene fe.
Porque todo el mundo confía en algo. Puede que no lo llames Dios; lo llamas universo, o instinto, o el símbolo de una mariposa que ves por la mañana. Yo creo que hay algo más grande que nosotros que sientes que te guía. Otros lo llaman simplemente intuición, pero es lo que no falla, lo que te lleva a buen puerto. En cuanto le metes la mente, ya lo estropeas. Incluso los ateos tienen fe en algo, aunque sea en la confianza en uno mismo. Es intrínseco del ser humano: no te escapas, aunque lo niegues.
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¿Cómo se distingue cuándo seguir esa voz y cuándo no?
Creo que hay un momento de toma de conciencia que tiene que ver con el sentido que uno quiere darle a su vida, con encontrarse a uno mismo. Ahí está la búsqueda de la esencia de cada uno, y cuando la encuentras no hay fallo. Puedes dudar, pero la duda aparece cuando le pones la mente y lo cuestionas. Aun así, algo te sigue diciendo que es por ahí.
¿Qué le decía esa voz con el taller del Observatorio?
La mente me decía “no cojas el proyecto, no serás capaz”. Cuando Javier Viver, el director, me propuso la videodanza, hubo un momento de pensar que aquello se salía mucho de mi ámbito de confort. Pero, por otro lado, me gusta retarme, y algo me decía “tira por ahí, esto merece la pena”. No por interés, sino por la certeza de que tenía que vivirlo.
Ha interpretado a Carmen, un mito de la libertad de las mujeres. ¿Cómo fue meterse en su piel?
Carmen me encanta, es un rol increíble. Lo que me costó al principio fue entender ciertas actitudes suyas, porque hay rasgos de su personalidad que no se parecen en nada a la mía; por ejemplo, cuando deja que Don José pierda su rango para poder escaparse. Esa falta de empatía era lo que más me costaba comprender. Pasaron varios ensayos hasta que hice clic y conseguí salir de Elisabet para meterme en Carmen y entender por qué actúa así.
Más allá del escenario, ¿qué la inquieta?
Que la vida es mucho más que un escenario y que la danza. Esa es una parte visible, una etapa de mi vida, pero creo que estoy aquí para algo más. Todo el mundo tiene varias fases; el que es ingeniero no es solo ingeniero toda su vida. No servimos únicamente para una cosa, aunque la hayamos estudiado. Creo que somos muchos universos en uno mismo.
¿Y hacia dónde va a caminar?
No lo sé. Hasta donde me guíe la voz.

