Francia

Gisèle Pelicot: “No creo que Dominique Pelicot fuera un monstruo, pero sí que perpetró actos monstruosos”

Gisèle Pelicot presenta 'Himno a la vida' tras el proceso judicial que destapó una década de sumisión química y violaciones organizadas por su marido. Frente al horror, reivindica la memoria de lo vivido, la fuerza heredada de las mujeres de su familia y un mensaje de compasión dirigido al mundo

La francesa Gisèle Pelicot, convertida en un icono feminista global tras llevar a juicio un caso de violencia sexual, presenta sus memorias 'Un himno a la vida'
La francesa Gisèle Pelicot, convertida en un icono feminista global tras llevar a juicio un caso de violencia sexual, presenta sus memorias 'Un himno a la vida'
EFE

Entra en la sala abarrotada sin estridencias. Camina despacio, con seguridad, aunque con un gesto contenido que no es altivez sino pudor. La mayoría de las asistentes son mujeres. Se ponen en pie y la ovación se prolonga varios minutos, más de lo habitual en una presentación literaria. Gisèle Pelicot sonríe levemente y, con voz baja, pronuncia un “merci beaucoup” que apenas rompe el murmullo emocionado. No es un acto literario convencional. Es la comparecencia pública de una mujer que ha atravesado uno de los casos de violencia sexual más estremecedores de la historia reciente europea y que, sin embargo, ha decidido centrar su relato en la esperanza.

Lo que ha ocurrido con su libro lo anticipaban algunos titulares de la prensa internacional. Le Monde confesó que asustaba leerlo y destacó “la proeza literaria” de alguien que, más que limitarse a vivir, ha decidido “recuperar la alegría de vivir”. La Grande Librairie intuyó que sería un acontecimiento, aunque no calibró la fuerza con la que implicaría al lector. El New York Times subrayó que, en un mundo convertido en documentos multimedia, su testimonio tiene la potencia de lo irrebatible. En Madrid, esa recepción en el Instituto Francés se traduce en un público que la escucha en silencio absoluto.

Drogada por su propio marido

El caso Pelicot estremeció a Francia y sacudió conciencias más allá de sus fronteras. Durante casi una década, su marido, Dominique Pelicot, la drogó de forma sistemática sin su conocimiento. Aprovechaba su inconsciencia para violarla y facilitar que decenas de hombres la agredieran sexualmente. Grababa las violaciones, almacenaba los vídeos y los compartía en redes. Los agresores, hombres de entre veinte y setenta años, procedentes de distintas clases sociales y profesiones, acudían a la cita convencidos de que el consentimiento del marido era suficiente. Algunos declararon que pensaban que ella disfrutaba. Uno llegó a preguntar si estaba muerta. Las imágenes demostraban que estaba inconsciente.

Francia
Gisele Pelicot durante el juicio de apelación en Nimes, Francia
Efe

Durante años, Gisèle acudió a consultas médicas por pérdidas de memoria, ausencias, síntomas que la hacían temer un Alzheimer como el que padeció su madre. “Pensaba que tenía la misma enfermedad”, recuerda. Los médicos hablaron de ansiedad. “Nadie imaginó la sumisión química, me veían a mí, a mis 65 años, sentada junto a él…” Su marido la acompañaba a las pruebas, pedía las citas, se mostraba atento. En diciembre de 2020 le detectaron infecciones de transmisión sexual. Él estaba a su lado. Ya había confesado ante la policía lo que hacía. Ella aún no sabía nada.

“La vergüenza debe cambiar de bando”

Cuando estalló el escándalo y comenzó el proceso judicial, Gisèle tomó una decisión que cambiaría el curso de su historia pública: el juicio sería abierto y su identidad se haría pública. Hasta entonces, se conocían los crímenes, pero no su nombre. “La vergüenza tenía que cambiar de bando”, afirma ahora. No quería esconderse mientras los acusados alegaban ignorancia o banalizaban la violencia. Durante tres meses acudió al tribunal. A la salida, veía pancartas, escuchaba consignas, recibía el aliento de mujeres que la esperaban a las puertas. “Sin ellas no lo habría conseguido. Cuando salía del tribunal, verlas me tranquilizaba, me calmaba”.

Mural de Gisele Pelicot
Shutterstock

La actriz Blanca Portillo ha grabado el audiolibro y, en la presentación madrileña, interpreta un fragmento en el que Gisèle narra el momento en que decide abrir la puerta del juicio. Es un pasaje que condensa la tensión entre el miedo y la determinación. Una se aproxima a ese libro con temor, porque conoce los detalles del caso, el juicio, las grabaciones. Pero, como señala la propia autora, bajo esa superficie hay una mujer que no aspiraba a nada extraordinario, que solo quería una vida feliz, protegida de los sinsabores, pese a las pérdidas y complicaciones que toda existencia arrastra.

“Yo explico la trayectoria de tres generaciones de mujeres”, dice. “Hemos atravesado dramas, enfermedades, dolores, pero también alegría. La resiliencia es un legado”. Perdió a su madre a los nueve años. Vio a su padre, con treinta y cuatro, devastado por el dolor. “He cargado con su dolor. Soy así, está en mi ADN”. Creció rápido, aprendió a sostener. Esa fuerza, sugiere, no nace de un heroísmo repentino sino de una biografía marcada por la necesidad de levantarse.

Gisele Pelicot
La francesa Gisèle Pelicot se ha convertido en un icono feminista global
Efe

Vivió cincuenta años con Dominique Pelicot. “Solo tenemos una vida y necesito pensar que esos cincuenta años no son solo mentiras, porque si no habría muerto”, reflexiona. No niega lo ocurrido ni minimiza el horror. Habla de un duelo profundo, de la sensación de que la persona con la que compartió risas, hijos, viajes, intimidad, resultó ser alguien que no conocía. “¿De quién nos podemos fiar?”, se pregunta. “Cómo es posible beber, reír, amar, hacer el amor, tener hijos, construir una vida con alguien que luego descubres que no respeta tu dignidad, que casi te mata, que te vendía a otros hombres y lo grababa”. No habla de monstruos. “Los actos son monstruosos. Él sigue siendo un ser humano que ha cometido actos monstruosos. Los monstruos están en nuestra imaginación”, expone.

El terremoto no solo la alcanzó a ella. Sus tres hijos y siete nietos quedaron devastados. “Ha sido el momento más difícil de mi vida ver a mis hijos sufrir así. Yo elegí vivir con él; ellos no eligieron a su padre”. Al regresar a casa quisieron borrarlo todo, destruirlo todo. Ella sintió impotencia. No podía reaccionar como ellos porque temía que, si se desplomaba, se desplomaría todo. “Tenía miedo a que todo cayera”. Cada miembro de la familia ha buscado su forma de cicatrizar. Florian compone música. Caroline ha creado una asociación para luchar contra la sumisión química. “Cada uno intenta encontrar su camino para sanar y dar algo positivo a los demás”. Las relaciones hoy son buenas, pero el tiempo es imprescindible. “Nunca podremos olvidar lo que ha pasado”.

Gisele Pelicot
Gisele Pelicot con su nieto habla a los medios de comunicación en el tribunal penal de Aviñón
Efe

En el libro, escrito con la colaboración estrecha de una periodista que convivió con ella cuatro días al mes, paseó por su casa, conoció a sus amigos y escuchó su relato, Gisèle quiso preservar la autenticidad de sus palabras. “Para mí era importante que fuera sincero, auténtico, accesible a todas las generaciones”. Es también una introspección. Nunca había vivido sola. Tras el juicio decidió hacerlo. “La soledad ha sido una amiga, una cómplice”. En esa casa descubrió recursos que desconocía. Se permitió preguntarse quién era, cómo organizar su vida. Tiene un perro que la acompañó en los momentos más difíciles. Reconoce que ha habido tristeza, aunque prefiere no compartirla siempre. “Aquí quiero hablar de alegría, de esperanza”.

Enfrentarse a sus agresores

Durante el juicio, algunos agresores negaron que fuera violación. Alegaron que el consentimiento del marido bastaba. Otros aseguraron que ella disfrutaba. Gisèle recuerda haberlos escuchado declarar, haber visto a sus esposas e hijas en la sala. “Es difícil aceptar que la persona con la que vives pueda hacer algo así”. Ella misma necesitó seis horas en comisaría para poder pronunciar la palabra violación. Cree que esas mujeres pueden haber pasado por un proceso similar de incredulidad. “Solo hay que ver los vídeos para saber que estoy inconsciente”.

Algunos de los acusados de violar a Gisele Pelicot, en el banquillo en los tribunales de Aviñon, Francia
EFE/ Edgar Sapiña Manchado

Le preguntan si alguna vez se sintió culpable. Sabe que muchas víctimas cargan con esa culpa. Habla de las exigencias sexuales en el matrimonio, de la presión histórica sobre las mujeres para satisfacer al marido. “No hay que aceptar lo que una no quiere hacer. Cuando una no quiere, puede decir que no, y hay que aceptarlo”. Reconoce que no es fácil. Que durante mucho tiempo creyó normal lo que vivía, que el tirano podía parecer lo habitual. Insiste en la necesidad de cambiar las leyes y, al mismo tiempo, la mentalidad. De escuchar dentro de la pareja, de no compartir por obligación las mismas necesidades.

Contar su historia

A sus 73 años, Gisèle tiene una nueva pareja. Cuando le preguntan qué espera de la vida, responde sin dramatismo. “La vida me ha dado mucho y también me ha quitado muchas cosas. Cuando veo estas salas llenas de compasión, me da cosas muy bellas”. Quiere tranquilidad, serenidad, rodearse de quienes la quieren. Seguir respondiendo a las peticiones de jóvenes que desean escuchar su historia.

Hay un gesto que resume su postura frente al pasado: ha decidido conservar su nombre. Reequilibrar las cosas. Sus nietas le dan las gracias porque ahora todo el mundo habla de ella. “He dado la vuelta a la situación. Mi nombre es como una pancarta”. La vergüenza, insiste, debe cambiar de bando.

Una mujer sostiene un cartel que dice ‘Gracias por tu coraje Gisele Pelicot’ frente al tribunal penal
EFE/EPA/GUILLAUME HORCAJUELO

La ovación final en Madrid es tan larga como la inicial. No se celebra solo la publicación de un libro ni la resistencia ante el horror. Se reconoce la voluntad de no reducir la propia identidad al crimen sufrido. Gisèle Pelicot habla de memoria, de no permitir que la crueldad borre los años de felicidad real que existieron. Habla de reconstrucción sobre ruinas, de una isla donde vive ahora con paz y serenidad, de haber necesitado cinco años de juicio y tiempo para protegerse, esconderse, recomponerse.

Un mensaje de esperanza

“Creo que no hay nada insuperable. Creo en mi fuerza”, dijo en una entrevista. En Madrid, esa convicción se convierte en un mensaje dirigido más allá de su historia personal. A las víctimas que se sienten destruidas, que creen haberlo perdido todo, les dice que se puede salir. Que el tiempo ayuda. Que la soledad puede ser aliada. Que pedir acompañamiento es necesario. Que el no es no.

Cuando abandona la sala, vuelve a agradecer el apoyo. La compasión, palabra que repite varias veces, no la entiende como lástima sino como reconocimiento compartido de la vulnerabilidad humana. Después de haber estado en el infierno, ha elegido no instalarse en él. Ha decidido hablar de alegría. Y en esa elección, frente a una sala que la despide en pie, se percibe la dimensión de su gesto: convertir la devastación en una llamada colectiva a la dignidad y a la esperanza.