En una habitación de hospital en París, una mujer esconde el teléfono bajo las sábanas para que su familia no la vea. Está enferma, pero no ha dejado de trabajar. Al otro lado de la línea, en medio del mar, alguien pide ayuda. La conexión es frágil, la cobertura intermitente. “Tengo vidas que salvar”, dice. No se mueve de esa cama, pero está, de algún modo, en la frontera.
Esa escena —recogida en Los vigías— condensa el universo narrativo de Taina Tervonen. Un espacio donde las distancias geográficas se disuelven y donde la acción ya no depende de la proximidad física, sino de la atención. De la escucha. De la decisión de no apartar la mirada.
Taina Tervonen (Espoo, 1973) lleva más de dos décadas escribiendo sobre fronteras, desapariciones, exilio y memoria. Nacida en Finlandia, criada en parte en Senegal y Namibia, y residente en Francia, su biografía atraviesa múltiples territorios y le ha permitido entender la frontera no solo como una línea en el mapa, sino como una experiencia vivida. En sus libros anteriores ya había abordado las fosas comunes, los cuerpos sin nombre y las huellas que deja la violencia política. En Los vigías, publicado en español por Errata Naturae, ese interés se desplaza hacia otro tipo de figuras: quienes permanecen cuando la noticia ha pasado.

“Lo que más me interesaba era esa idea de estar presente sin estar físicamente”, explica en conversación con Artículo14. “Hay personas que, desde su casa, desde un teléfono, sostienen vidas que otros han decidido no ver”. La biografía de esta mujer admirable atraviesa varias geografías que han marcado su manera de entender las fronteras. “Para mí nunca han sido solo líneas en un mapa”, señala. “Son experiencias, trayectorias, vidas que se cruzan y que muchas veces quedan interrumpidas”.
En Los vigías, la autora desplaza el foco habitual. No se centra en las instituciones ni en los grandes dispositivos de control, sino en quienes permanecen cuando todo lo demás se detiene. “Siempre me han interesado los que se quedan”, afirma. “Las familias, los testigos, los que buscan. Cuando la noticia desaparece, ellos siguen ahí”.
Por eso el libro se construye a partir de cinco figuras —Marie Dupont, Saliou, Hervé, María y Marie Cosnay— que forman una red informal dedicada a evitar que las muertes en la frontera se conviertan en desapariciones sin nombre. “No son una organización, no tienen estructura, pero comparten algo fundamental: se niegan a aceptar que alguien pueda desaparecer sin dejar rastro”, explica.
La decisión de contar la historia desde ellos fue deliberada. “No podía narrar esto desde las instituciones”, insiste. “Tenía que hacerlo desde quienes actúan, aunque sea de forma mínima. Porque son ellos los que están realmente en contacto con lo que ocurre”.
En ese contacto, el teléfono se convierte en un elemento central. “El teléfono es una línea de vida”, subraya. “A través de él circula todo: el miedo, la esperanza, las coordenadas, las despedidas”. Plataformas como WhatsApp o Facebook adquieren un significado distinto. “Dejan de ser redes sociales para convertirse en infraestructuras de emergencia”, añade. “Ahí se juega muchas veces la posibilidad de sobrevivir”.
Marie Dupont encarna esa paradoja: vive en París, pero su campo de acción es el mar. Monitoriza rutas, recibe mensajes, intenta activar rescates. “Me interesaba esa geografía extraña”, dice Tervonen. “Alguien puede estar en una ciudad europea y, al mismo tiempo, estar completamente implicado en una travesía marítima”.
Saliou, en cambio, ha vivido la frontera desde dentro. Intentó cruzar, vivió años en Marruecos y ahora, desde Dakar, enseña habilidades náuticas y ayuda a repatriar cuerpos. “Saliou reúne muchas posiciones a la vez”, explica la autora. “Es migrante, testigo, rescatador, acompañante de familias. Eso cambia completamente la idea de lo que significa tener conocimiento en la frontera”.
En su historia aparece uno de los ejes más duros del libro: la continuidad entre la esperanza y el duelo. “Hay momentos en los que escuchan a personas que están en peligro en directo”, relata. “Y, tiempo después, pueden ser ellos mismos quienes ayuden a devolver el cuerpo a su familia”. Una experiencia que, en palabras de Tervonen, “es muy difícil de sostener, pero también muestra la realidad sin cortes de lo que ocurre”.
Hervé introduce otra dimensión: la desaparición como proceso. “No es un momento puntual”, explica la autora. “Es algo que se alarga en el tiempo, que se vuelve administrativo, burocrático”. A través de redes sociales, ayuda a familias a buscar a quienes han dejado de dar señales. “Lo que me impresionó es esa incertidumbre constante”, añade. “No saber si alguien está vivo o muerto. Esa es una forma de violencia muy fuerte”.
En Canarias, María sitúa el relato en uno de los puntos más visibles de la frontera sur. “Con ella se entiende cómo pueden convivir el rescate, la acogida y la indiferencia en un mismo lugar”, señala Tervonen. “Cómo una isla puede ser a la vez un espacio de llegada y una máquina de control”.
Y Marie Cosnay, escritora y activista, aporta una dimensión clave en la construcción moral del libro. “Fue la primera en contactar conmigo”, recuerda. “Su manera de hablar de la desaparición me hizo entender que cada persona que llega a la frontera lleva consigo una historia completa. No llega sola”.
Esa idea atraviesa todo el relato: la de que la desaparición nunca es total mientras alguien siga preguntando. “En la frontera no desaparecen personas, desaparecen nombres”, afirma. “Y el trabajo de los vigías es precisamente devolver esos nombres”.
A partir de ahí, el libro se convierte también en una reflexión sobre Europa. “Europa gobierna la migración a distancia”, sostiene. “Externaliza las fronteras, fragmenta las responsabilidades, crea una sensación de que nadie es realmente responsable”. Ese mecanismo, según Tervonen, permite sostener una ficción de legalidad. “Se puede decir que todo está dentro de la ley mientras la realidad ocurre fuera de la vista”.
Por eso insiste en la idea de invisibilidad. “Hay muchos más muertos de los que vemos”, afirma. “Y eso no es casual. Es el resultado de un sistema que permite no mirar”.
Ante ese escenario, la escritura se plantea como una forma de resistencia. “No se trata solo de documentar”, explica. “Se trata de acompañar, de hacer visible, de no dejar que estas historias desaparezcan también”.
En ese sentido, Los vigías no busca ofrecer respuestas cerradas, sino desplazar la mirada. “No puedo cambiar lo que ocurre”, reconoce. “Pero sí puedo intentar cambiar cómo lo vemos”.
Y ahí, en esa insistencia, se sitúa el corazón del libro: en la decisión de no apartar la vista, incluso cuando todo invita a hacerlo. “Mirar es una forma de responsabilidad”, concluye. “Y dejar de mirar también lo es”.
