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He visto ‘La bola negra’: esto es lo que puedes esperar de la nueva película de Los Javis

Lejos del biopic literario tradicional, la nueva película de Javier Calvo y Javier Ambrossi es una sobrecogedora épica mutante que revisa la memoria histórica desde el presente

He visto ‘La bola negra’: esto es lo que puedes esperar de la nueva película de Los Javis.

Tras su paso por Cannes y su selección como candidata española a los Oscar, La bola negra llega rodeada de enormes expectativas. Pero cualquiera que espere un drama histórico al uso o una «película sobre Lorca» convencional se llevará una sorpresa. Con sus monumentales 155 minutos, Javier Calvo y Javier Ambrossi han construido una obra cambiante, difícil de encerrar en un solo género. Más que limitarse a reconstruir unos hechos ya conocidos, su interés está en la experiencia de contemplarlos. La bola negra es una película inmersiva y sensorial que lleva el lenguaje visual de sus directores a una escala pocas veces vista en el cine español reciente.

Lorca como materia prima, no como protagonista

Ante todo, La bola negra no es propiamente una película biográfica sobre Federico García Lorca. Los directores no intentan reconstruir la vida del poeta granadino mediante el realismo histórico tradicional. Su legado funciona, en cambio, como materia prima de la película.

A partir de las páginas conservadas del manuscrito inacabado La bola negra, escrito por Lorca en 1936, y de La piedra oscura, de Alberto Conejero, Los Javis levantan un entramado alrededor de la represión de la homosexualidad, las genealogías silenciadas y el duelo colectivo. Lorca no aparece como un personaje central sometido a examen biográfico, sino como una presencia que atraviesa el relato y resuena a lo largo de casi un siglo de historia española.

Una estructura interconectada y contaminante

Sobre el papel, hacer convivir tres épocas históricas tan distintas podría conducir fácilmente al caos, pero el entretejido narrativo funciona mucho mejor de lo que cabría esperar. La película alterna entre la Granada de 1932, donde un joven experimenta la exclusión social a través del sistema de votación de un casino; 1937, en plena Guerra Civil, con el frágil vínculo entre dos soldados en un hospital militar; y 2017, cuando un historiador descubre secretos familiares mientras atraviesa su propio duelo.

Las tres historias no funcionan como episodios independientes. Se contaminan unas a otras. Motivos, imágenes y ecos emocionales reaparecen de una época a otra hasta formar un tejido en el que pasado y presente parecen dialogar constantemente. Esa circulación entre tiempos es una de las mayores virtudes de la película y evita que sus casi tres horas se conviertan simplemente en una sucesión de relatos yuxtapuestos.

Una concepción visual poco habitual el cine español

Visualmente, cuesta encontrar un equivalente reciente en el cine español. Rodada íntegramente en 35 mm por la directora de fotografía Gris Jordana, La bola negra despliega una riqueza de texturas y una escala extraordinarias. Pasa de una puesta en escena casi operística a momentos íntimos dominados por la sombra sin perder nunca una fuerte conciencia de la composición.

Hay algo deliberadamente artificioso en sus imágenes. Los colores, las texturas del celuloide, los decorados y la iluminación no buscan esconder la mano de los autores, sino hacerla visible. Los Javis convierten la reconstrucción histórica en espectáculo plástico, combinando el melodrama con imágenes de una fisicidad poco frecuente. Incluso cuando el exceso amenaza con imponerse al relato, resulta difícil apartar la mirada.

Una intervención del presente sobre el pasado

Esa misma voluntad de intervenir convierte también a La bola negra en una película susceptible de generar discusión. Su maximalismo, su intensidad emocional y algunas de sus relecturas históricas difícilmente convencerán a todo el mundo.

La película, sin embargo, no pretende reconstruir el pasado desde una supuesta neutralidad. Lo contempla abiertamente desde el presente. Los Javis recuperan historias de deseo, represión y trauma colectivo para releerlas desde las preocupaciones contemporáneas y, en determinados momentos, incluso alterarlas simbólicamente.

Ahí se encuentran probablemente algunas de sus decisiones más discutibles, pero también buena parte de su personalidad. La bola negra prefiere exponerse al exceso antes que adoptar una posición distante. Puede entusiasmar o irritar, pero rara vez resulta indiferente.

Un reparto coral que electrifica la película

Más difícil de discutir es el nivel de su reparto. Penélope Cruz aporta una presencia arrolladora como la cupletista Nené, mientras que Lola Dueñas y Carlos González sostienen algunos de los momentos emocionalmente más complejos de la parte contemporánea. Milo Quifes y Miguel Bernardeau destacan también dentro de las historias ambientadas en el pasado.

La gran revelación, sin embargo, es Guitarricadelafuente (Álvaro Lafuente) en su debut como actor. Como Sebastián, un soldado atrapado entre la guerra y la represión de su propia identidad, construye una interpretación especialmente física y vulnerable. Los pequeños gestos, la tensión corporal y una cierta fragilidad nerviosa terminan convirtiéndolo en uno de los principales centros emocionales de la película.

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