Entrevista

‘Josefina’: la obra de teatro sobre la viuda de Miguel Hernández que protegió el legado del poeta

El dramaturgo Oriol Pàmies y la actriz Natalia Zamora hablan sobre el proceso creativo de su obra teatral, centrada en la figura de Josefina Manresa, viuda de Miguel Hernández, desde una perspectiva íntima y doméstica

Una escena de 'Josefina'.
Una escena de 'Josefina'.
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Oriol Pàmies y Natalia Zamora son los dos jóvenes talentos detrás de Josefina, el one-woman show centrado en la viuda de Miguel Hernández que, tras su paso por el Teatro Infanta Isabel el año pasado, puede disfrutarse ahora en la intimidad del Teatro Lara de Madrid los días 2 y 9 de septiembre. Josefina Manresa (Quesada, Jaén, 1916-Elche, Alicante, 1987) fue musa del autor de El rayo que no cesa, y a ella debemos en gran medida que la obra del poeta haya llegado hasta nosotros.

Su propio libro de memorias, Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández, vio la luz en 1980, casi cuarenta años después de la muerte del «genial epígono» de la generación del 27. Hernández falleció de tuberculosis en prisión después de haber sido detenido por su compromiso con la República y condenado a muerte, pena que posteriormente le fue conmutada por treinta años de cárcel. Tenía 31 años y, aun debilitado por la enfermedad, no dejaba de enviar cartas afectuosas a su mujer, algunas de las cuales están presentes en la obra.

Formado en dirección escénica, interpretación y música, Pàmies ha trabajado con creadoras como Claudia Castellucci y Luz Arcas, mientras que Zamora, formada en danza e interpretación, ha participado en series como La ruta, Tierra de mujeres y Mar afuera. Ambos colaboraron en Forzar el azar (2023), escrita y dirigida por Pàmies, y ahora vuelven a trabajar juntos en Josefina.

Zamora desaparece dentro del personaje de Manresa y, de vez en cuando, vuelve a asomar tras él. Con un estilo desenfadado que llega incluso a romper la cuarta pared, Josefina combina costumbrismo español, humor y la tragedia de la verdad histórica, alejándose deliberadamente de la «Historia con mayúsculas».

Natalia Zamora como Josefina.
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Oriol, Miguel Hernández ocupa un lugar enorme en nuestra memoria cultural, mientras que Josefina Manresa ha quedado inevitablemente a su sombra. ¿En qué momento te das cuenta de que la historia que quieres contar no es la de Miguel, sino la de Josefina?

Oriol Pàmies: Muy guay que hagas esta pregunta, porque la verdad es que no nos la hacen mucho. Todo esto comenzó porque mi padre fue amigo de Josefina desde siempre. Son de Orihuela; yo me llamo Oriol por Orihuela, que en valenciano es Oriola. Luego, en Elche, también mantuvo relación con Josefina. Mi padre fundó la Fundación Miguel Hernández, la Senda del Poeta y diferentes asociaciones en torno a la difusión, divulgación y conservación del legado de Miguel Hernández. A raíz de todo lo que mi padre me había ido contando durante toda mi vida, yo quería hacer algo sobre Miguel Hernández. Ese era mi objetivo: montar el espectáculo Miguel. Pero durante el proceso de investigación y creación, cuando empecé a trabajar con Natalia, nos fuimos hacia otro lugar. Nosotros venimos de una rama del teatro muy vinculada al teatro físico.

Inicialmente la obra se llamaba Hilo y viento y actuábamos los dos, porque ella era el hilo y yo era el viento. Ella era Josefina y yo era Miguel. Empezamos a construir toda la dramaturgia desde ahí; incluso tenemos imágenes de entonces: yo con el violín, ella bailando… Era algo mucho más abstracto. Pero nos dimos cuenta de que la figura de Miguel está tan ubicada en el imaginario de la gente, tan engrandecida, por decirlo de alguna manera, que se comía un poco al personaje de Josefina. No para mal, ni mucho menos. Pero, hablando sobre todo con Natalia, que era quien estaba encarnando a Josefina, entendimos que, si queríamos poner en valor su figura, Miguel tenía que convertirse en esa luz que se va moviendo, ese recuerdo, esos poemas. Que Miguel se entendiera a través de Josefina. Para nosotros también es un acto discursivo: poder hablar de Miguel desde Josefina y hacerlo en Josefina, en lugar de hacer otra obra más sobre Lorca u otra obra más sobre Miguel Hernández. Creo que ese ha sido un poco el movimiento que hemos ido haciendo.

Natalia, la obra no intenta que desaparezcas completamente dentro de Josefina, sino que establece un diálogo entre tú y ella. ¿Dónde termina Josefina Manresa y dónde empiezas tú sobre el escenario?

Natalia Zamora: Como decía Oriol, esta es, al final, una historia de legado: Miguel Hernández le transfiere a Josefina todo su legado y, de alguna manera, Josefina se lo transmite al padre de Oriol, y Oriol, a mí. La cuestión era cómo podía acercarme al personaje de Josefina desde mi propio cuerpo, siendo yo una chica de 29 años. Esa es un poco nuestra aproximación a esta historia y a este legado. Hay partes en las que creo que la diferencia se distingue bastante bien. Simplemente el hecho de quitarme las gafas ya marca algo: las gafas son Josefina, así que, en el momento en que me las quito, cambia el registro. Pero nos parecía interesante jugar con esa línea. Hay momentos en la pieza, quizá más sutiles, en los que se formulan preguntas o frases desde el personaje, pero en realidad es Natalia quien está haciendo una pregunta a esta historia. A veces esa fina línea se vislumbra muy fácilmente y otras no resulta tan evidente.

La actriz Natalia Zamora.
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La familia de Miguel Hernández ha respaldado el proyecto y Lucía Izquierdo ha destacado precisamente su rigor y sensibilidad. Cuando trabajáis con alguien que existió y cuya familia todavía custodia su memoria, ¿dónde situáis el límite entre la libertad artística y la responsabilidad de ser fieles a esa persona?

Oriol Pàmies: Eso me ha llevado a muchísimas discusiones con mi padre durante todo el proceso. Que te lo diga Natalia. Mi padre quería hacer una crónica: «Tío, tienes que contar esto, tienes que hablar de esto; esta fecha es así y, hombre, no digas que fue en abril si fue en marzo del 37». Y yo: «Ya, papá, pero es que el hilo me pide saltarme estos datos, porque si lo cuento todo, la gente se duerme». Siempre había una discusión en torno a cómo generar tensión dramática. Al final, quienes hacemos teatro buscamos esa tensión que mantenga al público activo, porque no estamos haciendo una biografía ni una crónica: estamos haciendo teatro y tiene que haber un interés dramático.

Al mismo tiempo, todo lo que íbamos escribiendo y haciendo pasaba no solo por mi padre, sino también por miembros de la Fundación Legado Miguel Hernández y otras personas que conocen la información biográfica mucho mejor que yo. Hablábamos con ellos para comprobar dónde estaba Miguel en cada momento, cuándo estaba en prisión, por dónde había pasado… Íbamos hilando todo eso para no faltar a la verdad. Creo que uno de los puntos fuertes de la obra es precisamente la verdad que hay en lo que estamos diciendo y, sobre todo, en las cartas. Hay una escena —tú la has visto— en la que literalmente cogemos las cartas de Miguel y se leen. No hay efecto, no hay ficción. Hay una selección, obviamente, porque había unas cuatrocientas y no podemos leerlas todas, pero Natalia se quita el personaje, coge las cartas y las lee. A veces la verdad es más potente. Sobre todo cuando hablamos de memoria histórica, es más poderoso decir «esto pasó así» que andar con florituras. Creo que ese es el diálogo que mantenemos en la obra.

Natalia Zamora: Sí. Y también existía esa responsabilidad y, al mismo tiempo, esa relación tan cercana con la historia. Había cierto compromiso a la hora de construir el personaje y yo recuerdo tener algunos miedos. Porque si conoces a Josefina a través de Miguel, él la idolatraba y la idealizaba hasta los niveles más altos posibles en su poesía. Pero nosotros teníamos que construir un personaje y, para que fuese rico, necesitaba tener todo un abanico de colores. No solamente colores luminosos: también preguntarnos cómo sería Josefina si desconfiara, si se enfadara, cómo sacaría su mal genio… Nos daba cierto miedo pensar: «A ver si a alguien le va a sentar mal o vamos a estar traicionando la memoria de Josefina». Pero, al mismo tiempo, estamos haciendo teatro y, cuanto más conflicto y contradicción haya, mejor.

El dramaturgo Oriol Pàmies.
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Oriol, ¿qué encontraste en las memorias de Josefina que te hizo pensar: «esto necesita convertirse en teatro»? ¿Hubo algún episodio, frase o imagen concreta que desencadenara la obra?

Oriol Pàmies: Como venimos del teatro físico y del trabajo con el cuerpo —yo desde la música y Natalia desde la danza—, trabajamos simultáneamente con el texto literario y con la imagen visual. Recuerdo que teníamos un documento con fotografías reales de Miguel y Josefina. Yo hablaba con Natalia y le decía: «Mira, tú haz así, como un toro, yo me pongo de esta manera y generamos una imagen que recuerde a Miguel con el toro». O yo me colocaba de determinada forma con un libro y evocábamos una imagen suya leyendo El rayo que no cesa.

Trabajamos generando muchos gestos e imágenes y viendo de qué manera podían integrarse. Por eso existe esa segunda escena, la de la metamorfosis, con una música sobre la que ella baila, se mueve y construye diferentes gestos. Después de todo aquel trabajo gestual han quedado fundamentalmente dos escenas, pero en esa en concreto se ve cómo buscamos la transformación de Natalia, una chica de 29 años, para entrar en ese cuerpo, ese legado y esa historia. Creo que ahí está también nuestra defensa del teatro: no hace falta tener 80 años para interpretar a un personaje de 80. No hace falta hacer nada extraordinario; simplemente hay que entrar en ese cuerpo y habitarlo.

Natalia Zamora: Y quiero añadir una cosa, porque has preguntado por algo que de repente resultara teatral. Hay unas entrevistas maravillosas a Josefina en YouTube y de ahí sacamos su risa, porque es muy particular. Cada uno se ríe de una manera, pero Josefina tenía una risa muy característica. De ahí salió la risa que aparece en algún momento de la obra.

Natalia, atraviesas con Josefina momentos de duelo, esperanza y una incertidumbre enorme. ¿Qué haces con todo eso cuando termina la función? ¿Has tenido que aprender alguna forma de separar emocionalmente a Josefina de Natalia?

Natalia Zamora: Realmente no me cuesta especialmente separarme de lo que he vivido. Sí tengo siempre la sensación de que, cuando termina la función, necesito cierto momento de transición. Además, nosotros normalmente lo hacemos absolutamente todo: montamos, desmontamos, hacemos las luces, la maquinaria, la producción… Entonces, para mí es importante ese momento de acabar la función y cambiarme rápido porque, además, normalmente hay que salir enseguida del teatro. Descolgar mis cortinicas, guardar mis cosas y colocarlas como tienen que estar me viene muy bien antes de salir, hablar con la gente o irme a cenar. Es ese momento de decir: «Venga, vamos a colocar las cosas y volver un poco al centro». Pero sí, es una pasada ese tránsito de emociones. Siento que es un viaje que empieza con algo muy onírico; después viene una parte llena de luz, risas y movimiento y, poco a poco, va entrando cada vez más el peso y el drama del asunto.

Natalia Zamora en 'Josefina'.
Natalia Zamora en ‘Josefina’.
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Hay algo que me sorprendió mucho: el humor aparece incluso en momentos atravesados por el dolor. ¿Por qué era importante que Josefina también pudiera ser divertida? ¿Había un peligro de convertirla únicamente en «la viuda sufriente de Miguel Hernández»?

Oriol Pàmies: Hay algo que cualquiera enamorado de Miguel Hernández puede percibir. No sé si tú lo has leído alguna vez, si has leído sus cartas o si te ha acompañado durante años, pero hay algo que se respira incluso en las cartas que escribe desde la cárcel mientras se está muriendo: él no pierde el humor. Lees a Miguel medio muriéndose de tuberculosis en prisión —como decía Natalia ayer, le salía un litro y medio de pus del costado— y aun así siempre buscaba una manera de terminar la carta diciendo: «Pichinaqui, Pichorro, Manolillo». ¿Sabes? Obviamente nosotros no conocimos a Josefina. Mi padre siempre me decía que era muy desconfiada por todo lo que había vivido, porque entraban a robarle, pero que luego, en la intimidad, era muy generosa. Entre las entrevistas que hemos visto, lo que yo he podido hablar con mi padre y con otras personas que la conocieron, y el propio carácter de Miguel que ella recordaba, siento que el humor tenía que estar en la obra.

No solo por una cuestión de tono —porque el humor siempre ayuda al público a entrar mejor en las obras—, sino también por el propio carácter de Josefina y por tantas abuelas que se quedan viudas. Mi abuela se quedó viuda de mi abuelo y estuvo veinte años sin él, y siempre decía: «Ay, Oriol, ¿qué tal con el teatro?», y se reía. De alguna manera hay algo de locura en la soledad, en la viudez. No sabemos cómo fue exactamente Josefina, si su risa era un «jijí» o un «jojo». No lo sabemos. Pero eso es también lo bonito del teatro: interpretar a nuestra Josefina. Cada uno interpretará la suya, pero la nuestra tiene este punto. Ahí está también esa libertad creadora. No estamos haciendo una crónica biográfica; estamos haciendo teatro. Y esa libertad es la que permite que Natalia haga todo ese viaje de estilos y géneros.

Josefina pasó buena parte de su vida preservando la obra y la memoria de Miguel Hernández. ¿Existe una ironía en que una mujer que dedicó tantos esfuerzos a conservar el legado de otro necesite ahora que alguien recupere el suyo?

Natalia Zamora: Yo creo que sí. Nosotros nos basamos mucho en Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández y, cuando entras en el terreno de las crónicas, de lo que ocurrió realmente, los historiadores se pelean: «No, porque Josefina lo pasó fatal cuando Miguel se fue a Madrid y le puso los cuernos con Maruja Mallo», y no sé cuántas cosas más. A nosotros nos parecía importante escuchar la voz de ella. Por eso hay determinados asuntos que no aparecen en la obra, aunque hayan sido motivo de debate. Por ejemplo, todo el tema de si Miguel, cuando se fue a Madrid, estuvo con otras mujeres. Nos parece que ahí se entra un poco en lo sensacionalista: «Mira cómo era Miguel», etcétera. Josefina, en cambio, no habla de nada de eso en sus memorias.

Evidentemente, se echarían de menos; seguro. Bueno, eso pienso yo. Que cada uno piense lo que quiera, porque para eso están también un poco la historia y estos salseos vintage. Pero sí siento que el texto dramático, en lo que Josefina cuenta sobre su vida, es bastante fiel a lo que ella relata en el libro, pese a las alteraciones dramáticas o a las cosas que podamos añadir nosotros. Que de repente Josefina rapee, evidentemente, no significa que Josefina hiciera eso. Pero sí siento que somos fieles a sus memorias y a lo que dejó escrito.

Natalia Zamora en una imagen promocional de ‘Josefina’.
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Habláis de memoria histórica, pero la obra se aproxima a ella desde algo tremendamente doméstico: una mujer, una ausencia, recuerdos guardados casi en una caja de galletas. ¿Os interesaba precisamente escapar de la Historia con mayúsculas para llegar a ella a través de una vida pequeña?

Oriol Pàmies: Creo que algo que hemos intentado tener presente durante todo el proceso, y que a mí personalmente me cuesta mucho como artista, es la sencillez. Buscar algo sin pretensiones. Muchos artistas, cuando estamos creando —no sé si tú también escribes, dibujas o haces algo—, queremos hacer grandes cosas. Vemos una obra de teatro y pensamos: «Buah, yo quiero hacer este espectáculo, quiero hacer no sé qué». Pero la vida de Josefina no es la vida de una protagonista. No es la vida de una persona que hiciera grandes cosas, sino más bien la de alguien que intentó que no se la viera. Intentó que no la vieran como una mujer «de rojo», que no encontraran los poemas de Miguel… Fue, de alguna manera, una vida intencionadamente escondida.

Por eso, durante nuestro proceso —o al menos en el mío— he intentado que Josefina busque esa sencillez: tres cortinas sin más, un caldero y ella preparando un puchero como hacía mi abuela, y seguramente las vuestras. Cocinando, sin hacer nada más que una sola acción: cocinar. Creo que ahí está eso que tú dices: pasar de la historia de los grandes revolucionarios que lucharon en la guerra a esa otra historia, la de quienes se quedaron cocinando. Como Josefina, que, después de que asesinaran a su padre y muriera su madre, tuvo que cuidar de sus hermanos pequeños porque era la mayor; y, después de la muerte de Miguel, cuidar de su segundo hijo, porque el primero también había muerto. Cuidando y cuidando.

Natalia Zamora: Y ella no se sentía… Seguramente tendría su propia visión política de las cosas, muy influida por el pensamiento de Miguel, pero no se concebía a sí misma como una mujer política. Nosotros, evidentemente, tenemos nuestras ideas y nuestra mirada política, que creo que de alguna manera se entrevé. Pero al decidir contar la historia de Josefina, eso no podía tener el mismo peso que habría tenido si hubiésemos contado la historia de Miguel.

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