Las últimas visitas a Madrid del director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel (Barquisimeto, 1981) han tenido un gran efecto mediático. El maestro se formó desde los cuatro años en el Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela, popularmente conocido como «El Sistema». Este movimiento de aprendizaje musical, único en el mundo, fue impulsado en 1975 por el economista, músico y político venezolano José Antonio Abreu. Abreu rompió con los esquemas tradicionales de la educación al utilizar la práctica colectiva de la música clásica como una herramienta de rescate social, desarrollo humano y transformación comunitaria para niños y jóvenes, especialmente de sectores vulnerables.
A diferencia del método tradicional de largas tutorías y estudios individuales previos, en El Sistema los niños se integran a la orquesta o al coro desde el primer día. Allí aprenden a convivir, colaborar y apoyarse mutuamente; la orquesta funciona como el simulacro de una sociedad armoniosa y disciplinada. En este ámbito tan propicio para el desarrollo musical de un adolescente, Gustavo Dudamel se convirtió muy pronto en la máxima representación y en el embajador global de este singular invento. En los últimos años, tras las dificultades sociales y políticas del país caribeño, Dudamel ha pasado a ser el “hijo pródigo” de El Sistema. Sin embargo, su relación con la institución no es un mero recuerdo de su formación; es una parte central de su identidad y de su carrera musical actual, a pesar de sus compromisos internacionales con la Ópera de París y las filarmónicas de Los Ángeles y Nueva York. Dudamel sigue regresando a Venezuela para dirigir, ensayar y hacer giras mundiales con los músicos formados en el país.

Con apenas 18 años, en 1999, se convirtió en el director musical de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela, la agrupación de élite y buque insignia de todo el engranaje de El Sistema. La orquesta, fundada en 1975, fue dirigida en sus primeros años de andadura por el propio Abreu. En poco tiempo alcanzó un éxito extraordinario en el mundo entero gracias, entre otras cosas, al apoyo incondicional de los maestros Claudio Abbado y Simon Rattle, dos pesos pesados de la dirección orquestal en los albores de nuestro siglo. La simiente de El Sistema germinó, como no podía ser de otra manera, y desde hace dos décadas muchos de aquellos jóvenes que empezaron su camino con el director de Barquisimeto ocupan hoy los atriles de algunas de las mejores orquestas del orbe.
Pues bien, Dudamel, además de ser uno de los maestros más cotizados de la actualidad y de dirigir habitualmente a las mejores formaciones del mundo, se ha convertido en una estrella mediática dentro y fuera de nuestras fronteras. Esto ha sido especialmente notorio desde que comenzó su relación sentimental con la popular actriz española María Valverde (Madrid, 1987), ganadora del prestigioso Premio Goya a la Mejor Actriz Revelación en 2003 por La flaqueza del bolchevique.
El pasado miércoles inauguraba la temporada del exclusivo ciclo de Ibermúsica en el Auditorio Nacional. En estos conciertos sinfónicos se suele dar cita la flor y nata de la sociedad madrileña para disfrutar en exclusiva de las mejores orquestas del mundo, con precios que oscilan entre los 70 euros y los 200. Además del tirón mediático del propio Dudamel, se daba la circunstancia de que su actual orquesta, la Filarmónica de Nueva York, no pisaba Europa —y, por tanto, la sala madrileña— desde hacía más de 16 años (cuando lo hizo el 24 de enero de 2010 con su anterior titular, Alan Gilbert). Si a todo ello le añadimos la popular Quinta de Mahler en los atriles, la expectación era máxima, con las entradas agotadas desde hacía meses. El fenómeno no solo se vivió en Madrid, sino también en Barcelona, donde interpretaron este mismo programa el 12 de octubre en L’Auditori (inaugurando el ciclo BCN Clàssics).

Concierto de campanillas
En estos conciertos de campanillas, los aficionados más exigentes dicen que el público ya suele venir aplaudido de casa. Y no les falta razón. El éxito al final de la sinfonía mahleriana, como no podía ser de otra manera, fue mayúsculo. Tanto la orquesta como algunos de sus más destacados solistas (incluido el primer trompeta, que no tuvo su mejor noche) y su director musical fueron sonoramente aplaudidos, jaleados y vitoreados. ¿Pero fue para tanto? Sinceramente, no. Aunque asistimos a un buen concierto, en él habría que destacar la versatilidad y el carisma de Dudamel, buen conocedor del repertorio mahleriano, así como la notable aportación de una orquesta que, sin ser excepcional, tuvo muchos momentos destacables.
Y los tuvo, sobre todo, en la familia de las cuerdas (Adagietto); en la estupenda sección de trompas (en particular las aportaciones del solista David Cooper, que bordó sus intervenciones a lo largo del Scherzo); en el primer clarinete, Anthony McGill (único músico de color de una orquesta que cuenta con un centenar de profesores, pero poblada de rostros orientales), y en el resto de sus colegas de la muy competente sección de viento-madera. En otra liga jugaron los metales altisonantes (trombones ásperos y desafinadas trompetas) y la percusión, que estuvo más ruidosa de lo habitual.
El director venezolano, que se enfrenta a Mahler de forma desigual (este verano fue muy criticada su interpretación de la Segunda de Mahler al frente de la Filarmónica de Viena en el Festival de Salzburgo), no termina de encontrar, al menos en esta sinfonía, el amplio arco que conecta el bloque inicial (trágico y oscuro) con el bloque final (lírico y triunfal). En esta estructura, el Scherzo central actúa como eje de la obra, y fue precisamente en estos pentagramas centrales donde escuchamos los mejores momentos de la tarde. Se trata del movimiento más largo de la obra, de estructura compleja y un desarrollo contrapuntístico complicado, que rompe la tensión del movimiento anterior mediante el uso de danzas tradicionales austriacas como el Ländler y el vals vienés, con la participación recurrente de una sensacional trompa solista.

El vigoroso y contrastado Scherzo desembocó en un interludio sereno: el famoso Adagietto, popularizado por la película Muerte en Venecia (1971) de Luchino Visconti. Este movimiento se caracteriza por una especie de melodía suspendida, cuasi etérea y con un tono de profunda nostalgia. Pero Dudamel no terminó de encontrar aquí la sutileza emocional que tanto llega al público, quizás por un exceso de morosidad (como también ocurrió en la marcha fúnebre del movimiento inicial). Por el contrario, el Rondó final fue una explosión de energía y alegría. Mahler recupera aquí fragmentos y temas del Adagietto, pero transformados en motivos rápidos y luminosos. El coral de metales, que no había terminado de alcanzar la cima en el segundo movimiento, regresó aquí en todo su esplendor para cerrar la sinfonía de forma triunfal.
El programa del miércoles se abrió, al igual que en la tarde anterior (primer concierto madrileño, al que no pudimos asistir), con una pieza nueva de unos once minutos de duración titulada Imágenes mestizas, de la compositora cubana Tania León (La Habana, 1943), estrenada la semana anterior en Nueva York justo antes de emprender la gira europea. Se trata de una página escrita para gran orquesta que maneja con oficio elementos del jazz y de la música latinoamericana —géneros genuinamente americanos—, y que goza de momentos brillantes mediante el uso de una percusión muy variada y el empleo inteligente de la madera. Destacó muy especialmente el clarinete, cuyo solista (al igual que en la sinfonía de Mahler) lució su magnífica clase. Dudamel, esta vez pendiente de la partitura, sacó el mejor partido de su orquesta y puso orden en una interpretación plausible. La acogida fue más cortés que entusiasta, y el público se retiró al descanso tras consumirse poco más de diez minutos de la primera parte del concierto.

