La habitación propia

La poesía está de vuelta y viene para quedarse

El poemario vive un momento que nadie esperaba hace una década; tres autoras explican, cada una desde su propio libro, por qué la poesía ha dejado de ser un género que se leía a escondidas y se ha convertido en el favorito de muchas

La poesía esta de vuelta y viene para quedarse.
La poesía esta de vuelta y viene para quedarse.
Montaje: Ana Capdepón

Durante mucho tiempo, la poesía era ese género que se estudiaba en el instituto, con referencias masculinas y se abandonaba después. Poetas y lectoras están cambiando este paradigma y ahora las librerías dedican mesas enteras a poemarios que se agotan, los festivales llenan aforos con lecturas en directo y las redes sociales han convertido el verso corto en una forma de consumo cotidiano.

“La poesía tiene algo más elástico que no tiene la prosa, que es que su interpretación varía en función del momento, la emoción o la persona que la lee”, cuenta Alicia Santurde, autora de Un corazón en el espacio no pesa, y recuerda a Adrienne Rich, para quien la poesía funciona como un intercambio de corrientes eléctricas mediante el lenguaje. La idea de un género que no necesita alta tecnología para ser efectivo explica por qué tantas lectoras encuentran en el verso una forma de comunicación más natural que la que ofrecen otros formatos.

“Siento que es la poesía la que me ha elegido a mí y no al revés”, afirma Sara Olivas, autora de La perra de esta casa, y añade que empezó a escribir “porque no podía hablar”. Para ella, el verso permite acercarse a temas incómodos, violentos, que la prosa exigiría explicar del todo, mientras que la poesía puede sugerir y dejar espacio al silencio. En esos silencios, convertidos en material literario, es donde muchas autoras están encontrando un refugio que la narrativa tradicional no ofrece.

Gloria Fortún, autora de Adulta funcional, apunta a una distinción más funcional, como el título de su poemario, destacando que el poema aparece cuando lo que se quiere transmitir tiene que ver con una emoción y no con una narración. “Lo importante en ellos no es contar sino hacer sentir, dejar un poso en quien me lea o escuche”, resume. Este enfoque nos ayuda a entender por qué el poemario funciona tan bien en un contexto cultural saturado de historias y hambriento de experiencias que se sientan en el cuerpo antes que en la cabeza.

Tres autoras, tres poemarios y tres razones distintas para escribir poesía que, sin embargo, responden a la necesidad de nombrar lo que otros géneros dejan fuera.

Alicia Santurde y la ciencia ficción como territorio habitable

Un corazón en el espacio no pesa nace, según su autora, de una investigación paralela para otro poemario más narrativo que todavía no ha terminado. En ese proceso, atravesada por el lenguaje científico, Santurde descubrió que las galaxias, las naves y las enanas blancas eran su forma más orgánica de nombrar el cuerpo, la enfermedad y el amor. “Me siento muy cómoda en el lenguaje de la ciencia ficción y la tecnología porque para mí representa la belleza y el desconocimiento de algo más grande que nosotras”, explica, y añade que ese lenguaje le permite llevar emociones como el dolor, la incertidumbre o el deseo hasta la frontera y crear un universo nuevo donde sean habitables.

Santurde nunca se pensó como poeta; venía de la narrativa y el ensayo y en esa distancia con las reglas de la poesía, encontró la libertad. “El canon es represivo con la creación. El hecho de pensar que tienes que reformular tu escritura de una forma para que cumpla los preceptos que se le supone a un poema es muy limitante a nivel y le hace flaco favor a la literatura”, sentencia, y defiende las palabras como herramientas para mostrar caminos y no como muros donde construir habitaciones sin luz. Esa libertad tiene un ejemplo muy concreto en el poema Ted Chiang en el hospital, escrito casi al dictado de una experiencia real: la autora leyendo sobre astronautas mientras cuidaba a su madre ingresada. Un poema que, confiesa, le resulta difícil leer en voz alta pero al que le tiene un cariño especial.

Sara Olivas y el bisturí como forma de estilo

En La perra de esta casa, Sara Olivas convierte la violencia familiar en materia poética. “Es un ajuste de cuentas conmigo misma, con mi niña interior”, matiza, apoyada en una frase que lleva por bandera desde que publicó su primer libro: lo personal es político. “Cuando lees o escuchas a mujeres, a poetas o autoras con historias similares a la tuya, te empoderas, construyes referentes, encuentras tu propia voz. Y eso nos libera”, remarca. Esa convicción explica también su método de trabajo, que parte siempre de una imagen que atrapa y estira hasta encontrar lo que el poema necesita decir, sin que se note qué es lo vivido y qué es lo imaginado. Ahí, dice, está la maravilla de la autoficción: “no me interesa tanto reconstruir fielmente lo vivido como encontrar la verdad emocional que contiene y la manera más genuina de narrarlo”.

El lenguaje conciso que define su escritura no responde a una pose estilística, sino a la construcción de una voz que prefiere sentir antes que explicar. “Construyo los poemas con la precisión de un bisturí” describe una imagen que resume bien el tránsito entre Las manos, su primer poemario apoyado en los versos de Sylvia Plath, y este segundo trabajo, donde la voz ha madurado sin perder la economía de palabras. La pregunta que atraviesa el libro, “qué queda de esa niña, qué queda de mí”, sigue sin respuesta y deja heridas abiertas que nunca ha pretendido cerrar, sino ser capaz de ponerles nombre.

Gloria Fortún y el cuerpo como territorio sagrado

Adulta funcional se construye sobre el concepto de que todo puede ser verdad al mismo tiempo. Estar en duelo y ser deseante, hacer la comida y querer escapar, cuidar a una hija y a una madre a la vez sin dejar de necesitar soledad. “Lo que pretendía reflejar en Adulta funcional es esa pugna que tiene el deseo siempre por aflorar, incluso en la domesticidad más absoluta”, explica Fortún, autora también de la novela Roja catedral y del poemario Todas mis palabras son azores salvajes.

Esa convivencia de contradicciones se extiende también al cuerpo. Fortún se nombra como una señora bollera y gorda que lleva un fuego dentro, y en esa autodefinición se cuela la reivindicación de un cuerpo deseante que ocupa espacio, en un canon literario que históricamente ha exigido a las mujeres cuerpos pequeños y deseos discretos. “Para mí la escritura y el cuerpo son sagrados y para escribir, escucho los mensajes que me da mi cuerpo”, nos cuenta. La mística y la terapia conviven en sus versos sin restarse legitimidad porque, según explica, la espiritualidad no puede separarse del cuerpo. La contradicción que más le ha costado aceptar en su propia vida, el llamado sándwich de cuidados entre su hija y su madre, es también la que sostiene algunos de los versos más honestos del libro. “A veces el nivel de frustración que hay que manejar con las interrupciones en mi trabajo es grande, pero el milagro de ser madre y de ser hija es inmenso también.” Describe un sentimiento en el que muchas podrán sentirse reflejadas.

El poemario como espacio compartido

La poesía sigue siendo el género donde la experiencia femenina encuentra un lenguaje propio, elástico, capaz de sostener la ciencia ficción, el trauma familiar y la maternidad sin jerarquizar cuál de esas materias merece más versos. En este caso, nos encontramos ante tres poemarios distintos que explican mejor que cualquier estadística de ventas por qué la poesía ha dejado de ser un género de nicho para convertirse en una de las formas más vivas de la literatura escrita por mujeres en la actualidad.

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