Mar de Marchis hubiera hecho un “talejanti” en Artículo 14

¿Quién fue esta mujer inasible, fundadora y editora de la revista cultural Jot Down? ¿A quién le importa, si su espejo cóncavo era mucho más atractivo?

'La bola', de Daniel Verdú.
'La bola', de Daniel Verdú.
Alfaguara

Qué manía con quebrar la maravilla. Daniel Verdú, otro de esos rompilones, al igual que muchos que han tratado de ver a través de la mirilla, acaba de publicar La bola, inane y redundante acercamiento a la figura de Mar de Marchis, que descansa desde 2022 con otros calamares. Un nuevo ejercicio epidérmico, en el que la forma se come al fondo, crónica periodística de la servidumbre con el lado oscuro de La Fuerza. Poner el foco en el personaje, tratar de desmontarlo y no elevarlo a la categoría de ficción, que es lo que cualquier alma anestesiada por el arte pediría, en lugar de absurdas pesquisas de magacín vespertino en el portal de su casa.

Y claro, todo esto me toca un poco.

Por un lado, soy colaborador habitual de Jot Down desde hace un par de años. Ahí encontré un nido en el que depositar mis huevos. Lo único que me pidieron sus jefes es que aportara ideas nuevas y que escribiera bien, como si eso fuera tan fácil. Para entonces, yo ya conocía la leyenda de fuego de campamento sobre Mar de Marchis, su creadora, y sus múltiples máscaras, a quien (casi) nadie corporeizó y cuya tinta de calamar impregna cada negro sobre blanco de la revista. En este rato he escrito un buen montoncito de artículos sobre cine, filosofía costumbrista, cultura y demás mandanga: hasta me publicaron uno metiéndome con José Andrés, el Papa culinario, y jamás desde ninguna alta instancia de la bola me han censurado nada a nivel editorial. Ya lo dice su claim: croquetismo y barbarie. Ambas cosas me pirran.

Y por otro, desde un tiempo parecido, escribo en este medio en el que estás, plural y no de boquilla, que pone a la mujer en el centro del relato —¿dónde si no?—, y al que ningún encasillador profesional ha podido echar el cepo. Al igual que Jot Down, está sostenido por un editor audaz, un poco loco, independiente y sin cuitas de ningún tipo. Primero la pluma, luego ya veremos. Y si, además de escribir, ese del que habla Prevost me ha permitido juntarme con las mejores almas que a mis cincuenta ya daba por amortizadas, pues ya estaría.

La cosa es que, al enterarme de que Daniel Verdú había escrito el libro que, supuestamente, arrojaba un canutazo inédito sobre el rostro interior de esta mujer, mi cerebro comenzó a chisporrotear, que es lo que nos pasa a los de letras cuando las neuronas empiezan a trabajar. En mi caso, la manifestación es motora porque me pongo a dar vueltas sin sentido por la habitación, la calle o el cuarto de baño tratando de coser ideas y conceptos para que puedan intercambiar fluidos.

Mi curiosidad se acrecienta al comprobar que ni en Jot Down ni en ninguno de sus esquejes que consulto a diario hacen publicidad del libro. Contacto con el subdirector, el hilo umbilical que me une a la revista y una de las poquísimas personas que conoció a Mar. Muy amablemente, me dice que declinaron colaborar, pese a la insistencia del autor, no por enemistad hacia él, ni mucho menos: simplemente no querían remover el enigma.

Como comprenderás, después de hablar con él, mi cabeza ya explota. Corro los trescientos metros que separan mi casa de la Feria del Libro, busco la caseta de Alfaguara, lo compro y lo devoro como a un tigretón. Terminado, hubiera preferido no hacerlo, pero al igual que tantas cosas que uno hace en la vida y de las que se arrepiente, después ya no vale.

Y es al cerrar la última página cuando pienso en aquello de que “si solo ves tontos alrededor tuyo, es que quizás el tonto seas tú”, abandonar la idea y llamar a mi jefa de cultura y aguantar el chaparrón de un artículo que me lleva pidiendo con insistencia desde hace días. Luego cambio de opinión y concluyo que no, que el problema lo tienen ellos y no yo, ejército de prosaicos tratando de quitar las máscaras al héroe para hacer añicos la capacidad de fascinación ante un personaje que siempre debería leerse desde la ficción, idea que se apunta al final del libro. Algo de aire entra en mi avión de papel al leer la magistral réplica, “El arte de mirar sin ver”, que Ángel L. Fernández, el único que conoció de verdad a Mar, su “socio sevillano” como le llama Verdú, le da en la propia Jot Down a La bola y a su gran error conceptual. Pero ni eso es suficiente para mí.

Y entonces borro lo que he redactado, los párrafos que deberían seguir a este, gatulinas a los reseñistas oficialistas y, sobre las propias hojas del libro, apuntes, subrayados, citas textuales, reflexiones y alusiones a mis compañeros de Jot Down, crítica severa a la postura literaria del autor. Y, después de eliminar todo, me quedo con una sola frase: “El universo de ficción en el que algunos empezaban a estar atrapados”.
“¿Atrapados?” Siento alivio: Daniel Verdú tampoco ha entendido nada.

Y no porque no sea un buen artefacto. Todo lo contrario. Está bien escrito y fundamentado. Pero sobre la nada. Al menos, la nada para mí sobre Mar de Marchis, para mi intuición sobre su sombra y cómo ella se proyecta en mí y en mi manera de estar en el mundo, una perfecta mezcla entre realidad y ficción, ese limbo en el que todos deberíamos vivir. De Marchis representa la metáfora entre el ser humano y su arte, que se inventó para evadirnos de la vida, escapar de ella y que esta mujer corporeizó de una manera radical, personalísima. Demasiado radical, diría yo, pero es lo único que me importa sobre ella. Y que el autor no me da, porque para él lo importante era poder mirarla a la cara, aunque no la viera.

Así que vuelvo a la realidad, a mi realidad, back to the basics.

Vuelvo a mi Mar de Marchis, que en mi mente era algo telúrico, casi mitológico, pintura de Caravaggio tamizada, que vivía en la imaginación de quien quisiera acercarse a su figura inventada, quizás, pero que volvió cuerdos de atar a unos cuantos que siguieron su flauta, para llevar a cabo su proyecto vital, esa vitalidad, que, por lo visto, tampoco es que le gustara demasiado.
Y yo no sé por qué he escrito esto, quizá sea porque me siento como el protagonista de Soul, entre dos mundos, editoriales ahora, y que en este en el que escribo hoy orgulloso y algo emocionado al conectarlos, Mar de Marchis hubiera sido bienvenida, celebrada y apoyada, incluso aunque todos, José, Pilar, Queco, Elisa, Pablo, María o yo, hubiéramos tenido que vendarnos los ojos.

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