María Cristina de Habsburgo-Lorena nació en 1858 en una pequeña localidad de Moravia, en la actual República Checa, rodeada de viñedos y suaves paisajes agrícolas, integrada en el vasto y refinado Imperio austrohúngaro. Aquel universo silencioso y ceremonial moldeó su carácter, la disciplina por encima del impulso, el deber por encima del deseo.
Cuando le comunicaron que había sido seleccionada como candidata para contraer matrimonio con el rey Alfonso XII, la joven archiduquesa sorprendió con una condición poco habitual para la época: exigió conocer previamente al rey y no convertirse en un simple instrumento de intercambio dinástico. El gesto revelaba una personalidad firme para una joven aparentemente tímida. Con el tiempo, aquella exigencia terminaría convirtiéndose en práctica habitual dentro de las casas reales europeas.
Su educación fue la quintesencia de la tradición austríaca que España había admirado durante siglos. Los Habsburgo educaban a sus hijos bajo una premisa inquebrantable: no se pertenecían a sí mismos, pertenecían a la dinastía, al imperio y a Dios. Aquella formación combinaba religión católica intensa, disciplina casi militar, dominio de idiomas, historia, protocolo, música, diplomacia y un férreo autocontrol emocional. Los miembros de la Casa de Austria debían encarnar estabilidad permanente incluso en medio de temblores políticos.
María Cristina destacó pronto por su aplicación y madurez. Poseía facilidad para los idiomas, notables cualidades musicales como pianista y una gran preparación en cuestiones políticas y económicas. A ello se añadían una extraordinaria capacidad de trabajo y una serenidad impropia de su edad.
El carácter y los talentos de la archiduquesa hicieron que el emperador Francisco José I la nombrara con dieciocho años abadesa honorífica del Capítulo de Damas Nobles de Praga, una institución aristocrática destinada a la formación de mujeres de la alta nobleza. En términos de hoy, aquella designación equivaldría a dirigir la universidad más prestigiosa y selecta de Europa siendo casi una adolescente.

El encuentro decisivo con Alfonso XII tuvo lugar en el sur de Francia, donde veraneaba con su madre al cumplir los veintiún años. Ya se habían visto brevemente con anterioridad, cuando el rey era estudiante en Viena, y ella se había llevado una muy grata impresión. Él era extrovertido, impulsivo y poseía un carisma natural que parecía abrirle todas las puertas. Además, era viudo: su primera esposa, María de las Mercedes, había fallecido con apenas dieciocho años a los cinco meses de casarse.
María Cristina, consciente del papel que estaba llamada a desempeñar, tuvo entonces un gesto revelador. Colocó sobre el piano un retrato de la difunta reina Mercedes y, durante el encuentro, comentó:“Señor, mi mayor deseo es parecerme a ella, aunque no me atrevo a asegurar que pueda llegar a reemplazarla.” Alfonso XII quedó profundamente conmovido. Aquella joven austríaca le había ganado con un solo gesto. No fue necesario conocer a más candidatas.
La realidad, sin embargo, era bastante menos romántica. El rey tenía fama de mujeriego y María Cristina lo sabía. Además, la candidatura había sido cuidadosamente impulsada por Cánovas del Castillo, el hombre más influyente del régimen. Alfonso XII llegó incluso a escribir a un amigo que quien verdaderamente “está bomba” era su futura suegra.
Se casaron el 29 de noviembre de 1879. Casi exactamente seis años después, el 25 de noviembre de 1885, Alfonso XII moría de tuberculosis. Dejaba dos hijas y una esposa embarazada de tres meses del futuro Alfonso XIII. El rey le había sido infiel públicamente y María Cristina hubo de sobrellevar aquellas humillaciones con una contención que en otro país quizá habría sido considerada grandeza y que en España le valió el apodo de “Doña Virtudes”, pronunciado con esa mezcla tan española de ironía y desconfianza hacia quien se comporta correctamente. Su carácter centroeuropeo, disciplinado y reservado no terminaba de encajar en un país mucho más dado a la apertura emocional.
Alfonso XII, por el contrario, había logrado convertirse en un rey enormemente popular. Gobernó en un momento complejo conciliando el liberalismo conservador con parte de las conquistas políticas del Sexenio Revolucionario.

María Cristina reinó durante diecisiete años demostrando que su carácter, su disciplina y su sentido institucional eran exactamente lo que Cánovas había sabido ver. Comenzó su regencia viuda, embarazada, portando una educación que el país que la recibía aún no sabía apreciar. Dio a luz y crió sola a un rey, mantuvo la paz arbitrando entre adversarios irreconciliables y tuvo la visión suficiente para convertir a un pueblo que la ignoraba en uno que acabó respetándola.
Su principal instrumento fue el llamado turno pacífico: el acuerdo entre Cánovas y Sagasta para alternarse en el poder sin pronunciamientos ni barricadas, novedad casi revolucionaria en la historia política española. María Cristina arbitró aquel delicado equilibrio con un respeto escrupuloso a la Constitución que terminó arrancando reconocimiento incluso entre quienes habrían preferido negárselo.
Emilia Pardo Bazán, poco dada al elogio fácil, le escribió en 1894 estableciendo un paralelismo que aún hoy conserva plena vigencia: “La Reina Victoria y la Reina Cristina demuestran que la mujer sabe acomodarse, con delicada prudencia, a las imposiciones del régimen constitucional.”
Bajo la firma de María Cristina se promulgaron el Código Civil, la Ley de Asociaciones y el sufragio universal masculino. También le correspondió afrontar el Desastre del 98 y la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
En 1902 entregó el trono a su hijo Alfonso XIII, que cumplía dieciséis años aquel mismo día. Para él, el único referente de mando en la Corona había sido siempre ella. Cuando Alfonso XIII comenzó a apoyar la dictadura de Primo de Rivera, María Cristina le recordó en privado que la Corona debía mantenerse por encima de los partidos, como había hecho ella durante diecisiete años. No fue escuchada.
Murió en Madrid en 1929. Para entonces, aquella archiduquesa extranjera a la que España nunca terminó de comprender había gobernado más tiempo que Alfonso XII y sostenido la Corona con firmeza.
*Eugenia Bugallal es fundadora de www.spanish-balcony.com.

