Mary Beard, historiadora: “Cuando Escipión conquistó Cartago lloró, porque sabía que eso le iba a pasar a Roma algún día”

Escipión lloró ante la destrucción de Cartago porque comprendió que Roma compartiría algún día el destino de todos los grandes imperios

Mary Beard - Cultura
Una fotografía de la escritora Mary Beard.
Kiloycuarto

Roma acababa de borrar del mapa a su gran rival. Cartago ardía después de años de asedio, sus habitantes habían sido asesinados o esclavizados y la ciudad que durante siglos disputó a los romanos el control del Mediterráneo se convertía en una extensión de ruinas. Sin embargo, el general que dirigía la victoria no celebró el triunfo. Escipión Emiliano contempló la destrucción y comenzó a llorar.

La escena ha sido recuperada por Mary Beard para explicar una idea que los romanos comprendían mejor de lo que suele pensarse: ningún imperio es eterno. “Cuando Escipión conquistó brutalmente Cartago lloró y, cuando le preguntaron por qué, dijo: ‘Esto le pasará a Roma un día’”, recordó la historiadora británica durante una entrevista concedida a El País con motivo de la publicación de Clásicos sin filtros.

El vencedor no estaba llorando únicamente por los derrotados, sino por el futuro de su propia ciudad. Frente a Cartago destruida, Escipión entendió que Roma también terminaría desapareciendo y que su poder, por inmenso que pareciera, no escaparía a la misma ley que había condenado a otros imperios.

La caída de la gran Cartago africana

La escena no tuvo lugar en Cartago Nova, la actual Cartagena, conquistada por Escipión el Africano en el año 209 a. C. durante la segunda guerra púnica.

El episodio ocurrió más de seis décadas después y tuvo como protagonista a otro miembro de la familia: Escipión Emiliano. En 146 a. C., este general culminó la tercera guerra púnica con la toma y destrucción de Cartago, situada cerca de la actual Túnez.

Según la tradición transmitida por el historiador griego Polibio, testigo de aquellos acontecimientos y cercano al general, Escipión lloró al observar cómo la ciudad era consumida por las llamas. Después recitó unos versos de la Ilíada sobre la caída de Troya.

Cuando Polibio le preguntó qué quería decir, el romano reconoció que pensaba en su propia patria. La suerte que acababa de alcanzar a Cartago podía terminar alcanzando también a Roma.

Roma sabía que su poder tenía fecha de caducidad

'Clásicos sin filtros', de Mary Beard
Portada del libro ‘Clásicos sin filtros’.

Mary Beard utiliza la historia para cuestionar la idea de que los grandes imperios se consideran indestructibles. Los romanos celebraban sus victorias, levantaban monumentos y presentaban su dominio como una consecuencia natural de su superioridad. Pero también conocían la fragilidad del poder.

Habían visto crecer y desaparecer reinos, ciudades y dinastías. Sabían que Troya había caído, que Alejandro Magno había construido un imperio descomunal y que sus dominios se fragmentaron inmediatamente después de su muerte.

Roma se veía a sí misma como heredera de esas experiencias. Su literatura y su pensamiento estaban llenos de advertencias sobre la fortuna, una fuerza cambiante capaz de elevar a una ciudad y abandonarla después.

“Los imperios surgen y caen”, resume Mary Beard. Los romanos podían aspirar a gobernar el mundo conocido, pero no necesitaban creer que ese dominio duraría para siempre.

La victoria más absoluta contenía su propia derrota

La destrucción de Cartago representó uno de los mayores triunfos de la República romana. Tras casi un siglo de guerras púnicas, Roma eliminaba al rival que había estado a punto de destruirla durante las campañas de Aníbal.

El final fue brutal. Después del asalto definitivo, decenas de miles de supervivientes fueron vendidos como esclavos y el territorio cartaginés quedó incorporado a la nueva provincia romana de África.

La imagen de Escipión llorando resulta poderosa porque contradice el comportamiento esperado de un conquistador. No muestra arrepentimiento suficiente para detener la matanza, pero sí una conciencia extraordinaria de la inestabilidad histórica.

En el momento de máximo poder, el general fue capaz de imaginar la derrota. La ciudad que daba las órdenes también podía terminar recibiéndolas. Los soldados que incendiaban Cartago podían ser sustituidos algún día por otros ejércitos ante las murallas de Roma.

El Imperio romano tampoco cayó en una sola noche

Vestales de Roma - Cultura
Restos de estatuas de la Roma Clásica en honor a las vestales.
Archivo

La predicción terminó cumpliéndose, aunque no de una manera sencilla. Roma no desapareció repentinamente ni tuvo un único final. La parte occidental del Imperio se fragmentó durante el siglo V, mientras que el Imperio romano de Oriente sobrevivió casi mil años más desde Constantinopla.

La ciudad de Roma fue saqueada en varias ocasiones, perdió población y dejó de ser el centro político de un territorio que había dominado desde Britania hasta el norte de África.

Sin embargo, su cultura, sus leyes, sus lenguas y sus instituciones continuaron influyendo en quienes ocuparon sus antiguos dominios. El poder político se derrumbó, pero Roma sobrevivió transformada dentro de las sociedades posteriores.

Esta complejidad es central en la obra de Mary Beard. La historiadora evita describir la caída de Roma como un interruptor que se apaga. Los imperios se erosionan, se dividen, pierden autoridad y pueden seguir existiendo durante siglos bajo formas diferentes.

Una advertencia para los grandes poderes actuales

Beard sostiene que resultaría sorprendente encontrar dentro de 300 años las mismas potencias imperiales que dominan hoy el escenario internacional. El ejemplo británico demuestra la velocidad con la que puede desaparecer una sensación de permanencia.

En el siglo XIX, el Imperio británico parecía disponer de recursos, territorios e instituciones suficientes para prolongarse indefinidamente. Un siglo después, la mayor parte de sus posesiones se había independizado.

La historiadora también recuerda que las amenazas más profundas no siempre llegan desde fuera. Roma sufrió invasiones y derrotas militares, pero su estabilidad fue debilitada igualmente por guerras civiles, desigualdades, disputas sucesorias y conflictos internos.

Los imperios pueden construir fronteras contra sus enemigos, pero no siempre son capaces de contener sus propias contradicciones. El deterioro institucional y la pérdida de confianza pueden resultar tan decisivos como cualquier ejército extranjero.

La lección que permanece entre las ruinas

Escipión Emiliano no renunció a destruir Cartago. Lloró mientras contemplaba las consecuencias de una campaña que él mismo había dirigido. Esa contradicción hace que la escena conserve toda su fuerza.

El general sabía que la victoria no modificaba las reglas de la historia. Roma había derrotado a su enemigo, pero no había conquistado el tiempo. Algún día, otra sociedad observaría sus templos abandonados y sus edificios derruidos con la misma distancia con la que él contemplaba la ciudad cartaginesa.

La reflexión de Mary Beard no convierte el mundo antiguo en una colección de respuestas para el presente. Lo utiliza como un espejo que permite reconocer patrones, desmontar certezas y comprender la fragilidad del poder.

Las ruinas de Roma no demuestran que su imperio fuera débil, sino que incluso el poder más formidable acaba encontrando un límite. Escipión lo entendió frente al fuego de Cartago, muchos siglos antes de que su temor se convirtiera en historia.

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