La habitación propia

Matt Haig presenta ‘El tren de la medianoche’: “Siempre nos estamos mintiendo a nosotros mismos”

Entrevistamos al autor de 'El tren de la medianoche' sobre el dinero como adicción socialmente aceptada y la nostalgia que atraviesa toda su obra

Matt Haig presenta El tren de la medianoche en España de la mano de AdN, la segunda entrega de la saga de la medianoche que llega a las librerías tras el fenómeno mundial de La biblioteca de la medianoche, con más de doce millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Hablamos con el autor, quien reconoce que lo que quiere que sus lectoras sientan, al cerrar el libro, es una especie de nostalgia del presente. “Es como cuando te hacen una fotografía y piensas, uy, qué vieja me veo, qué cansada, me odio, y te acuerdas de todo el estrés de ese día, el trabajo, los correos… Y veinte años después, ves esa misma foto y piensas: qué bien salía. Y te acuerdas, si tus padres todavía vivían o tenías a esa amiga en tu vida, te acuerdas de aquella época feliz. Imagina que pudiéramos vivir la vida con esa perspectiva futura de la fotografía y simplemente apreciar el ahora”. Somos siempre lo más viejos que hemos sido nunca, dice, pero también lo más jóvenes que seremos jamás; y resulta mucho más fácil creerse lo primero que lo segundo.

Esa idea sostiene toda la arquitectura de El tren de la medianoche. Wilbur, el protagonista, llega al final de su vida y descubre un tren que le permite volver atrás y revivir los momentos que lo marcaron, tanto para bien como para mal. El punto de partida es Maggie, el amor de su vida, y su luna de miel en Venecia, antes de que él lo echara todo a perder; ese es el recuerdo con el que arranca el viaje y también la medida con la que compara todo lo demás, estación por estación, con una guía que lo acompaña y decide qué momentos merece la pena volver a mirar. El registro cambia respecto a La biblioteca de la medianoche, donde Nora tenía treinta y cinco años y toda la vida por delante para corregir el rumbo; Wilbur tiene ochenta y uno y mira hacia atrás sin margen para intentarlo de nuevo, lo que empapa el libro de una melancolía distinta, más de balance final que de pregunta abierta. La novela también baja al barro de dónde viene Wilbur, un padre que murió en la guerra, una madre emocional y mentalmente inestable, y un hermano, Dougie, que fue por el camino contrario, la delincuencia y las adicciones que la sociedad sí condena, frente al dinero y el trabajo, que aplaude.

La novela atraviesa ese umbral entre la vida y lo que viene después como si fuera su territorio natural, y cuando le preguntamos qué le atrae de ese espacio intermedio como territorio narrativo, en vez de situar la historia directamente en el más allá o directamente en la vida, nos cuenta: “He intentado escribir pura fantasía, y he intentado escribir pura realidad. Y creo que, en general, me gusta el espacio entre la realidad y la fantasía. Y creo que una de las formas más fáciles de llegar ahí es mirar el espacio entre la vida y la muerte, porque es un territorio desconocido. No se siente del todo como realidad, pero tampoco se siente como pura fantasía. Y además te permite ser un poco filosófico. No me gustan los libros que son una página de filosofía y luego se acaba la historia. Este tipo de espacio te permite contar una historia al mismo tiempo que cuentas una filosofía, porque la historia es la filosofía cuando estás hablando de la vida y la muerte. Así que simplemente me resulta útil para el tipo de cosas que me interesan”.

Matt Haig en el festival internacional del libro de Edimburgo (2024).
Kevin Payravi

Aunque ahora cataloga este libro como el hermano del anterior, Matt Haig cuenta que no era esta la idea inicial, sino que se llamaba The Memory Thief, iba de inteligencia artificial y no tenía la palabra midnight en ningún sitio. Fue evolucionando durante años hasta que el autor se dio cuenta de que estaba, en realidad, teniendo una conversación con su propio libro anterior; el tema del arrepentimiento y la pregunta de qué hubiera pasado si volvían a aparecer, pero desde otro ángulo. Así que dejó que el libro cambiara de piel varias veces hasta encontrar la que finalmente publicó.

La jerarquía de las adicciones

Si la nostalgia del presente es el corazón emocional del libro, el dinero es su columna vertebral social. Wilbur construye una fortuna a costa de casi todo lo demás, y cuando le planteamos el paralelismo con el mito de Sísifo, el autor lo abraza sin dudarlo y reconoce que él mismo ha empujado esa misma piedra cuesta arriba, en un momento en que La biblioteca de la medianoche era número uno en Estados Unidos mientras él no sentía absolutamente nada. De ahí sale una de las ideas más filosas de toda la entrevista: que en Estados Unidos la palabra éxito significa directamente dinero; son sinónimos, y pone como ejemplo a Elon Musk, la persona financieramente más exitosa del planeta y, según su diagnóstico, un fracaso psicológico rotundo. Haig no se libra él mismo de la crítica, reconoce que ocultar los problemas internos cambiando lo externo es sobre todo un rasgo masculino, y que lo ha padecido en primera persona.

El argumento se vuelve todavía más interesante cuando amplía el mapa de lo que cuenta como adicción. En su adolescencia le detuvieron por robar en tiendas, enganchado no al objeto sino a la descarga del riesgo; de adulto cambió esa adicción por otras socialmente aprobadas, el trabajo, el éxito y la ambición sin fondo. Y va más allá todavía señalando algo que cualquiera que use Instagram reconocerá: esas cuentas dedicadas a contar la superación de una adicción al alcohol o a las drogas que terminan generando su propia forma de dependencia, la de necesitar seguir contándolo. Una jerarquía de las adicciones donde unas dan vergüenza y otras dan prestigio, aunque en el fondo, el mecanismo sea idéntico.

'La biblioteca de la medianoche' de Matt Haig.
‘La biblioteca de la medianoche’ de Matt Haig.
AdN Novelas

Durante la entrevista, Matt Haig cuenta que hace unos años le diagnosticaron TDAH y autismo, y que desde entonces dejó de beber alcohol por completo, algo que atribuye a una relación con la bebida que describe como muy británica, la de no beber para disfrutar sino para emborracharse y olvidar. Cuenta también que la primera terapia seria de su vida llegó precisamente mientras escribía este libro, en medio de una acumulación de crisis personales, el cáncer de su padre, una crisis epiléptica de su hermana, la enfermedad de su hijo, la pandemia, todo a la vez que su carrera vivía el momento de mayor éxito. Y añade que escribe con más libertad de la que habla, que hay más cosas que confiesa en una página que a su propia terapeuta.

Enlaza todo esto con lo que considera el verdadero punto de inflexión de su vida, que no sitúa en la enfermedad sino en la recuperación. A los veinticuatro años intentó suicidarse y pasó tres años atravesando agorafobia, depresión y trastorno de pánico. No fue la enfermedad lo que lo cambió todo, insiste, sino la determinación de salir de ella, la que le enseñó a entender mejor su propia cabeza.

Última parada, de momento

Para cerrar, Matt Haig deja caer la noticia que probablemente más va a interesar a quien haya llorado con La biblioteca de la medianoche. Habrá una tercera entrega, titulada The Midnight Letters. Volverán la señora Elm y Nora, pero con los papeles invertidos, en el momento en el que la propia señora Elm está a punto de morir. Su biblioteca, a diferencia de la de Nora, aparecerá quemada, con los libros reducidos a ceniza, porque sus posibilidades ya se han agotado. Será Nora quien la guíe hasta otra sala, donde los libros no contienen vidas alternativas sino las vidas de todas las personas a las que la señora Elm marcó sin saberlo. Ella se cree una mujer que ha vivido mal, y esos libros están ahí para demostrarle que no es así.

Cuando le preguntamos qué libro recomendaría a quien acabe de cerrar El tren de la medianoche y no sepa qué leer después, menciona dos: Las ciudades invisibles de Italo Calvino, del que dice que vuelve a él sin saber muy bien por qué, y Cuando todo se derrumba de Pema Chödrön, al que confiesa cierta debilidad por los libros con un punto de autoayuda bien escrito. Dos maneras distintas de hacer las paces con lo que no se puede controlar, que es, más o menos, de lo que ha estado hablando durante toda la entrevista.

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