Mercedes Monmany (Barcelona, 1957) ha tenido que luchar contra viento y marea para reunirse con nosotros en la Feria del Libro de Madrid. Algunas de las calles principales están cortadas por la visita del Papa León XIV. Sin embargo, una vez en su caseta, nos dedica todo el tiempo necesario para responder a nuestras preguntas con la precisión de quien lleva décadas leyendo, escribiendo y pensando sobre la literatura europea.
Crítica literaria, ensayista, traductora y escritora, Monmany es una de las grandes especialistas españolas en literatura contemporánea europea. Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, ha colaborado durante años en suplementos y revistas culturales como ABC Cultural, Revista de Occidente, La Vanguardia o The Objective. También ha sido editora, asesora de comunicaciones, traductora de autores como Leonardo Sciascia o Philippe Jaccottet, comisaria de exposiciones literarias y jurado de premios nacionales e internacionales.
Su trayectoria ha sido reconocida con distinciones como el título de Chevalier des Arts et des Lettres de la República francesa, el de Cavaliere dell’Ordine della Stella d’Italia y la Medalla de Oro al Mérito de Serbia. En Galaxia Gutenberg ha publicado algunos de sus libros más importantes, entre ellos Por las fronteras de Europa, Ya sabes que volveré y Sin tiempo para el adiós.
Ahora presenta Algo quedará de mí, un ensayo dedicado a diez mujeres que resistieron al nazismo y pasaron por Ravensbrück, el gran campo de concentración femenino del Tercer Reich. A través de sus biografías, Monmany reconstruye una historia de coraje, memoria y resistencia moral frente a la tiranía.
¿Qué libro recomendarías a alguien que viene hoy a la Feria sin saber qué comprar?
A mí me gusta mucho la literatura francesa. Bueno, me gustan todas las literaturas: también la italiana, la alemana… Pero me gusta mucho Stendhal. Recomendaría sus cuentos, porque tiene unos cuentos italianos muy bonitos, o La cartuja de Parma, que es un relato de iniciación de un joven.
¿Qué libro te hizo querer escribir?
Por casualidades de la vida, yo era una niña lectora que buscaba entre lo que encontraba en casa. Mis hermanos eran mayores y no me prestaban mucha atención, pero ellos eran muy lectores. Mi padre tenía las obras de Stefan Zweig, que ahora todo el mundo sabe quién es, pero en aquel momento no estaba tan popularizado. Yo no podía hablar de él con mis amigas porque nadie lo había leído y me enganchó muchísimo. No sabía nada de su ambiente ni del Imperio austrohúngaro, pero tenía trece o catorce años y me atrapó mucho.

¿Qué tiene la Feria del Libro que no tiene una librería?
Aparte del ambiente, que incita mucho, están los lectores que encuentran a escritores, los lectores que se encuentran entre ellos… Hay un ambiente amistoso, familiar. Es una fiesta más que una feria, una fiesta alegre, que invita a pasar buenos ratos, a leer, a entrar de repente en un pabellón y escuchar a alguien hablando. Incita a algo que para mí es fundamental en un lector: la curiosidad. Ir hojeando por todas las casetas despierta mucho eso, la curiosidad, que es muy sana.
¿De qué tema te cuesta más escribir?
He leído mucho sobre la Segunda Guerra Mundial y sobre los campos de concentración. Aunque hayas leído mucho, parece que te vas acostumbrando, pero cada vez me cuesta más leer sobre ello y también ver películas sobre ello. Es de una crueldad insoportable.
Justo hace unos días preguntamos a Teresa Cardona y contestó algo parecido.
No te acostumbras nunca. Por más que leas, no te acostumbras. Empiezas a sentir cada vez más rechazo, pero hay que seguir. Hay que seguir porque uno no puede no enterarse de las cosas, tanto de las malas como de las buenas, que siempre son un placer.
¿Qué autor o libro te ha acompañado más últimamente?
Yo hago crítica literaria normalmente y hay un escritor sueco, Stig Dagerman, del que estos días habrá libros por la Feria. Es un mito, porque escribió su obra entre los veintiuno y los veintiséis años y se suicidó a los treinta y uno. En esa etapa veloz hizo unas obras maravillosas. Últimamente he releído todo lo que está publicado en España.
¿Qué tiene que tener una novela para ser honesta?
No sé muy bien. La palabra “honesta” a veces se repite mucho. En una novela se puede mentir, se pueden cambiar partes de la historia, se puede inventar. Yo nunca he aplicado mucho ese término, tampoco el de “creíble”, porque hay historias fantásticas. Cuando tenía veinte o veinticinco años, era muy aficionada a la literatura fantástica, y no tienes por qué creértela.
¿Pero estarías de acuerdo en que quizá sí se nota cuando un autor escribe desde un lugar sincero para él, desde una voz propia?
Sí, eso se suele decir en las críticas. Te doy la razón. Se dice: “Tiene una voz muy auténtica”. Decimos que surge desde el interior y enseguida se detecta. Eso es verdad. Una voz auténtica no copia las tendencias actuales. Es algo que yo también he utilizado en críticas: una voz auténtica, muy creíble en el sentido de que no se metamorfosea con las tendencias del momento. La deshonestidad sería el plagio, claro. No tener capacidad de invención. Aunque una puede inspirarse, evidentemente, la literatura es toda inspiración. Pero hay que ser suficientemente honesto para no copiar, como en el colegio, cuando te prohíben copiar al compañero de al lado.
Hablemos de tu libro.
Es una historia de diez mujeres que coincidieron, aunque no todas se conocieron, en Ravensbrück. Era un campo nazi construido específicamente para mujeres. Pasaron por allí 130.000 mujeres; era imposible que se conocieran todas. A mí me llamó la atención un libro de una antropóloga francesa que se titulaba precisamente Ravensbrück. Me despertó la curiosidad y empecé a investigar nombres que me sugirieran algo, hasta construir diez pequeñas biografías. Evidentemente, había muchísimas mujeres para escoger, y yo quise representar la diversidad de la resistencia. Quería representar a la gente que dice “no” a una tiranía, jugándose la vida. En aquellos años era el terror nazi. Había jóvenes ejecutadas a los veintiún años, a los veintitrés… Era muy valiente ofrecer la vida por una causa que era la libertad de todos. La Europa que tenemos ahora es gracias a toda esa gente, muchos de ellos jovencísimos. Aparte de las diez mujeres de las que hago esas pequeñas biografías, hablo de muchos más resistentes: hombres, mujeres, chicos muy jóvenes. Hay chicos de diecisiete años fusilados. Quería hablar de esos valores que no tienen que desaparecer en ninguna época: el coraje de decir “no, esto es inadmisible, no lo voy a admitir”. Resistir y enfrentarse a fenómenos bélicos, como era entonces el ejército alemán, no era salir en una manifestación un fin de semana. Era jugarse la piel y tomar grandes riesgos, pero por una causa mayor que los unía a todos. Unos venían del comunismo, otros de mundos católicos, otros de mundos socialdemócratas, pero tenían un objetivo común: decir “no” a una banda de criminales.
Subrayar y anotar en los libros: ¿a favor o en contra?
Subrayo y pongo notas con post-its pequeñitos. He observado una evolución, como en las novelas de aprendizaje, cuando el personaje empieza joven y luego se va haciendo mayor. De joven no subrayaba tanto porque confiaba en mi memoria. Ahora no confío tanto y subrayo. Tengo que decir una cosa: cuando no subrayo, es mala señal. Cuando un libro me gusta muchísimo, hay páginas que dejo destrozadas. Eso es un signo. Soy jurado de diversos premios literarios y, cuando leo obras en las que no me apetece subrayar ni una sola frase, algo denota. No hay nada original, nada verdadero, nada que te golpee la conciencia. Así que sí, subrayar es un signo de los libros que nos gustan mucho. A veces me dicen: “Déjame tal libro”. Además de que pienso que los libros no se tienen que prestar, que hay que comprarlos, suelo contestar: “No, porque lo tengo ilegible”. Lo tengo machacado.
