La entrevista

Milagros Mumenthaler, directora de ‘Las corrientes’: “No necesito ponerle carteles a cada escena”

La cineasta argentina habla sobre la década de desarrollo orgánico de 'Las corrientes', la perspectiva interna de su protagonista y el trabajo físico y gestual con Isabel Aimé González Sola

La directora de cine y guionista argentina Milagros Mumenthaler.
La directora de cine y guionista argentina Milagros Mumenthaler.
Atalante

Milagros Mumenthaler (Córdoba, Argentina, 1977) se dio a conocer con Abrir las puertas y ventanas, largometraje que obtuvo el Leopardo de Oro en el Festival Internacional de Cine de Locarno en 2011. La película seguía el duelo de tres hermanas adolescentes tras la muerte de la abuela que las había criado, en una casa llena de recuerdos, responsabilidades y tensiones. Le siguió, en 2016, La idea de un lago, estrenada también en Locarno, donde volvía a trabajar sobre la memoria fragmentada, esta vez a partir de una fotógrafa profesional y de su relación con su madre y su hermano, atravesada por la ausencia del padre, desaparecido durante la dictadura militar argentina.

Ahora, Mumenthaler presenta Las corrientes, un drama psicológico coproducido entre Argentina y Suiza en el que Lina (Isabel Aimé González Sola), una estilista de éxito, se deja llevar por un impulso repentino tras la entrega de un premio en Ginebra. De vuelta en Buenos Aires, no dice nada, pero algo en ella ha cambiado. De forma silenciosa e imperceptible, un pasado que creía haber dejado atrás empieza a aflorar.

La película avanza sin subrayados, dejando huecos que pueden desconcertar a una parte del público o mantener en vilo a otra. A Mumenthaler eso no parece preocuparle demasiado. Las corrientes se presentó ante ella casi como un organismo propio, algo que no podía forzar ni ignorar. Está sostenida, en gran medida, por la presencia de su protagonista, que aparece en prácticamente todas las escenas. Poco conocida en Argentina, González Sola posee un magnetismo que puede recordar al de una joven Isabelle Adjani en La posesión, aunque sin recurrir a la locura desatada de Żuławski.

Las corrientes ha sido comparada con el cine de Hitchcock, Lucrecia Martel, Todd Haynes o incluso David Lynch por su forma de acercarse al motivo de la “mujer en problemas” y a una espiral de extrañamiento interior. Aquí, sin embargo, ese desajuste se desarrolla de manera casi invisible. Un “pestañea y te lo pierdes” en toda regla.

Desde su estreno en el Festival de Cine de Toronto, Las corrientes ha tenido un amplio recorrido por certámenes internacionales, incluido el Festival de San Sebastián, donde se obtuvo el premio RTVE Otra Mirada. Hablamos con su directora sobre la subjetividad que atraviesa la historia, el trabajo con su actriz principal y el lugar que ocupa este proyecto dentro de su carrera.

Cartel de ‘Las corrientes’, de Milagros Mumenthaler.
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Después de acompañar la película por festivales y ahora llegar al estreno en salas, ¿ha cambiado algo en tu relación con ella? ¿La sientes más lejos, más clara, más ajena?

Siempre es difícil. Hay una relación con la película que está un poco corrida, diría, porque también cuesta tomar distancia y verla como si una no conociera tanto el proyecto. Es difícil saber qué es lo que realmente pasa con la película, porque yo tengo muchísima más información de la que quizá da la propia película. Una pierde un poco la noción de qué es lo que la gente ve en ella. En ese sentido, el tiempo ayuda. Una viene escuchando devoluciones, muchos encuentros con el público, ideas que vuelven y antes las que dices: “Ah, mira, qué bien, esto se leyó, se entendió”. Otras cosas, quizá, quedarán más para mí”. Yo siempre siento que lo que quedó fuera del trabajo, de alguna manera, también se percibe ahí. Pero es difícil decir exactamente qué.

La película empieza con Lina ante una ventana, con Ginebra reflejada en el cristal y una cortina que de pronto se interpone entre ella y nosotros. Antes incluso del salto al río, ya hay una idea de distancia, de reflejo, de algo que no podemos ver del todo. ¿Cómo encontraste esa primera imagen?

Está un poco con lo que decís vos: una imagen donde siempre siempre va a haber una parcialidad o donde, en todo caso, el punto de vista siempre va a ser parcial. Siempre me surge entablar enseguida ese diálogo y decir: “Bueno, lo que vemos a partir de ahora es una mirada”. Hay subjetividad, no objetividad total. En el fondo, una película es subjetividad. Me doy cuenta de que me pasó también con mis otras películas. Siempre hay algún plano similar, donde necesito, casi como un acto de protección para mí misma, decir: esto es un punto de vista, hay alguien que está contando, que toma esta decisión, y esa mirada es parcial. También el personaje funciona así. Para mí, toda la película está planteada desde la subjetividad de Lina. Ella decide hasta dónde va a ir, hasta dónde va a mostrar, hasta dónde se va a abrir hacia nosotros, que la estamos viendo.

Me interesa que Las corrientes nunca convierte el malestar de Lina en espectáculo: ella sigue trabajando, siendo madre, funcionando. ¿Te interesaba filmar una crisis cotidiana, sin explicar del todo si vemos hechos, recuerdos, proyecciones o corrientes internas del personaje?

Sí, para mí era importante dejar ese margen de duda. En el fondo, creo que no es tan importante saberlo. ¿Qué es más importante: lo que una persona piensa, siente o proyecta internamente, o lo que vemos de ella desde fuera? Siempre me gustó que hubiera elementos que te dijeran: “Acá hay algo”. En la película está la música, que por momentos presenta determinadas situaciones, y también hay recursos del lenguaje cinematográfico que se utilizan, pero sin exagerarlos. Cuando veo una película, no me interesa tanto estar ubicada y tranquila, pensando: “Ah, esto es esto”. No necesito ponerle carteles a cada escena. Me interesa más vivirlo como un viaje. No importa tanto si está sucediendo realmente, si estamos dentro de su cabeza, ante una proyección o ante un deseo. Para mí es igual de importante que si sucediera.

Isabel Aimé González Sola sostiene la película casi desde el misterio: muchas veces no verbaliza lo que le ocurre, pero algo está vibrando en su rostro, en el cuerpo, en el pelo, en la forma de moverse. ¿Cómo trabajasteis juntas esa opacidad de Lina?

Con Isabel trabajamos desde un lugar muy físico. Pensamos mucho en cómo está tomado internamente un personaje así. En qué momento, por ejemplo, pueden aparecer dolores físicos que no manifiesta, pero que internamente están ahí. Cómo ella de repente no puede estar en una situación, cómo respira, qué empieza a molestarle. Empezamos a trabajar mucho desde lo interno: qué le pasa por dentro. Y desde ese estado trabajamos también los gestos, gestos pequeños, inesperados, muy chiquitos. Desde cosas mínimas, como salir de una habitación y tocarse la trenza. En realidad no dice nada, pero se trataba de dejar ciertas aperturas en los gestos, en la actuación, no cerrarlo todo. Dejar abiertos pequeños hilos de actuación sin rematarlos del todo. Me parece que eso ayuda a generar tensión y también algo de enigma. Trabajamos mucho a partir de libros, de muchas lecturas y pensando en cuál era el hilo interno del personaje en cada escena. Por qué dice algo, por qué lo dice así. En ese sentido, trabajamos bastante el subtexto.

Entre tu primer largo y el segundo pasaron cinco años, y entre el segundo y Las corrientes, casi una década. ¿Cómo vives ese ritmo de trabajo? ¿Sientes que tus películas necesitan ese tiempo para aparecer o también hay una parte de dificultad material para levantarlas?

En este caso fueron más bien los tiempos que pidió esta película, o que pidió la escritura del guion. Siento que es una película en la que dejé que las cosas sucedieran y no fui a imponer. En ese sentido, también la propia película, desde cómo está planteada, me lo permitía. Está construida desde la subjetividad del personaje. Para mí, todo lo que vemos se ve a través de ella. Lina está percibiendo el mundo en ese momento. Eso me abrió una puerta a cierta libertad creativa y a no estar tan atada a las fórmulas de guion. Aunque una siempre, en algún momento, vuelve a los actos y revisa dónde está, cuándo necesita avanzar más. Hay idas y vueltas. Pero siento que esta película se tomó su tiempo de escritura y que estuvo bien. Tenía que ser así. Cada película es distinta y cada una pide cosas distintas. Esta me parece que pedía eso, y no lo sufrí para nada. Se fue dando de forma muy natural.

¿Sufres emocionalmente al dejar una película?

No diría que sufro, pero ahora sí tengo ganas de dejar un poco atrás esta película, porque implica bastante tiempo y mucho espacio en la cabeza. Una también tiene ganas de sentarse a trabajar en el siguiente proyecto y zambullirse un poco más en personajes nuevos. Entonces, un poco eso.

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