David Lynch lleva más de un año muerto. O eso nos han contado.
Y no ha pasado nada.
Cuando digo que “no ha pasado nada”, una vez agotada la tediosa temporada de premios, esos que han coronado a la infumable Una batalla tras otra, no me estoy refiriendo a esta frase tan de madre, o de padre del siglo XXI, cuando el hijo se cae de la bici y se raspa la rodilla. Cuando digo que “no ha pasado nada”, lo digo en sentido literal, tirando a artístico. Que, en el mundo del arte, en el que incluyo al séptimo de ellos, no haya pasado nada es un mal síntoma.
Pero que muy malo.
David Lynch, como decía, murió sorpresivamente un 16 de enero de hace un año. A todos nos pilló con el pie cambiado porque solo fumaba cuatro paquetes diarios de American Spirit desde los ocho años y bebía 20 tazas de café expreso, más negro que su calvinista outfit. Amén de no maltratar a su cuerpo moviéndolo absurdamente en pantalón corto, que para hacer burpees ya estaba su mente hipervitaminada por el averno. Cuando David Lynch vivía pasaban cosas todos los días, en esa mansión en las colinas de Hollywood con pinta de mazmorra sado, donde rodó gran parte de su lisérgica Carretera perdida, pintaba sus preciosos cuadros para colgar en un tanatorio y realizaba sus happenings con Marina Abramović de becaria. Que sepas que su familia la acaba de poner a la venta por 15 millones de dólares, por si eres muy fan y no te gusta sentarte.

Con David vivo, decía, al menos teníamos la esperanza de que algo distinto sucediera, aunque fuera dar el parte del tiempo desde su despacho, cosa que hizo todos los días desde mediados del dos mil, con su famosa “Good Morning. Here in L.A. early morning haze burning away and we should be having beautiful skies and golden sunshine”, con su sorda voz nasal acompañando agudas reflexiones personales, que ríete tú de Paco Montesdeoca. Y con eso nos bastaba. David Lynch pertenecía al vértice semioscuro de la industria de Hollywood, de la que no renegaba, pero a la que miraba inerte como una araña en su húmeda cueva, a la espera de que cayera una mosca en su red, en forma de productor con montones de dólares para financiar sus delirantes pesadillas humanistas. Hasta Disney cayó en la telaraña y le financió su obra maestra Una historia verdadera, perdiendo dinero, por supuesto. ¿Para qué lo quieren?
A partir de su muerte, la nada más absoluta.
Pareciera que durante estos meses las moscas del streaming anestesiadas por el autoritas lynchiano se apostaban cómodamente en su mierda y al desaparecer el de Missoula y su influjo vivificador, han aprovechado para dar un golpe de Estado cinematográfico. Netflix intenta comprarse la Warner, responsable de no producir su proyecto basado en los últimos días de Marilyn Monroe, Venus Descending, para continuar con su plan de cine subrayado y redundante, es decir, la némesis de la mirada fílmica de David Lynch, que nos hablaba en sus películas de tú a tú, no como a personas con el cerebro de esparto y los reflejos del gusano de la seda, que es lo que hacen estos con sus batallitas una vez tras otra. Y encima les dan laureles.

El siniestro ejército de lapidadores del genio, convertido a la causa por el proselitismo de las SVOD, ese que cincela las piedras que le lanzan con frases tipo “sus películas no tienen sentido y no se entienden”, o el clásico “es que estaba loco”, son las mismas de los creadores de “en las películas de Malick no pasa nada”, “Lawrence de Arabia es lentísima” o “John Ford era un facha”, ha aprovechado para salir en masa de su escondrijo, dar la mano a las grandes plataformas, y acariciar su ansiado anhelo: ver las películas mientras planchan, eliminando así de la faz de la tierra a estos peligrosos directores con un universo personalísimo, y que utilizan el cine como un ejercicio de expresión artística, los muy sinvergüenzas.
Queridísimo David. Los amantes del cine no solo no te olvidamos, sino que te lloramos y te añoramos. Ningún Blade Runner hemos podido superar el duelo. Buscamos cada día una pista que nos ayude a encontrarte en tu cielo rojo de suelo zigzagueante. Danos consuelo, David. Dinos qué tenemos que hacer, aunque sea a través de una pareja con cabeza de conejo,
