La Semana Santa no solo se vive en las calles: también se proyecta. Mientras las ciudades se llenan de incienso, cera y silencio, las pantallas —domésticas o colectivas— recuperan cada año una de las figuras más complejas y filmadas de la historia: Jesús de Nazaret. El cine, desde sus orígenes, ha intentado acercarse a ese misterio con herramientas que no siempre bastan: la imagen, el cuerpo, la palabra. Así, cada época ha construido su propio Cristo.
Porque hay muchas formas de vivir estos días. Están las procesiones, los tambores, las mantillas, los pasos barrocos de Juan de Mesa o Gregorio Fernández. Y está también ese otro ritual, más silencioso: sentarse frente a una pantalla y volver a mirar. El cine bíblico, el péplum y sus derivaciones contemporáneas han convertido la Pasión en relato audiovisual, en experiencia estética, en pregunta abierta.
En 2004, Mel Gibson llevó esa experiencia al límite con La pasión de Cristo. Rodada en arameo, latín y hebreo, su propuesta apostaba por una hiperrealidad física que transformaba el sufrimiento en lenguaje. La violencia, explícita y sostenida, no dejaba espacio para la distancia. Más que narrar, la película obligaba a mirar. Su impacto fue inmediato, tanto por su crudeza como por su éxito comercial, y abrió una nueva etapa en la representación cinematográfica de Cristo, más centrada en el cuerpo que en la palabra. Su secuela, prevista para 2027, volverá sobre los días previos a la Resurrección.

Muy distinta es la mirada de Pier Paolo Pasolini en El evangelio según San Mateo. Aquí no hay espectacularidad, sino contención. Rodada con actores no profesionales y en escenarios naturales, la película se acerca al texto bíblico con una fidelidad austera que roza lo documental. El Cristo de Pasolini es un cuerpo en el mundo, una figura revolucionaria y terrenal que interpela desde la palabra más que desde el milagro. Ateo y marxista, el director italiano construyó, paradójicamente, una de las aproximaciones más respetuosas y radicales al Evangelio.
Entre ambos extremos se sitúa La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, probablemente una de las obras más discutidas sobre la figura de Jesús. Interpretado por Willem Dafoe, su Cristo duda, teme, desea. La película, basada en la novela de Nikos Kazantzakis, no pretende negar la divinidad, sino atravesarla desde la fragilidad humana. El resultado es un relato profundamente existencial que incomodó a creyentes y fascinó a cineastas: ¿puede entenderse el sacrificio sin la tentación de evitarlo?

El cine también ha buscado otras formas de acercarse a este relato. Jesucristo Superstar, dirigida por Norman Jewison, traduce la Pasión al lenguaje del musical y del rock. En plena resaca del movimiento hippie, la historia se reinterpreta desde lo político y lo mediático, con un Judas central y una puesta en escena que conecta el Evangelio con las tensiones contemporáneas. Lejos de la irreverencia gratuita, la película plantea una pregunta incómoda: cómo sería Cristo bajo la mirada constante de nuestro tiempo.
Para públicos más amplios, especialmente los más jóvenes, propuestas como El hombre que hacía milagros han intentado acercar la vida de Jesús desde una perspectiva pedagógica sin renunciar a la complejidad. La animación en stop motion permite una cierta distancia, pero no diluye la centralidad de la narración: la compasión, el dolor y la injusticia siguen estando ahí, filtrados a través de una mirada más accesible.
En los últimos años, sin embargo, la representación de Cristo ha encontrado un nuevo territorio en las series. The Chosen se ha convertido en un fenómeno global inesperado. Financiada en parte por los propios espectadores, la serie propone un acercamiento más cotidiano y narrativo a la vida de Jesús, explorando no solo su figura, sino también la de quienes lo rodean. Aquí, Cristo no aparece únicamente como símbolo, sino como presencia en relación: conversa, escucha, se detiene. Su éxito no radica en la espectacularidad, sino en la identificación: la serie permite algo que el cine no siempre logra: acompañar el proceso, no solo el desenlace.

Lo que une todas estas miradas no es una estética común, sino una misma dificultad: cómo filmar lo invisible. El cine, arte de lo tangible, se enfrenta aquí a un límite estructural. Representar a Cristo implica traducir lo trascendente en imagen, y en ese gesto cada director revela tanto su visión del mundo como su forma de entender la fe, la duda o la historia.
Quizá por eso el cine vuelve una y otra vez a esta figura. Porque en ella confluyen las grandes preguntas —el dolor, la muerte, la redención, el sentido— que el propio cine no ha dejado de explorar. Y porque, más allá de credos o tradiciones, Cristo sigue siendo uno de los personajes más inabarcables del relato humano.
