Opinión

Musulmán el que no bote

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Hay que fastidiarse con el doble rasero ante los cánticos en los estadios catalanes. Cuando gritaban aquello de español el que no bote no se nos hacía ni caso. Ahora se rasgan las vestiduras con ese musulmán el que no bote. Quizá porque español, en Cataluña, quiere decir facha y un musulmán es siempre una víctima del colonialismo blanco y una mascota de la izquierda.

El Gobierno salió en tromba. El ministro Félix Bolaños habló de “vergüenza como sociedad“, Ángel Víctor Torres lo atribuyó a “grupos ultras jaleados por la política ultra” y Óscar Puente lo vinculó directamente a “la derecha racista y xenófoba”. Los Mossos d’Esquadra, que tanta vista gorda han hecho siempre, abrieron diligencias por posible delito de odio y, si no prospera la vía penal, aplicarán la Ley 18/2007 contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte. El País y El Mundo sobreactuaron como si fueran el mismo medio, destacando el malestar de Lamine Yamal, jugador musulmán de la selección, pobrecito.

Sin embargo, nadie en el Gobierno expresaba “vergüenza” cuando, durante años, en los estadios, finales de Copa del Rey o partidos como el Cataluña-Euskadi de 2015, se coreaban masivamente el español el que no bote. El vídeo del partido de 2015, compartido estos días, muestra el mismo formato de cántico, idéntica estructura y el mismo propósito de excluir al otro. Nadie activó protocolos antirracistas, nadie abrió investigaciones de los Mossos ni se habló de “política ultra”. Por el contrario, en San Mamés, donde en cada partido se ha escuchado Españoles, hijos de puta y llega, llega con la Goma-2, se han exhibido, incluso, banderas de Irán, de Hezbolá, del dictador Gadafi y de los hutíes con el lema malditos judíos, junto a las de ETA. Un festival.

“Doble rasero”, “tablero inclinado”; lo que quieran.  Ni español ni musulmán son insultos. Ambos son descriptores neutros: nacionalidad y religión. La izquierda multicultural, que proclama que no existen jerarquías entre identidades, oye musulmán y asume automáticamente que se está insultando a alguien. ¿No es eso, precisamente, el prejuicio que denuncian? ¿No serán ellos los racistas? La respuesta está en la ideología: atacar al español o al católico es “libertad de expresión” o “protesta legítima”; cuestionar lo musulmán, en cambio, es “islamofobia” y merece investigación penal.

El público de los estadios lleva décadas practicando la grosería colectiva. En Riazor, hinchas de la Real Sociedad cantaron hace años (y repitieron recientemente) esto: La Romareda, puta pocilga… con una bomba todo aquello volaría, una explosión de Goma-2 y que le den por culo a Aragón. Fue denunciado ante la Comisión Antiviolencia y no pasó nada. Nadie convocó ruedas de prensa ministeriales. Los constitucionalistas catalanes llevan décadas soportando en TV3, en estadios y en manifestaciones lindezas similares o peores contra España y el español. Cuando el objetivo era “el opresor español”, el silencio era cómplice; ahora que se señala a una identidad políticamente correcta, se moviliza todo el aparato. La hipocresía no sólo es moral, es política. El mismo Gobierno que culpa a Vox de no condenar con suficiente vehemencia estos cánticos calló durante años ante un independentismo que convirtió nuestros estadios en altavoces anti-españoles. La misma prensa que hoy clama contra el racismo normalizado en la Liga nunca dedicó editoriales equivalentes a los cánticos etarras o a las pitadas al himno nacional. La Ley 18/2007 se aplica con celo selectivo: sólo cuando encaja en la narrativa progre.

Los estadios no son parlamentos, pero tampoco pueden ser zonas donde la coherencia brille por su ausencia y, encima, se les tome en serio. La grosería cobarde contra el rival existe desde siempre. Lo intolerable es que el Estado y los medios decidan qué odio merece sanción y cuál no, según el colectivo señalado. Si musulmán el que no bote es racismo, español el que no bote también lo es. Y si este último es folclore retarded, el primero también. La diferencia no está en las palabras, sino en quien las dice y contra quien, ¿no es cierto?