Opinión

Empezó con los colchones

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Lo vi venir en la desescalada, cuando nos dejaron salir a eso de las 9:00 para hacer deporte (o lo que fuera menester) hasta las 9:30. Bajaba a la calle los primeros días y me encontraba decenas de colchones de 90 apoyados en la pared. “Cada colchón es un muerto”, me decía. Y así era. La gente mayor se compraba camas de 90 aunque tuvieran dinero y espacio para una más grande. “Yo veo una oportunidad ahí”, decía la hermana de una amiga. Y sí, la había. Cada colchón era un muerto. Cada muerto era un anciano. Cada anciano tenía una casa. Cada casa fue heredada. Cada herencia fue multiplicada. La explosión siguiente fue la del turismo. AirBnb que había pedido donaciones voluntarias para sortear la crisis del Covid19  salió beneficiada de la fiebre del viajero. Experiencias quería la gente, experiencias. Las experiencias se traducen en fotografías. Las fotografías tienen sentido si alguien las ve. Para que alguien las vea, las subimos a redes. En las fotografías el quid no es el lugar sino la persona; yo estuve aquí, yo pisé este suelo. Yo en Machu Pichu, yo en Bali, yo en el Taj Majal. Ha cambiado incluso la composición, que solía ser en plano general con el viajero a una distancia prudencial entre la cámara y el monumento o paisaje. Ahora es el rostro del viajero lo más cerca posible de la cámara, dejando algo de espacio para el fondo. La experiencia consiste en ser visto.

Estos viajeros necesitaban un lugar para la pernocta. Un lugar fotografiable, aspiracional, auténtico. La autenticidad es escasa, y los hoteles caros. Los hoteles, por cierto, subieron los precios. Los habían bajado durante la crisis, pero los subieron inmediatamente después. Florecieron los pisos de alquiler vacacional. Si antes había un problema, con esto llegó la plaga.

Los herederos de aquellos pisos despojaron suelos y paredes de las pertenencias de sus mayores. Fue una buena época para chamarileros, mendigos, enfermos de Diógenes. Mesas camilla, muebles de madera, jarrones, figuritas pastoriles, salpimenteros a juego, colecciones de DVD, discos, libros que nadie leerá ya, y discretas colecciones de recibos bancarios y fotografías. Los recuerdos de aquellos muertos acabaron desperdigados por las calles. A sus muebles de madera los sustituyeron aberraciones en conglomerado. Las fotografías dejaron paso a cuadros de un buda, un palmeral, una creación de ánimo vintage. Los relojes pequeños desaparecieron, y en su lugar brotaron enormes relojes para ocupar la pared. Ladrillo visto de pegatina, tarima flotante con el poder de multiplicar las pelusas, camas de matrimonio, mucha mesa Lack y, como dice Le petit patito, “lujo”.

Se tiraron muchos tabiques también. A la casa de largos pasillos y varias estancias la convirtieron en espacio diáfano porque allí no iban a meter familias. Un dormitorio, dos a lo sumo. Un salón espacioso dentro de lo que diera de si el piso. El pequeño balcón se convertiría, gracias a un salto lingüístico, en terraza: mesita y sillita plegable de madera, jarra de cristal con vela, y cadeneta de luz optativa. Cuando terminaron de quitar el gotelé y pintaron las paredes de blanco impoluto, llegaron las fotos: gran angular, ojo de pez cuando fue menester. El piso de trabajador trocó en “espacioso apartamento ideal para una pareja, cerca de Nuevos Ministerios en el corazón de Chamberí”. El corazón de Chamberí podría estar casi en Tetuán, y la pista es el precio. Cinco mil el mes en Chamberí, apenas dos mil en Cuatro Caminos.

El comercio de barrio empezó a sufrir. No fueron solo las subidas de los impuestos y constante saqueo estatal. Fueron también los alquileres. Los márgenes se redujeron hasta la emaciación. Empezaron a cerrar, y no pocos cambiaron el escaparate por una cortina y un código en la puerta. “Apartamento de lujo con encanto en zona céntrica”. Brotaron también los candados con caja de llaves. Portales con decenas de cajetines para introducir un número de cuatro cifras. Edificios enteros sin vecinos. El ruido de las maletas (trrrr, trrrr, racaracará, fro, fro, traaaaatatá, traaaatatá) pasó de ocasional a diario. Diario, nocturno, diurno, vespertino. Gente con maletas consultando el código en el móvil. Entrando y saliendo. Todo el día, todos los días. Llegaron con su pésima educación, sus fiestas nocturnas, su soberbia, y por supuesto sus fotos. La policía iba, va, vendrá. Para usted la fiesta, stop the party. Ok, ok, ya nos vamos. Pero siguen. Saben que pueden. Saben que podrán. Spanish fiesta y sangría. Ole ole, dónde está el baño, let’s get some litronas.

Turismo en Madrid - Sociedad
Una fotografía de archivo de dos turistas en la capital española
Shutterstock

Ahora se llama “alquiler temporal”, y todos los turistas son los primos, cuñados, hermanos, y amigos del dueño; eso dicen para que los vecinos no denuncien. Dueños que se gastaron mucho dinero en casas que no usan porque las compraron para prestar. Dueños que no viven en España, no son españoles y no tienen ningún vínculo con nosotros más allá de vivir aquí sin pagar los impuestos correspondientes más allá del IBI. La plaga que trajo la avaricia de los herederos que consideraban que cobrarle mensualmente el 60% del sueldo a un trabajador no era suficiente. Querían un poco más, concretamente diez veces más para vivir sin trabajar, para viajar a lugares exóticos que intoxicar con su presencia y sus malos modales. Lugares en los que tomarse fotos que otros puedan ver. Las otras fotos, las de los recuerdos, ahí yacen, en el vertedero de Sao Paulo junto a incunables, miles de amatistas, y copias gratuitas de evaluación de Windows Vista.

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