La pasión de Cristo, dirigida por Mel Gibson, es ante todo lo que promete: una representación directa, intensa y profundamente creyente de la Pasión de Jesucristo. La película no busca desviar el foco ni reinterpretar el núcleo del relato: todo gira en torno al sufrimiento de Cristo, a su entrega y a su camino hacia la cruz. Esa centralidad no es una limitación, sino la base misma de la obra.
Sin embargo, dentro de esa fidelidad al relato evangélico, hay una presencia que sostiene, acompaña y da profundidad a lo que vemos: la de las mujeres. Ellas no son un contrapunto ni una lectura alternativa, sino una parte esencial de la propia historia de la Pasión (como lo fue en la historia, fuera del cine).
La figura de Virgen María es, en ese sentido, fundamental. Su presencia recorre la película de forma constante, desde los primeros momentos hasta la crucifixión. No interviene en los acontecimientos —no podría hacerlo—, pero su mirada acompaña cada paso. Gibson construye una María que no se limita a sufrir: comprende, acepta y permanece. Su dolor no compite con el de su hijo, sino que lo comparte desde otro lugar, profundamente humano y al mismo tiempo lleno de sentido.

Todo lo que ocurre en La Pasión está vinculado, en su origen, a ese “sí” que María pronunció al inicio de la historia cristiana. La película no lo verbaliza, pero lo da por supuesto. Muestra la entrañable historia de amor entre madre e hijo. Y desde ahí, su presencia adquiere una dimensión distinta: no es solo la madre que sufre, sino la mujer que, habiendo aceptado ese destino, lo recorre hasta el final sin apartarse.
Hay una escena especialmente reveladora: el encuentro entre madre e hijo en el camino hacia el Calvario. No hay palabras grandilocuentes, apenas un gesto, una mirada. Pero en ese instante se condensa toda la relación entre ambos: una cercanía que no evita el dolor, pero que lo atraviesa con una serenidad que contrasta con la violencia exterior que muestra el director.
Junto a ella, María Magdalena ocupa también un lugar clave. Su presencia es más activa, más visible en el movimiento. Está en el camino, limpia la sangre, acompaña el cuerpo. Su relación con Cristo se expresa en el cuidado, en la fidelidad concreta, en la decisión de no apartarse. Él la ha aferrado y ella no puedo hacer otra cosa que permanecer a su lado.

María Magdalena encarna otra forma de cercanía: la de quien ha sido transformada y, desde esa experiencia, reconoce lo que está ocurriendo. No es una figura secundaria ni ornamental. Es parte de ese grupo reducido que permanece cuando otros han huido. Su papel se muestra a través del metraje: está ahí, una y otra vez, en los momentos decisivos.
La película, fiel al relato evangélico, deja también en segundo plano un hecho que sin embargo resulta decisivo: serán las mujeres las primeras en recibir el anuncio de la Resurrección. Esa elección —que pertenece al núcleo de la tradición cristiana— es muy relevante. Son ellas, las que han acompañado hasta el final, las que reciben primero la noticia que cambia el sentido de todo lo ocurrido.
Desde ahí, la lectura se desplaza. No se trata de cuestionar el centro del relato —la Pasión de Cristo—, sino de reconocer que en ese mismo centro hay presencias que lo sostienen de manera imprescindible. Mientras muchos personajes masculinos se dispersan, dudan o desaparecen (como los apóstoles, exceptuando a san Juan), las mujeres permanecen. Y lo hacen con gestos y presencia, no con grandes discursos ni con protagonismo explícito.
Hay algo en La pasión de Cristo que se reconoce y que no tiene que ver con la espectacularidad ni con la crudeza, sino con algo que atraviesa toda la película: las mujeres no discuten el sentido de lo que ocurre, no necesitan comprenderlo del todo para permanecer. Están, en una forma de participación que no es secundaria. Quizá por eso, cuando todo termina, son ellas las que vuelven. La Pasión no se entiende sin ese acompañamiento que no se rompe, sin esa fidelidad que no se negocia. Las mujeres están también para Mel Gibson, en el centro de la mayor historia jamás contada.
