Lamentaba Santiago Segura en el podcast La Script, dirigido por María Guerra, que ahora los chavales de 14 años no se sienten identificados con el feminismo, que las campañas de concienciación no han servido para nada y que echa de menos la “amabilidad” y el “respeto”. Él no es el único. Pero el problema no es que no existan registros serenos e inspiradores, sino que las plataformas tecnológicas no les dan ninguna visibilidad. Para Meta, X, TikTok o Instagram, los contenidos valiosos no son aquellos que aportan cosas positivas a la humanidad, sino los que les dan dinero. Y esos son, precisamente, los que provocan alarma social, confrontación y miedo.
Solo hay que echar un vistazo al documental Dentro de la machosfera dirigido por Louis Theroux y disponible en Netflix, para comprobar cómo se gesta el negocio de los youtubers e influencers que forman parte de la educación de esos jóvenes. Horas y horas de contenidos que, conducidos interesadamente por los algoritmos hasta sus teléfonos móviles, normalizan consignas como “las mujeres no deberían votar”, “las mujeres necesitan estar con alguien que las domine”, o “las mujeres ahora tienen más derechos que los hombres”. Que les lleguen estos mensajes y no otros, no es casualidad. Tan solo con indicar si son hombres o mujeres al crear sus perfiles, los contenidos que les llegan son completamente diferentes. Los algoritmos de recomendación, que utilizan datos demográficos, análisis de comportamientos y sesgos de género, se encargan de configurar su experiencia digital.
Los youtubers saben lo que funciona para obtener su atención, así que están dispuestos a lo que sea para acumular visionados y sumar seguidores. Distorsiones, mentiras y exageraciones cuyo un único fin es generar dinero. Su motivación no es tanto ideológica como económica.
El funcionamiento de estas plataformas tecnológicas lo condicionan todo: la forma de comunicar, los temas elegidos, las posturas, los titulares que aparecen en la prensa y hasta los debates políticos. Para hacerse viral hay que hablar el lenguaje de los algoritmos. Y entre tanta hipérbole y odio masivo quedan sepultados los mensajes positivos, los dialogantes y hasta los que te dejan en un estado de tranquilidad. Para ser visible hay que atemorizar.
Yo le diría a Santiago Segura que no es un problema de la izquierda ni de la derecha. Ni tampoco de las campañas de concienciación, que con tantos youtubers diciendo barbaridades no tienen ninguna oportunidad de llegar a los chavales. El problema es la falta de regulación del entorno digital, que permite que las cuatro plataformas todopoderosas establezcan las reglas que vertebran nuestras vidas y filtren todo lo que vemos: no para mejorar su calidad, sino para llenar sus bolsillos con nuestro enfrentamiento.
