Generación conectada

Zuckerberg da carpetazo al metaverso

Meta, la empresa de Mark Zuckerberg, da un paso atrás en la gran apuesta que incluso llevó a abandonar la marca Facebook y a gastar miles de millones

Meta no ha firmado el certificado de defunción de su proyecto de metaverso, pero ha dejado claro que aquella promesa que justificó en 2021 su cambio de nombre ya no ocupa el centro de su estrategia. La compañía anunció el cierre de Horizon Worlds en su plataforma Quest para concentrarse en el mundo del móvil. Aunque horas después matizó que mantendría cierta actividad en realidad virtual, todo apunta a que Meta le da una estocada a una de sus mayores apuestas.

Algunos lo interpretan como un cierre a cal y canto; otros, como un repliegue a la espera de cómo evolucionen los acontecimientos. Lo cierto es que Zuckerberg redirige sus inversiones hacia la omnipresente inteligencia artificial y los wearables.

Todo ello ocurre durante una semana delicada en Wall Street por las consecuencias económicas de la guerra en Irán, y la empresa acumula una caída de más del 20 % de su valor en los últimos seis meses. Con este anuncio, Meta intenta mandar un mensaje al mercado. Menos épica metaversa y más foco en lo que hoy importa a los accionistas: la IA.

Una apuesta demasiado cara

La noticia importa por lo que representa. Reality Labs, la división que concentra las actividades de Meta en realidad virtual y aumentada, lastró los beneficios operativos del grupo en cerca de 20.000 millones de dólares solo en 2025, después de haber acumulado pérdidas gigantescas en los tres años anteriores. Sumando todo el agujero de esta apuesta, estaríamos hablando de unas pérdidas operativas cercanas a los 80.000 millones de dólares.

Para ser justos, no todo se debió a las inversiones en metaverso, sino también a la plataforma Quest, las gafas inteligentes Ray-Ban y otros desarrollos de hardware. El problema para Zuckerberg no es solo el gasto, sino haber invertido una fortuna en una apuesta que no logró convencer ni convertirse en un hábito social masivo.

Conviene recordar que en octubre de 2021 Facebook pasó a llamarse Meta porque Zuckerberg quiso adelantarse a sus competidores, seducir a los accionistas y presentarse como el arquitecto del internet del futuro. Su visión consistía en construir un mundo virtual en el que pudiéramos movernos con unos cascos puestos sin salir de nuestra casa. El empresario imaginaba una réplica digital de nuestro planeta donde circularíamos como avatares: un espacio inmersivo global en el que trabajar, jugar, comprar y relacionarnos con otros sin levantarnos del sofá.

Desde el principio, sonaba a promesa de difícil cumplimiento, sobre todo porque el sector llevaba dos décadas explorando proyectos similares sin que ninguno llegara a buen puerto. Pero la empresa necesitaba abrir nuevos horizontes, después de años centrada casi exclusivamente en las redes sociales.

El metaverso prometía algo muy goloso para cualquier imperio tecnológico: construir la próxima gran plataforma mundial, donde nos comunicaríamos, nos moveríamos, compraríamos y nos dejaríamos la pasta. La apuesta fue tan ambiciosa que llevó a Zuckerberg a cambiar incluso el nombre de Facebook, en una maniobra un tanto arriesgada. Vista con perspectiva, puede considerarse una de las operaciones de rebranding más caras de la historia.

El metaverso no sedujo a casi nadie

¿Por qué no cuajó la idea? ¿Por qué no consiguió convertirse en una nueva forma de vida? Porque la realidad, nunca mejor dicho, fue mucho más tosca que la promesa. Horizon Worlds nunca logró seducir a la audiencia ni alcanzar una adopción masiva. Sus gráficos pixelados fueron durante años motivo de burla, la experiencia inmersiva requería unos cascos caros y la sensación de vivir una “vida paralela” no terminó de convencer a un público que ya bastante tiene con sobrevivir en una vida hiperconectada sin perder la cabeza.

Meta cerró primero Horizon Workrooms, recortó estudios e investigación y fue desplazando su estrategia y sus inversiones hacia la IA, el móvil y las gafas inteligentes. Y no fue un tropiezo exclusivo de Meta: también Microsoft pagó la novatada. El sector descubrió que vender una utopía en tres dimensiones era bastante más difícil que vender cualquier aplicativo. El metaverso, que prometía ser un nuevo mundo virtual y alternativo, con todo por construir y abundantes modelos de negocio, acabó pareciéndose a la urbanización de Paco el Pocero: a medio construir y sin alcantarillado.

Silicon Valley también se equivoca en grande

Equivocarse y tener que dar carpetazo a proyectos millonarios no es algo nuevo. Silicon Valley acumula años de fracasos estrepitosos y retiradas discretas por la puerta de atrás. Más de una vez ha vendido como inevitable una revolución que nunca llegó. Ahí están Google+, el gran intento fallido de Google por dominar las redes sociales; Diem, la criptomoneda de Facebook que naufragó antes siquiera de convertirse en moneda real; o buena parte de la fiebre blockchain, que dejó tras de sí más humo especulativo que utilidad cotidiana.

El patrón suele repetirse: muchos titulares, mucha profecía de futuro, promesas de cuantiosos beneficios y, a menudo, muy poca conexión con el mundo real. En estos últimos años, la nueva liturgia tecnológica ha pasado a ser la inteligencia artificial, y sería ingenuo pensar que todas las apuestas etiquetadas con esas siglas acabarán triunfando. La industria informática siempre ha crecido bajo la lógica del ensayo y error. El metaverso, al menos por ahora, quedará relegado a un discreto segundo plano, hasta que quizá alguien vuelva a desempolvarlo dentro de unas décadas.

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