El pasado sábado, Olivia Rodrigo se subió al escenario en Barcelona para celebrar un hito: nueve de sus temas habían superado oficialmente los mil millones de escuchas en Spotify. Para la actuación en el Spotify Billions Club, la ganadora del Grammy llevó un top blanco con motivos florales de Generation78 a modo de minivestido, combinado con pantalones cortos bloomer y sus inseparables botas de cuero negro Dr. Martens a la altura de la rodilla.
La estética prolongaba el tema de “fiesta de pijamas” que la artista había establecido para su último single, “Drop Dead”, adelanto de su próximo álbum, You Seem Pretty Sad for a Girl So in Love. La reacción en redes fue inmediata. Usuarios de X e Instagram comenzaron a criticar el conjunto, alegando que parecía “ropa de niña pequeña” y acusando a la cantante de “sexualizarse” a través de una estética “de bebé”.
Algunos comentarios fueron más allá y compararon su vestuario con una “camisa de bebé y un cubrepañal”, generando un debate más amplio sobre si las estrellas del pop actuales están virando hacia una imagen “infantilizante” o “propia de Lolita”. Sin embargo, esa lectura ignora —por desconocimiento o por mala fe— la historia rebelde de una prenda que nunca ha pertenecido únicamente al universo infantil. En 2026, el babydoll tiene menos que ver con la infantilización que con la reapropiación.
De hecho, el vestido babydoll no nació como ropa para niñas. Sus orígenes modernos suelen vincularse a la lencería de los años cuarenta y a las restricciones textiles de la Segunda Guerra Mundial. La silueta se suele atribuir a la diseñadora de lencería Sylvia Pedlar, que en 1942 creó un camisón ultracorto como respuesta a la escasez de telas impuesta por la Orden General de Limitación L-85 de la Junta de Producción de Guerra estadounidense. Aquella norma exigía reducir en un 15% la tela utilizada en prendas femeninas, lo que llevó a Pedlar a acortar los dobladillos hasta la parte alta de los muslos.
Lo que nació como una restricción material terminó convertido, décadas después, en una silueta cargada de lecturas culturales. A finales de los años cincuenta y durante los sesenta, el estilo salió del dormitorio y entró en el mainstream como un gesto de rebeldía frente a los dobladillos conservadores de la década anterior. Iconos de la moda como Cristóbal Balenciaga y Hubert de Givenchy adaptaron la silueta de trapecio con volantes a la alta costura, aunque en un principio alargando los dobladillos a medidas más “respetables”.
Fue el movimiento “Youthquake”, encabezado por figuras como Twiggy, Mary Quant y Brigitte Bardot, el que abrazó por completo el minivestido babydoll como símbolo de liberación sexual y de una feminidad moderna, dueña de sí misma.

Rodrigo, fan declarada de la moda de archivo, ha hablado abiertamente de sus inspiraciones. “En mi Pinterest todo son vestidos babydoll y escotes de los años 70″, contó a British Vogue, añadiendo que quiere que su estilo resulte “divertido y relajado”. Pero su referencia más importante no está solo en los sesenta o los setenta, sino en los grupos de punk riot grrrl de los noventa.
La cantante ha recordado en varias ocasiones el impacto que le produjeron las imágenes de Courtney Love y Kat Bjelland haciendo suyo el vestido babydoll. Aquella mezcla de dulzura y agresividad sirvió como modelo para su propio estilo: femenino, sí, pero también afilado.
En los noventa, esta estética fue conocida como “kinderwhore”, un término atribuido al periodista británico Everett True y a Kat Bjelland, de Babe’s in Toyland. A partir de la imagen que Bjelland y Courtney Love de Hole desarrollaron como compañeras de piso en Portland, el estilo se convirtió en un gesto subversivo concebido para pervertir la fechitización patriarcal de la juventud.
Al combinar vestidos de volantes vintage con medias desgarradas, pintalabios rojo corrido y botas de combate, estas mujeres transformaron el arquetipo de la chica inocente en una criatura retorcida y poderosa: alguien capaz de empuñar una guitarra eléctrica y gritar. Kim Gordon, de Sonic Youth, también subvirtió el rol de la “nínfula” en el videoclip de “Bull on the Heather”, cantando con un vestido babydoll mientras se retorcía en una cuna a los 41 años para desafiar la mirada masculina.
Las críticas actuales contra Rodrigo reflejan una forma de vigilancia que suele recaer con especial intensidad sobre las mujeres jóvenes en la esfera pública. Los críticos se detienen en un dobladillo, mientras los problemas sistémicos que afectan a las jóvenes quedan fuera de foco.
Algunos analistas han comparado este tipo de escándalos repentinos con dinámicas propias de campañas coordinadas o amplificadas artificialmente, aunque no haya pruebas concluyentes de que este caso concreto responda a una operación organizada. Empresas de inteligencia comportamental como GUDEA ya han señalado anteriormente campañas de desprestigio coordinadas por bots contra otras estrellas del pop, como Taylor Swift y Chappell Roan, basadas en la creación de una falsa sensación de consenso viral alrededor de acusaciones dañinas.
Pero, sea el escándalo manufacturado o genuino, parte de una interpretación errónea del estilo. El vestido babydoll en 2026 participa de un regreso más amplio a códigos vintage que permiten el juego, el humor y la teatralidad en una cultura que a menudo exige a las mujeres justificar cada gesto de feminidad.
Las estilistas de Rodrigo, Chloe y Chenelle Delgadillo, han definido sus looks como “fáciles, femeninos y con un punto desaliñado”, tomando prestado de archivos de diseñadores como Miu Miu, Marc Jacobs y Chloé. Esa mezcla entre suavidad y desorden es precisamente lo que incomoda: no encaja del todo en una feminidad dócil, ni tampoco en una imagen de estrella del pop completamente blindada.
En el videoclip de “Drop Dead”, dirigido por Petra Collins, el vestido babydoll se utiliza para crear una atmósfera onírica, casi de cuento de hadas. Rodrigo recorre los pasillos de Versalles con una blusa de Chloé y pantalones cortos de seda, un conjunto que ella misma describe como “de pijama” y apropiado para ese universo suspendido. Bajo la lente de Collins, la ropa no funciona como una provocación calculada, sino como una representación emocional del estado reluciente, exagerado y algo irreal del enamoramiento.
Otras artistas contemporáneas como Ariana Grande, Sabrina Carpenter, Kacey Musgraves y Halsey también han abrazado esta silueta, que ha resurgido en las pasarelas de Valentino, Loewe y Anne Demeulemeester. Ese renacimiento en la alta costura sugiere que el babydoll no vuelve como una regresión, sino como una negativa a permitir que la suavidad, el juego o la coquetería sean leídos automáticamente como algo siniestro.
Al final, las elecciones de moda de Rodrigo no son más reveladoras que las minifaldas escocesas o los crop tops que llevó durante sus eras Sour y Guts. Como mujer de 23 años, se viste para sí misma y para un público mayoritariamente femenino que reconoce en sus volantes, sus botas de combate y sus guiños de archivo una forma de expresión propia.
Quizá Rodrigo resumió mejor su postura durante una actuación de 2023 en Saturday Night Live, cuando apuñaló una tarta con forma de corazón mientras cantaba: “I know my age and I act like it” (“Sé mi edad y actúo como tal”). Para ella y para sus fans, el vestido babydoll no es una confesión ni una provocación culpable. Es una forma de recordar que lo juguetón no es un crimen y que el vestuario de una mujer no pertenece a nadie más que a sí misma.
