Revisando los clásicos

‘Perdida’: la mujer es un lobo para el hombre. Y viceversa

Si empezábamos esta serie agosteña con la luz en la mirada de género, ahora se oscurece para hablarnos de las comunes abyecciones que comparten hombres y mujeres. ¿Acaso te creías que la igualdad era solo para bien?

'Perdida' (2014), de David Fincher.
'Perdida' (2014), de David Fincher.
20th Century Fox

Se comunican conmigo desde el hospital de campaña de Artículo14. Parece ser que mi anterior crónica de ‘Revisando los clásicos del cine (desde la perspectiva de género)’, tenía tanto azúcar que ha provocado colapsos vasovagales en todos los diabéticos que me leen.

Y lo siento mucho, porque mi única intención fue hacer ver que lo que nos cuenta Del revés es la metáfora de la existencia dibujando una sonrisa iluminada, la mirada humanística y la caricia de Dios desde el regocijo.

Se diría que mi legión de lectores no quiere un cronista positivista, sino que buscan al crítico más esquinado y cínico, que se pasea por las sombras de nuestra existencia en forma de película, ni un ratito para la cursilería o para el azúcar, como el cuerpo de ese ser maravilloso que era Bing Bong.

Y si recuerdas, para esta segunda parte de la serie recurrimos al canon de los clásicos recientes, basados en el ranking que el New York Times público de las 100 mejores películas del siglo XXI y en la que la seleccionada para hoy ocupa un honrosísimo sexagésimo cuarto puesto, justo por debajo de otra de la que hablaremos también por aquí.

Así que nada, qué mejor manera para redimirme y reescribirme que presentar la némesis del humanismo, Perdida (Gone Girl, David Fincher, 2014), en la que la visión de género es más oscura que el casco de Darth Vader, y encima, se ejemplifica en una mujer, pero para darnos betún a todos. Así como Del revés, usaba la luz proyectada en la cara de una niña para explicar a toda una especie, pues esta vez Fincher saca su puntero láser y apunta a la cara de una pareja para hablar de nuestro abismo. Eso sí, no te esperes melodramas y escenitas truculentas, aquí todo está barnizado por un humor más espeso y negro que el galipote cantábrico. Perdida es una de las tres o cuatro mejores obras de uno de los tres o cuatro mayores genios que nos ha dado el cine contemporáneo: imagínate lo buena que es. Y lo digo así porque, inexplicablemente, su paso por las pantallas y los festivales fue más que modesto en su momento.

Rick (un Ben Affleck regular, que en él ya es mucho) y Amy (fantástica, inteligente, matizada Rosamund Pike) forman un trampantojo del matrimonio estándar burgués, tan imperfecto y pecador como cualquier otro. Bueno, un poco más, pero eso ya se sabrá más adelante. El día de su quinto aniversario de boda, ella desaparece y la historia se convierte en un aparente thriller, que pone en la picota a Rick, abúlico, egoísta y machirulo, aunque rebajado respecto de la novela homónima de Gilliam Flynn, –guionista también de esta adaptación-, como el gran sospechoso.

Mientras avanza la investigación policial, la historia salta en el tiempo a través de unos flashbacks con más mala leche que los tártaros y nos van abriendo el visillo de los vértices tenebrosos de su relación y la verdadera cara de cada uno, hasta llegar a un final tan aparentemente familiar que aterra por posible. No se puede contar más, porque Perdida es de esas películas en las que es mejor no desarrollar el argumento. Solo te digo que, a partir de ahí, Fincher entremezcla psicopatía, terapia de pareja, misoginia, misandria y todos los contrarios y ambigüedades que te puedas imaginar para construir una comedia encerrada en un ataúd entre moho y gusanos.

Lo verdaderamente magistral de Perdida es la postura fílmica del director, que toma un material más manoseado que los kleenex de Francisca Salas para sugerir, sin mostrar, con un subtexto que interpela a un espectador -tú- inteligente y conducido con un brillante y nauseabundo sentido del humor.

¿Y por qué está aquí esta película? ¿Qué tiene que ver con la perspectiva de género?

Lo que en realidad el cineasta quiere poner en valor, es qué más da quién sea el bueno o malo de la historia, esto no es un whodunit, que la naturaleza humana, la del hombre y la de la mujer, es fétida como la ciénaga de los muertos. A veces es uno, a veces es la otra, y siempre los medios de comunicación que los resume, más malos que pegar a un padre. Quién es el héroe, quién es el villano, qué más da.

Si Del revés era hija de Rousseau, Perdida es un homenaje pérfido a Tomás Hobbes y su “el hombre es un lobo para el hombre”.

Y si además cuentas con un guion con menos fisuras que las juntas de un submarino, los saltos temporales perfectamente ensamblados en las tuercas del punto de giro, utilizas los pinceles del cine de género para darles una vuelta punki, pues te sale una genialidad. Perdida es un filme rarísimo -en el mejor de los sentidos-, inclasificable, que mezcla conceptos que maridan con el cine negro, como asesinato, suplantación de identidad o narrador alterno, con otros aparentemente ajenos como la dejadez masculina, los prismas contradictorios de la mujer y cómo los años van erosionando la relaciones de pareja y cuya mezcla con los hielos del humor subterráneo funciona mejor que un cubata del Milford: bien frío en apariencia, pero incandescente como los ceniceros de El Lerele, para esculpir el más acerado retrato que haya dado el último cine sobre la naturaleza oscura de la mujer y del hombre y enrasarlos por abajo. Perdida es una película difícil en sus capas más profundas, desagradable, incluso de seguir si estás acostumbrado al adocenamiento del streaming. El poso que te deja, a poco que hayas vivido un poquito, no está en su narrativa, brillante trampa de Fincher. Si, como diría aquel, aquí hemos venido a hablar de la visión de género, pues desde esta la dignifica, puesto que no es un panegírico hacia el feminismo, ni una lectura rosa e irreal del rol positivista de las mujeres en el relato, sino que pone a una mujer en el centro de la abyección, tan malvada, tan sociópata, tan egoísta y tan manipuladora como cualquier hombre. O no.

Y si Del revés, concluyo, postureaba para bien, pues Perdida lo hace para mal. ¿Quién dijo que este valle era de lágrimas de alegría?

Lo mismo la semana que viene vuelve la luz.

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